Ven al Paralelo

domingo, 28 octubre, 2012

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El Café Español

El CCCB inauguró el pasado viernes una ambiciosa exposición de pequeños y grandes tesoros de una época casi olvidada: el esplendor del Paralelo finisecular y del primer tercio del siglo XX como epicentro de la eclosión del vodevil, el cabaret, el cuplé, la revista y tantos otros géneros largamente denostados y obviados por la memoria histórica.

En un encomiable ejercicio de recuperación, El paral·lel (1894-1939), exposición comisariada por Xavier Albertí –próximo director del Teatro Nacional de Catalunya a partir de julio de 2013– y Eduard Molner –periodista, profesor de teatro y programador cultural–, recoge en un esfuerzo casi arqueológico vestigios de la historia de Barcelona que ayudan a comprender la construcción actual de la cultura de masas y el el imaginario pop colectivo de esta ciudad.


Seguramente muchos de nuestros padres y madres poseerán un vívido recuerdo del Paralelo tardo franquista y de la Transición, donde de nuevo volvió a surgir con fuerza la revista, el transformismo y los vicios más inconfesables y canallas que esconde el Barrio Chino. Nuestros abuelos podrán contarnos batallitas de la dictadura e incluso de los horrores de la guerra y la posguerra. Pero, ¿qué había antes de 1939?

Envoltorio de preservativo

El Paralelo surgió del proyecto del Eixample ideado por Ildefons Cerdà. Se inauguraba oficialmente en 1894 y servía como límite al nuevo plan urbanístico. Más allá se erigía Montjuïc y la avenida Marqués del Duero (nombre del Paralelo hasta 1979) fue durante el último cuarto de siglo XIX un terreno inhóspito, que funcionaba al margen de la ciudad de Barcelona aunque dependiera de ella. Era punto de reunión para marginados, gitanos y arrieros que iban y venían del puerto y también de los payeses que cultivaban en las tierras de lo que luego sería el barrio del Poble Sec.

Cerdà diseñó una avenida de 50 metros de ancho que marcaba el final de Barcelona y que coincidía con un paralelo terrestre (de ahí su nombre popular) y que cortaba con la Meridiana (coincidente también con el meridiano Dunquerque-Barcelona). Pronto la polémica surgió entre los propietarios de los terrenos y el Ayuntamiento, pues los primeros querían estrechar la vía a 40 metros y al final se optó por una solución salomónica que fue la clave del desarrollo artístico de la zona: una ordenanza permitió a los edificios construir porches de 5 metros de ancho estéticamente unificados en sus aceras. A la sombra de esta ley aparecieron muchos almacenes provisionales que acabaron convirtiéndose en teatros.


Así fue como el Paralelo vio nacer la modernidad. Prostitutas, delincuentes, refugiados y otra tanta gente de mal vivir fueron los primeros modernos de Barcelona. Si la aristocracia construyó el Liceu y la burguesía levantó el Tivoli o el Novedades, los marginados erigieron su propio templo a la música, el espectáculo y el vicio. El Arnau, el Teatro Condal, el Espanyol, el Victòria, el Olympia… tantos, que en pocos años el 80% de la actividad del Paralelo estaba dedicada al entretenimiento. Una Barcelona oscura y sórdida, mágica y única, que nada tenía que envidiar al Montmatre parisino o al Broadway de Nueva York.

Y ahí viene la pregunta del millón: si cualquier ciudadano francés puede ubicar en el tiempo y el espacio, y en su importancia artística, a personajes como Toulusse-Lautrec, Jane Avril, Marcel Aymé o Aristide Bruant, ¿por qué ningún catalán de a pie puede identificar a Raquel Meyer, Joaquim Montero, Papitu Santpere o Elena Jordi?

Quizás la respuesta está en el súbito cambio político a partir de la Guerra Civil, un conflicto bélico que destrozó anímica y físicamente al pueblo catalán y que le sumió en un dilatado letargo de opresión cultural. Un período demasiado largo, el de la dictadura, que sirvió para alejar al país de cualquier atisbo de progreso cultural. Un hermetismo que impidió que los avances económicos, políticos y en definitiva artísticos que estaban sucediendo en otras sociedades llegasen a nuestras fronteras. No obstante, una vez superada la Transición parece que tenemos que lidiar con un sistemático e intencionado olvido de lo que se ha venido considerando baja cultura o cultura popular, en aras de un esfuerzo recuperador de tan solo de los grandes (y aristócratas todos) poetas, escritores y demás artistas de tierras catalanas.

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Paral·lel (1984-1939) tiene como objetivo recuperar esa parte olvidada, despreciada y ocultada. Conocer y reconocernos, encontrar de dónde venimos y por qué estamos aquí hoy. Una intensa labor de investigación y documentación, un salto sin red ni relato bibliográfico existente, que une pasado y presente y recupera y saca brillo a la primera era dorada de la cultura pop barcelonesa: en aquellos años se empezó la producción cinematográfica, la edición de discos, el florecimiento de la prensa y la cultura popular que hegemonizó las ideologías políticas.


Este patrimonio olvidado y desperdigado en colecciones privadas, nos trae joyas como antiguos muñecos de ventrílocuos, cabezas de cera y cajas con sables utilizadas en shows de magia, preservativos de la época, cartillas de meretriz (sí, las prostitutas tenían su propio pasaporte), guías nocturnas con todos los burdeles, servicios y precios, novelas eróticas (parte de una floreciente industria del porno), cartelería de espectáculos, sórdidos dibujos de Picasso o toda la memorabilia imaginable de transformistas, cupletistas, actores, dramaturgos y demás personajes que un día, hace 100 años, poblaron las calles de la avenida más gamberra de Barcelona. Un consejo: no olviden a los primeros ousiders de la ciudad, a ellos les debemos lo que hoy somos.

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