Una ciudad donde siempre llueve

lunes, 27 junio, 2016

Por

 

Juan Muñoz

Una de las esculturas del interior de “Una habitación donde siempre llueve”, obra de Juan Muñoz, situada en la Plaza del Mar en la Barceloneta.

La desaparición temprana de Juan Muñoz (Madrid, 1953 – Ibiza, 2001) en la cúspide de su carrera contribuyó probablemente a mitificar su figura como artista; pero con independencia de esta inesperada circunstancia, el conjunto de su obra mostraba ya una coherencia y una potencia conceptual y estética excepcionales. Muñoz falleció
precisamente en el momento en que la Tate Modern londinense exhibía su compleja instalación Double Bind (2001) en el Turbine Hall; tras Louise Bourgeois, fue el segundo artista en abordar este inmenso espacio en la nueva sede de la Tate, inaugurada el año anterior.

La ciudad que acogió su último gran proyecto fue también el lugar en el que su vocación de artista se había afianzado definitivamente. Hijo de una familia burguesa madrileña de siete hermanos, Muñoz abandonó los estudios de arquitectura y
aterrizó en la capital británica con 17 años de edad, huyendo de la asfixiante España tardofranquista, para sumergirse en lo que uno de sus hermanos ha descrito como un rito iniciático. Siguió la ruta de muchos jóvenes de su misma generación, puesto que el panorama artístico en España era desolador. En un entorno cosmopolita que ofrecía más alicientes, Muñoz pasó varios años durante los que trabajó comocamarero y se formó en dos escuelas de arte, la Central School of Art and Design y
el Croydon College of Art. También en Londres conoció a la artista Cristina Iglesias, con quien se casaría y tendría dos hijos.

Durante estos primeros años su producción fue escasa; no fue hasta su retorno a España, a principios de la década de 1980, cuando montó un estudio y empezó a producir obra de manera consistente. Aunque también ejerció como periodista y
comisario –fue responsable, junto a Carmen Giménez, de la exposición “Correspondencias: 5 arquitectos, 5 escultores” (1982) y comisarió también “La imagen del animal: Arte prehistórico / Arte contemporáneo” (1983), organizada en Madrid por la Fundación la Caixa– Juan Muñoz apostó plenamente por ser artista, un oficio con el que siempre se sintió satisfecho.

A principios de la década de 1980, los dos estados peninsulares eran democracias recientes; el tejido artístico estaba desarticulado, circulaba poca información y los intercambios internacionales seguían siendo escasos. Como muchos otros artistas españoles y portugueses, Muñoz proyectó sus inquietudes hacia el exterior. Pero elaislamiento, según confirmaba el propio artista, fue también un factor clave en el desarrollo de su propio lenguaje artístico.

En el Madrid de mediados de los 80, la Galería Fernando Vijande era uno de los espacios con mayor vocación internacional. La galería, que representó al artista durante un año, le dedicó su primera exposición individual en 1984. A partir de ahí
comenzaron a sucederse las colaboraciones en centros expositivos a lo través de Europa y en Nueva York. Pese a que en el año 2000 el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte le otorgaría el Premio Nacional de Artes Plásticas, Muñoz obtuvo
siempre más reconocimiento a nivel internacional que en España.

Muñoz definía el arte como un lenguaje de emociones y encontró en la escultura su medio primordial de expresión. Con clara conciencia de la tradición barroca española, se adentró en el realismo, y devolvió el prestigio y la contemporaneidad a
la figuración escultórica en un momento en que los lenguajes conceptuales y minimalistas dominaban la escena artística y eran un referente obligado. Sus obras devinieron complejas puestas en escena en las que incluía elementos teatrales y
pictóricos. Si bien también creó piezas sonoras, estableciendo colaboraciones con el escritor y crítico de arte John Berger, el compositor Alberto Iglesias o el actor John Malkovich, sus conjuntos escultóricos son su creación más singular.

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Las instalaciones de Juan Muñoz generan universos inquietantes, poblados de figuras grises, en los que se establece una comunicación incierta. Generan situaciones ambiguas en las que no puede determinarse si el espectador es objeto
de la conversación o si, por el contrario, queda excluido de ella, sin posibilidad de interferir en esa dimensión ajena. La impresión de habitar órdenes distintos se acentúa por el hecho de que la escala de las figuras es ligeramente inferior a la humana. En algunas de sus obras utilizó también figuras que representaban a enanos.

Si bien estas “estatuas”, como le gustaba denominarlas al artista, están paralizadas, a menudo el espectador se siente turbado en su presencia, quizá debido a sus expresiones –unas veces, los rostros quedan fijados en muecas histriónicas o
carcajadas silenciosas; otras, sus rasgos aparecen erosionados, ojos y boca ahogados por membranas que sepultan su identidad. Estas diferencias respecto a los espectadores incrementan la intensidad de las puestas en escena como
contextos de tensión e incomunicación.

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La intervención en el entorno arquitectónico es también fundamental para generar esta atmósfera de extrañeza. Los juegos de perspectiva en los “suelos ópticos”, como el artista los denominaba, o la presencia de elementos arquitectónicos
aislados, como escaleras, balcones o ventanas, permiten crear contextos teatrales en los que escenificar una coreografía de incertidumbre y violencia latente.

Cuando Muñoz recibió el encargo de realizar una escultura en Barcelona para el proyecto “Configuraciones urbanas” comisariado por Gloria Moure e impulsado durante la celebración de las olimpiadas en 1992, se centró en algo que siempre le había impresionado: “observar a la gente en la calle; ese silencio que los cubre cuando no oyes lo que están hablando”, y quiso “hacer una habitación así, sin esperanza, llena de una lluvia irrefutable cayendo sobre una conversación
indiferente”.

En Barcelona, le atrajo especialmente la arquitectura del umbráculo del Parc de la Ciutadella. La estructura de madera que separa interior y exterior pero que cubre sólo parcialmente la vista del espacio fue, según Moure, su referente para crear la jaula que acoge a las cinco figuras que habitan “Una habitación donde siempre
llueve”, título que finalmente dio a su obra.

Situada en la Plaza del Mar, delante del icónico rascacielos que no sucumbió a las remodelaciones urbanísticas de la Barceloneta durante las preparaciones olímpicas, la “habitación donde siempre llueve” está enmarcada por cuatro ombúes, árboles que parecen suavizar y disminuir el efecto de extrañeza y aislamiento del grupo escultórico. Inicialmente la escultura estaba rodeada de arena; la posterior pavimentación del suelo añade un marco suplementario que separa la pieza del contexto en el que se ubica.

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Muñoz siempre deseó crear obras en las que permaneciera el enigma. La extrañeza sigue viviendo en esa cárcel rodeada hoy por el ruido incesante de los turistas que,después de las Olimpiadas del 92, han invadido la Barceloneta. Y a pesar de las
tensiones, precisamente son turistas en su gran mayoría quienes se acercan a intentar establecer un diálogo imposible con los personajes de Juan Muñoz.

 

Fotos: Joan Sánchez.

 

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