Una canción contra la intolerancia

martes, 16 septiembre, 2014

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“Home Of The Brave” es uno de estos pequeños diamantes que con tanta abundancia y generosidad nos ha regalado la década de los 60. Una sinfonía de tres minutos y medio, un pandemonio de reverb, violines chirriantes, baterías cavernosas y vocales angélicos que parecen sonar desde el interior de una catedral. El legado de Phil Spector está aquí en todo su esplendor. “Home Of The Brave” suena como si The Ronettes estuvieran versionando un cantante de folk protesta-bueno, casi. Las letras aquí no hablan del amor romántico, de algún accidente de moto o de algún baile de moda pasajera, como la mayoría de los éxitos que niñas de toda America cantaron en los primeros sesenta, marcando el fenómeno de los Girl Groups, justo después de la decadencia del Rock n´Roll y justo antes del Beatlemania.

Aquí tenemos la historia de un chico que lo está pasando fatal en el instituto por culpa de ser “diferente”. Los profesores, los compañeros de clase y hasta sus padres se han puesto contra él. Su peinado nuevo, su ropa “graciosa” (¿qué significa esto?) y su peculiaridad le han costado burlas despiadadas y alguna que otra vez, la nariz rota. Bonnie, atónita frente esta injusticia, se pregunta por qué la gente, en vez de atacarle, no intenta entenderle y afirma que él nunca ha dañado a nadie. En el clímax del estribillo ella acaba gritando a todo pulmón a lo que parece ser el espíritu de los Estados Unidos la gran frase “Hogar de los valientes, tierra de los libres, ¿porque no le dejan ser como él quiere ser?”.

Escrito así el resultado puede que parezca un poco cursi pero personalmente adoro como esta canción de pop comercial destinada al publico adolescente, difundía un mensaje muy serio, la necesidad de tolerancia. Y este mensaje  no iba para los intelectuales y  los beatnicks que escucharían música “seria” y que ya tendrían su carácter e  ideología más o menos formada, sino para los adolescentes, personas que están en proceso de formar su personalidad. Recordemos que todavía en sueño de los hippies estaba por venir. Quién sabe si los  jóvenes de Woodstock habían bailado y se habían dejado llevar por “Home Of The Brave” cuando tenían 13-16 años? ¿Quién sabe si los sollozos de Bonnie les hicieron mirar con mas simpatía a su compañero de clase gay, nerd, rockero, negro, latino? Me gustaría pensar que sí. Esta canción para mí es el himno anti-bullying por excelencia. Hecho para la edad mas tierna, cuando todavía el carácter es amoldable. En una época tan cínica como ahora, hacer pop que podría “cambiar el mundo” suena surrealista pero el 1965 era otra historia.

Me topé con “Home Of The Brave” en youtube por casualidad y fue amor a primera vista, me sentí, como no, identificado. Cual es mi relación con el bullying? Podría haber sido mucho peor. Fui un caso peculiar durante mis años del colegio y de instituto. Oscilaba entre ser popular y ser un paria, como si estuviera montado en un pendulum. Un día la gente se amontonaba a mi alrededor para escuchar mis historias y reír de mis actuaciones de mariquita joven, y el día siguiente me dejaba la vida corriendo por el patio para no caer en las garras de mis perseguidores. Había chicos que amenazaban constantemente con pegarme. Me solían salvar chicas, a menudo mayores y más corpulentas que yo. Mi peor pesadilla era un tipo en mis clase de inglés, un año mayor que yo y con brazos fuertes, que me aterrorizaba de maneras variopintas, saltando por las esquinas y gritando en mi oreja, hacéendome caras amenazantes durante la clase, escupiendo sus puños, escribiéndome notas…hasta que se enteró que mi padre era profesor en otra escuela, cambió de actitud de un día a otro y se hizo amable conmigo. Porque la verdad es que  con mi manera de ser, habría sufrido mucho más durante los años del instituto si mi padre no fuera profesor, popular y bien conectado con los profesores de mi escuela.. Las amenazas a las que me enfrentaba eran mas bien psicológicas, nunca acabaron en violencia real, jamás volví a casa con la nariz sangrando por culpa de mi pelo, mi ropa, mi manera de andar, de hablar o de reír. Así que crecí pensando que el bullying es más bien una idea abstracta que un hecho cruel. Como con muchas otras cosas, el fenómeno estuvo presente en mi vida sin realmente tocarme. Hace pocas semanas me dí cuenta que, como siempre, estaba viviendo en un nube. El bullying  y la intolerancia son hechos reales y cuando ocurren en el mundo de los adultos, no hay ningún papá o profesor que te puede salvar.

Estaba con mi novio en Monte Likabettus, una colina que se erige justo en el corazón Atenas. Desde un banco estábamos contemplando las vistas de la ciudad durante horas, fumando, bebiendo, haciendo bromas, besándonos. Las luces de mi urbe natal brillaban como la galaxia y estaba tan feliz de haber llevado a mi chico extranjero en unos de mis lugares preferidos del mundo. Había más gente por allí, grupos de chicos, grupos mixtos y parejas de chico y chica. Algunos tenian pinta de kinqui pero no sentimos ningún tipo de peligro aunque eran ya las dos de la noche y seguramente para  la mayoría de los que estaban allí, yo y mi novio con nuestras pintas pareceríamos, por lo menos, extraños y seguramente homosexuales. Luego, bajando por una carretera llena de curvas que sube la colina por una ladera muy inclinada y poblada de un pinar, nos topamos con 4 motos, cada una con dos personas encima, hombres con camisetas ajustadas y negras. Las motos pasaron por delante de nosotros, pararon cien metros más arriba, los conductores dijeron algo entre ellos…y dieron la vuelta. La sangre se congeló en mis venas. Sabía que las calles de Atenas no eran las que conocí yo cuando era mas joven, ya que patrullas de ultraderechas habían estado aterrorizando inmigrantes y homosexuales durante los últimos años. Sin duda, a mí nunca me había pasado nada. A mis amigos tampoco, aparte de un incidente aislado hacía muchos años, cuando mi mejor amigo perdió dos dientes al ritmo de patadas. Así que hasta aquel momento la amenaza había sido más una cosa abstracta que una realidad cruel. En la oscuridad del bosque me di cuenta que probablemdnte yo y mi novio estabamos al punto de sufrir una agresión. Las motos se pararon en fila a nuestro lado y uno de los conductores me pregunto si yo era el tipo X del barrio Z. Cuando dije que no me volvió a preguntar si yo era el X que había hecho una putada al tipo Y. Los nombres y el lugar no tenían la minima importancia. Estas preguntas retóricas no eran más que una cortina de humo, una excusa para que empezara el lío.

El segundo que unos de ellos gritó “¡Coged a la marica!” di un salto hacia la única dirección donde las motos no nos cortaban el camino: la ladera. Fué casi un salto al vacío, dada la inclinación, la oscuridad y las vegetación frondosa.

Fueron unos segundos en realidad pero en mi cabeza duraron una eternidad, frase que suena como el cliché más tópico pero es la verdad única cuando corres por tu vida. Porque todo mi cuerpo estaba impregnado con la certeza que esta carrera no era como las carreras en el patio de la escuela, allí en la colina no había nadie para salvarnos. ¿Habéis visto con que desesperación y a la vez determinación corren los antílopes cuando tienen un leopardo justo detrás? Así corrí yo, gritando “¡SOCORRO!” a  todo pulmón. No miré atrás pero sentía los respiros de nuestros agresores en mi nuca. Yo y mi chico cogimos caminos diferentes pero tras caer en una trinchera, levantarme, saltar encima de una valla y al final caer de un pequeño acantilado de 4 metros al asfalto, ya una vez fuera del bosque y entre edificios, vi a mi lado mi compañero. Me entraron lágrimas de alivio, de rabia, de impotencia absoluta. Mi talón dolía tanto que no podía pisarlo. Pero la adrenalina y el instinto de supervivencia eran más fuertes y en aquel momento yo era un animal herido que hará lo que haga falta para escapar. Sin perder tiempo bajamos unas escaleras y nos escondimos en la entrada de un edificio. De repente oimos el sonido de unas motos. ¿Eran nuestros agresores? Nunca lo sabremos pero probablemente lo eran, ya que el barrio estaba totalmente desierto, no había ni una alma en calle, las ventanas estaban oscuras y al fin y al cabo nadie había salido en su balcón por mucho que estuve gritando por ayuda. Después de unos minutos, el silencio nos animó de salir de nuestro refugio.  Nos topamos con un hombre a quien pedimos ayuda. El furfulló un “Hay una comisaria por allí” sin dar mas espeficiaciones, aceleró su paso y desapareció a la vuelta de la esquina. Una ola de mareo y de impotencia se apoderó de mí y me puse a llorar y maldecir en voz pequeña, muy muy pequeña. Tuvimos que andar unas calles más para encontrar un taxi que nos llevaría a la seguridad de nuestro hotel. Allí ya me pude relajar y llorar en voz alta un par de horas hasta que me agoté y me puse a dormir.

El día siguiente me enteré que durante las últimas semanas, los casos de violencia homofóbica habían aumentado en Atenas. Ocurrían principalmente en parques y después del anochecer, probablemente como reacción a una ley contra la homofobia que estaba al punto de estar votado. Como es habitual no me había dado cuenta, en parte porque había estado de vacaciones sin internet y en parte porque toda mi vida he estado un poco apartado de la realidad. En esos casos, las víctimas no habían tenido la suerte que tuvimos nosotros y los agresores les habían roto dientes, piernas, caras. Una vez mas, me había escapado con mínimos daños. Tengo el talón aún roto pero estoy agradecido de habernos escapado de un destino seguramente mucho peor.

Me pregunto como será la psicología de una persona que, con la mierda que existe por arreglar en este mundo, elige gastar su energía atacando los que son diferentes y que en realidad ni siquiera influyen su vida. Seguramente gran parte de la culpa llevarán las circunstancias en que habrá crecido, su familia, sus profesores, la sociedad. En “Home Of The Brave” el protagonista sufre la agresión no solamente de sus compañeros de clase, sino de sus padres y sus profesores. Los niños, como monos, imitan a los mayores en círculo vicioso. Me pregunto que hubiera pasado si mis agresores hubieran crecido escuchando canciones como “Home Of The Brave”. Si la música podría haberlos moldeado de una manera diferente que la sociedad. Mi punto de vista es terriblemente naif quizás. Son tiempos cínicos. Pero también tiempos de dejar ya una vez atrás la intolerancia y enfocar en otras cosas.

Home of the brave
The school board won’t
Let him come to school no more
(No more, mo more, no more)
Unless he wears his hair
Like he wore it before
(Wear his hair like he wore it before)

The PTA and all the mothers
Say he ought to look like the others

Home of the brave, land of the free
Oh, why won’t they let him be
What he wants to be

The kids all laugh at
His hair and funny clothes
(They know they hurt him so)
And more than once
He’s gone home with a bloody nose
(With a bloody nose)

He’s not like them
And they can’t ignore it
So they all hate him for it

He never hurt nobody
That he? belong
Cause he’s a little bit different
Tell me why is that so wrong

Everybody says that
I should take his part
(No, no, no, no, no, no)
But when they put him down
How it breaks my heart
(It breaks my heart)

Instead of all the trouble they hand him
Why don’t they try to understand him

He never hurt nobody
Why won’t they let him be
What he wants to be

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