Un grado de separación #03: Sara Fontán

jueves, 9 enero, 2014

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Empezar un nuevo año, no sé a ustedes, pero a mí me cuesta horrores. A veces es tal la excitación de finiquitar el anterior, que el inicio me coge exhausta y desconcertada, y en esa desorientación espacio-temporal empiezo a buscar diferentes formas de darle un vuelco a todo y recomenzar lo que en realidad ya seguía y ha de seguir su curso. Este primer post del año se configuró de algún modo así, en una especie de limbo, entre el principio y el final y viceversa, para acabar siendo doble. Dos personas en una, o una en dos. Una piña. Cuando le propuse a Sara Fontán, violinista, músico, gallega, inmersa en muchos proyectos musicales y de otras índoles, participar en Un grado de separación, me comentó que su papel no cobraría sentido sin Clara Tena. Juntas crearon Piña hace unos años, un proyecto de improvisación no simultánea altamente interesante, plasmado en vídeos que ellas mismas realizan y editan. Una baila y la otra hace música. Por si fuera poco, ambas se conocieron tal y como profesa esta sección: a través de una persona en común. Otra vuelta de tuerca. Así que la historia me pedía a gritos marcar una diferencia, hacer PIÑA. Sin perder el norte y las coordenadas, las presento por separado pero de un modo correlativo, complementario y apareciendo siempre juntas en un mismo espacio. Sara y Clara, Clara y Sara. PIÑA.

41.405004°N 2.165498°E – Sara Fontán (Vigo, 1980)
Conocer a Sara es encontrarte de lleno con la música y darte cuenta de que la extremidad fundamental de su cuerpo es su violín, tanto como su sonrisa gigante, tanto como Piña. «Me enamoré del violín y monté una empresa con él. Encuentro que ese amor es lo que tiene de particular mi profesión, esa unión de por vida. Enfermedad y devoción por un lenguaje que no deja de sorprenderme y aburrirme.» Dani Vega fue nuestro grado de separación, nos presentó hace ya un tiempo en un lugar emblemático e imprescindible en el barrio de Gràcia, el Deuvedés. Ahora sé que no fue casual, allí se había gestado la primera y la décima pieza de Piña, coincidiendo esta última con el décimo aniversario del videoclub. Todo conectado. Rizar el rizo.


Para esta ocasión especial el punto de encuentro fue L’Automàtica, una antigua imprenta reconvertida sabiamente en un espacio dedicado a la experimentación, la autoproducción, el diálogo y la autoedición, donde también ya habían realizado una pieza: Automítica «Su manera de concebir el trabajo nos hermana. L’Automática está lujosamente sucia». Allí me presentó a Clara Tena, el otro 50% de Piña «Obsérvala, retrátala, charla con ella y entenderás lo especial que es capaz de hacer sentir a la gente que la rodea. Es una de mis personas favoritas, a pesar de ser rubia y hacer sirsasana». El relevo ya estaba entregado, y ahí comencé a entender todo. Bien es cierto que mientras las retrataba, juntas pero no revueltas, confesó que se le pasó por la cabeza aquello de «Los fotógrafos tenéis esas poses sexys… Concéntrate, no te rías, concéntrate». Así que tras un aparente miedo a enfrentarse sola ante un cámara, «la fotografía es un misterio, otro color, otra visión, otra luz», lo que sucedía era todo lo contrario, unas inmensas ganas de comunicar pero a su manera. La de ella, la de ellas. «Piña es libertad. Un tándem. Pedaleamos dos lenguajes a la misma velocidad, y en la misma dirección. Zipi y Zape».


Un grado de separación es una sección de Barcelonés realizada y creada por la fotógrafa Cecilia Díaz Betz: «En esta ciudad sucede que cierta teoría/hipótesis sobre los grados de separación entre las personas, se ve desquebrajada, vapuleada y llevada a la cuasi mínima expresión de la unidad en el mejor de los casos. El hecho resulta bastante cómico, absurdo y sorprendente a la vez. Pero lejos de verlo como algo negativo, lo quiero celebrar y estudiar a través de esa certeza que llamamos imagen fotográfica, que nos dice con una sutileza tan aplastante que ‘eso’ ya ha sido, y que nos hace establecer una presencia tan inmediata con el mundo.»

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