Ulldeter y María Pratts: equipo creativo perfecto

jueves, 18 diciembre, 2014

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Una de las sorpresas editoriales más singulares del año que acaba es Atalaia, un ambicioso libro-disco editado por Terranova que documenta la intensa colaboración entre el intrincado proyecto de prog-pop Ulldeter y la artista Maria Pratts (BCN, 1988). Este domingo al mediodía presentarán el artefacto en el Casal Pou de la Figuera, con concierto de Ulldeter, instalaciones con las obras de Pratts, el estreno del clip de “Cala Nova” –rodado por Albert Mallol-, música, comida y bebercio. Tras Ulldeter se esconde Aleix Clavera (BCN, 1985), más conocido por ser el bajista de Extraperlo y por formar parte de la banda de El Guincho. Por su parte, Maria Pratts es la percusionista del grupo de pop desguazado Ultratomba y una autodidacta artista gráfica, visual y plástica.

Para entrevistarles me dirijo a su local de ensayo, cerca de Bogatell, en lo que parece una antigua fabriqueta. Subo al quinto piso, donde veo a la banda pidiendo una pizza e interpretando sus temas con gracia y dispar fortuna. El grupo compuesto por Clavera y sus dos escuderas, Guillem G. Peeters y la ínclita Elsa de Alfonso, tiene la difícil tarea de reconstruir en directo el colorista mosaico de art-pop rural/clásico/tecnológico de Atalaia, para lo que utilizan una batería entre orgánica y electrónica, cableada por triggers; sintes, secuenciadores, guitarra y bajo. Comemos la pizza, improviso con ellas, llega Pratts y prosiguen tocando los temas. Bien entrada la noche, sobrepasadas con holgura las doce campanadas, nos disponemos finalmente a empezar la entrevista.

TRAZANDO EL CAMINO HACIA ATALAIA
El libro se origina por la necesidad de Clavera de vehicular las canciones que no conseguía encajar en Extraperlo. Previamente lo hacía vía Albaialeix, hasta que en 2010 creó Ulldeter, bautizado en honor a la génesis del río Ter, una zona que conoce porque su familia tiene una casa en Camprodon: “La vida apartada que se respira fue una fuente de inspiración. Desde pequeño he hecho excursiones en moto por esos caminos, descubriendo rincones”. El influjo fluvial fue tal que acabó pintando una trama conceptual en su cabeza: “la idea era inventar una historia hasta que llegaba al mar, comparar la vida de una persona con la del río”. Ese fue el germen de Atalaia, que narra el escapista y fantasioso camino de un urbanita desencantado hacia una arcadiesca torre; el camino que sigue desde su encontronazo con un viejo barbudo que le replantea la existencia hasta una atalaya donde viven cátaros del 2040, en un alocado trayecto con tintes místicos y surrealistas, trufado de conexiones entre la naturaleza y la tecnología. La idea “viene de lo que se comentaba tanto hace un par de años (entre sus amigos/entorno) de irse a vivir a la montaña. Ahora quizá ya no se dice tanto y se ha cambiado un poco de idea. Se buscaba una comunidad, un sitio donde ir, en el que crear lo que quisieras, como hacer un huerto. Lo que pasa es que la idea del huerto me parecía tan cursi que se me ocurrió que alguien hiciera la electricidad – como narra en “Nova Elèctrica S.A”- para hacer funcionar los ipads o introducir la idea de los oficios, para así ir a trabajar pero haciendo algo diferente que te gustase”, dice Aleix.

Fue precisamente en un viaje a Camprodon para rodar un clip cuando Aleix y Maria se decidieron a colaborar a fondo. Ellas eran amigas y se admiraban mutuamente, hecho que provocaba que siempre comentasen acerca de la portada: “Pasábamos mucho tiempo juntos y él me enseñaba las canciones. Eso hizo que nunca fuera un encargo y poco a poco me fui involucrando más y más”. Las dos desarrollaron y pulieron la trama de un viaje que querían que fuera “un poco disparatado, porque si lo explicas de forma seria sería como La Odisea. Nos hacia gracia que fuera algo místico, pero no épico; tampoco queríamos que fuera pretencioso, nos tomábamos la idea con ligereza” (Aleix). Preguntado por la sociedad utópica que alberga en la cabeza, confiesa divertido que ahora ya no la tiene, porque le parece “muy cursi y una horterada”, pero que es un reflejo de ese momento y en su día le dieron muchas vueltas: “Pensábamos que cogíamos y nos íbamos. Una vez dijimos en broma que iríamos a alquilar entre muchos un castillo, porque un día lo vimos (…) Me imaginaba un sitio donde la gente escogía con quien iba, no como aquí, que estás con 7000 personas”.

2 VINILOS, 9 TEXTOS Y 8 PIEZAS: ATALAIA
Las ocho canciones, realizadas principalmente entre 2012 y 2013, fueron cogiendo una forma más y más conceptual hasta desembocar en el monstruito Atalaia: un libro de más de cien páginas que incluye dos vinilos de 10” con la música de Ulldeter, nueve mini-textos de presentación de las canciones a cargo de firmas como Martí Sales, Ariadna Parreu, Claudia Pagès o David Bestué, que son complementados por las ocho creaciones –una por canción y que abarcan desde esculturas a instalaciones o dibujos- de Maria Pratts. Sus piezas son presentadas con una portada –“la imagen potente de la pieza”, fotografiada por Rafa Castells– seguida por páginas con instantáneas sobre el desarrollo, el making of e ideas alternativas. Inicialmente, la idea era autoeditar un libro con las letras de las canciones, las esculturas y sin música. “Iba a ser algo mucho más modesto, algo autoeditado con un CD o descarga; quizá con los vinilos aparte”. Reunirse en septiembre de 2013 con Luis Cerveró en su casa de La Floresta fue clave para que el libro cogiera su forma definitiva; por aquel entonces el realizador estaba ultimando Terranova y quedaron con él porque pensaron que podría animarse a editarlo. Así fue, y desde el principio ejerció como catalizador: “Le gustaba que hubiera mucho material, nos animaba”.

Incluir los textos fue una idea para ayudar a conducir mejor al personaje hacia la Atalaya y hacer más claras las narraciones de sus letras, puesto que, a pesar de la ayuda de Gerard Segura –guitarrista de Vàlius- para pulirlas, algunas, como “La Por d’Adrià”, sin explicación no se terminaban de entender: “Siempre las hago demasiado abstractas. Me fue bien quedar con él para que me ayudara a reflejar lo que quería decir. Me proponía cambios conforme le explicaba lo que buscaba, y se fue entendiendo mucho mejor la idea del camino a la Atalaya” Un viaje en el que el personaje va pasando por distintos estados: “Antes de las narraciones incluíamos que estaba en un lugar diferente, pero no andando, sino volando, flipando, soñando o balanceándose en una liana; era como un juego, esperamos que en cada canción estuviera en un estado diferente”.


ENSUCIÁNDONOS LAS MANOS CON MARIA PRATTS
Como un juego vivió también Pratts el año trabajando en las visiones inspiradas por las creaciones de Clavera. Durante el proceso, “muy intuitivo”, hablaban primero de los símbolos asociados a cada canción como punto de partida para no empezar en blanco, algo que le servía para “entender bien las canciones, como en ‘Anima Mundi’, que me explicó que recuerda a cuando eres pequeño y la nostalgia. Me gustaba que me contara y luego intentar hacer un paisaje”. El proyecto se fue fraguando orgánicamente y sin una idea muy concreta, con “una dispersión absoluta”. Así, primeramente tenía previsto hacer solo esculturas, aunque, fruto de las limitaciones que encontraba, el resultado final acabó incluyendo instalaciones o dibujos, que realizaba trabajando a caballo entre el jardín de la casa de su padre en Vallvidrera, su estudio barcelonés en la Pau y Camprodon, adonde viajaron para grabar por sus alrededores algunas de las imágenes más impactantes del proceso, como la que inmortalizaron cerca de Espinavell para “Càtars del 2040”, en la que subieron a una cima, tiraron unos hologramas de papel y los fotografió Rafa Castells cuando flotaban a causa del viento; o para “Anima Mundi”, en la que, cuenta Maria, “fuimos a Sant Pau de Sagúries y pinté el río con una cosa súper tóxica. El agua quedaba de colores, fue un graffiti con llamas dentro del agua. Se hacían como unas estructuras que eran fractales que se abrían, como planos de las calles”.

La barcelonesa empleó una variopinta ristra de materiales: pintura , tizas, espráis, escayolas, humo, ladrillos, masas de cemento, muchas telas, pintura acrílica, barro, agua…que utilizó para tintar el proceso creativo con ocurrencias insospechadas, como en “Panical Blau”, donde recrearon la flor con cobre, que consiguieron gracias al trato fácil de Aleix con un vertedero controlado. También reutilizó recursos naturales, como para la escultura colorista de “Ambició Juganera”, en la que para simbolizar un “sistema piramidal viscoso” utilizó un pino podrido de su jardín en Vallvidrera y lo cortó, para después poner la masa con agua y pintarla con tinta y espray. O en “Nova Eléctrica S.A”, en la que utilizaba ladrillos como estructura sobre la que se construyera una suerte de hélice fuente de energía eólica.

Maria ha desarrollado todas estas técnicas desde una formación prácticamente autodidacta: “Solamente estudié diseño gráfico durante un par de años, pero decidí dejarlo e irme a Londres. Nunca hice Bellas Artes, pero me gusta mucho hacer manualidades y dibujar. Antes había hecho instalaciones, fanzines y cartelería, y ahora estoy trabajando en obra propia y en el tercer vídeo de una trilogía de animación sobre lo podrido que está el mundo” Para Atalaia intentó “investigar con cosas con las que nunca había trabajado”, al tiempo que disfrutaba jugando con los formatos: “lo que me gusta es crear imágenes, ya sea pintando tazas o haciendo algo con una masa”. Algo que se desprende de su estilo ecléctico y desenfadado: hay expresionismo abstracto estilo Pollock, desparpajo art-brut, reminiscencias a Joan Miró o instalaciones y esculturas absolutamente inclasificables. Un modus operandi, señalan, aparentemente azaroso y dejado pero más intencional en su gesto de lo que parece. Pratts trabaja desde la intuición: “Es muy importante. Cuando veo una persona ordenada, con todo en su sitio y controlado, pienso fatal. En el dibujo me repugnan las personas que repasan un trazo una y otra vez. Hay muchas maneras de enfocar la dispersión, la mía es no reprimir nada”.



OJEANDO A TRAVÉS DEL ART-POP CALEIDOSCÓPICO DE ULLDETER
El sonido de Atalaia es tan desprejuiciado como las creaciones de Pratts y está marcado por sus dualidades: en los distintos textos se ve una contraposición simbólica entre las figuras ancestrales –como las ninfas de “Plèiades” o los dioses de Mercurio- y las imágenes virtuales, como los microchips o la pantalla del celular. También combina los elementos folclóricos con los electrónicos; las guitarras clasicistas con los rolls de hi-hat. “Me gusta juntar cosas que queden un poco mal, que sean improbables”, declara Clavera, fan de las mezcolanzas del sonido Balearic, del Pau Riba circa Transnarcís –“mi disco favorito de aquí”- y super obsesionado por el mallorquín Joan Bibiloni –Born es casi el hermanito mayor de Atalaia-, el Scott Walker post-70’s o por la tradición art-pop inglesa de David Sylvian, los últimos Talk Talk o Robert Wyatt. “Para el sonido, me imaginaba una persona que no había vivido la globalización, que no había recibido las influencias americanas. Y que de repente, este tío, perdido pero con un folklore muy marcado, estuviera evolucionando tecnológicamente con la modernidad, pero teniendo en cuenta que quiere hacer una cosa especial de ese sitio”. No en vano, incluye referencias locales, como a una Panical Blau– flor propia de los Pirineos y del Norte de África-, Ramon Llull o Verdaguer y utiliza instrumentos mediterráneos como la mandola o la tenora, que le da un aire Canterbury: “La utilicé porque estuve investigando en las sonoridades y las armonías que caracterizaban a la sardana, la copla, las habaneras etc. Me iba fijando en los acordes y buscaba particularidades. A la que descubría que una sensación se creaba juntando tal nota después de ésta, lo probaba de hacer, tocando encima”.

El carácter conceptual del trabajo, cierto desparpajo psicodélico y las bizantinas estructuras e interacciones de las canciones denotan efluvios y dejes prog. En su música parece que el punk nunca hubiera pisado la tierra: “El rock progresivo me hace gracia porque suena muy kitsch; cuando escucho una guitarra prog me imagino un flipado haciendo acordes y eso me parece casi feísta, y me hace gracia añadirlo a las canciones .También hay mucha magia y brillantina de estudio, así como agradable brisa baleárica, sintes arpegiados cercanos a los Cluster circa Zuckerzeit o un uso de la producción como confeti de pelaje Roxy Music/primer Eno, como en “Nova Elèctrica S.A”: “Me gustan las tomas irrepetibles y locas, como la que pones una guitarra por línea, petas el previo y te suena mal, pero luego la quieres recrear y ya no llegas. A veces fuerzas cosas expresamente para repetir esa toma rara y nunca sale igual”. Nada inesperadamente, en la producción tiene tendencia al horror vacui: “Ahora quiero aprender a no hacerlo, con Ander (Agudo, corresponsable de las labores de producción) estuve muteando (dejando en silencio) pistas para escuchar y ver qué era lo más importante. Las maquetas eran aún más barrocas”

Para su siguiente disco, ya perfilado, está quitando capas a la cebolla, tanto arreglando como tocando, incluso ha dejado la escuela de música: “No quiero aprender más, creo que ya tengo las herramientas que quiero. Lo que estoy haciendo ahora es más electrónico, mucho más rupestre y básico, con cajas de ritmos y sin armonías ni nada”. Es la consumación de su amor hacia la electrónica, dejando de usarla como complemento para los arreglos o la producción, como hace en Extraperlo o en Atalaia, para que pase a formar parte activa de la realización de canciones: “He empezado a componer a partir de ritmos o riffs con la caja de ritmos MC-909. En el próximo disco se verá más clara la influencia del house y el ambient de, poner ejemplos, John Beltran o Larry Heard”, ahora quiere hacer una música de tintes chill-out que evada, “que haga sentir en Ibiza estando en casa”. También “más lúdica y ligera, de interpretación abierta”.

Cuenta Aleix que respecto a años atrás, la principal diferencia en su acercamiento a la música y al sonido ha sido darse cuenta que quiere “hacer música que cuando la escuches te venga en gana escucharla. Aunque las canciones a veces sean muy enrevesadas, lo que quería era hacer unas guitarras que pudieras estar con ellas todo el día. Conseguir ambientes que te dieran buen rollo. Antes era diferente, era ‘ahora me siento así y quiero explicarlo con estos acordes y transmitirlo’. Ahora esto me la suda. Quiero que me guste escucharla y me parezca agradable. Igual es muy superficial, pero es que cuando te pones música en casa lo haces realmente porque quieres sentirte bien, no porque quieres que te expliquen su vida. No te pones una sesión de dj para que te explique ‘me encanta esto, y esto no…’; sino para que ponga cosas que me parezcan interesantes y agradables de escuchar”

Quizá el momento que más y mejor resuma el libro y su proceso creativo sea la fiesta final en la Atalaya imaginada por Pratts en la última canción del disco, “Creem coses / Se’ns acut alhora / És com un contagi mental” (Creamos cosas / Se nos ocurre a la vez / Es como un contagio mental). En cualquier caso, nos encontramos ante un ovni, tanto por su elefantino formato como por su sonido; el insólito resultado de más de un año de colaboración y ambició juganera que recordarán como algo “muy divertido” que les ha permitido “conocerse más, viajar y pasar muchos momentos juntos”, así como “comer más latas de conservas”.

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