Tú tampoco estás nada mal, Kiko Amat

lunes, 8 abril, 2013

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No hay duda de que un buen balazo –aunque sea de goma– en el ojo puede servir para remover la conciencia de cualquiera. E incluso ayudarle a gestionar algo tan estéril como el sentimiento de culpa. Tal vez no sea una imagen agradable, y ya me disculparán el spoiler, pero la apelación a la cruel actualidad que hace Kiko Amat en su última novela no es gratuita, sino más bien necesaria, y además con final feliz.

Ilustración de Sergi Puyol

“Uno sabe que es adulto cuando pasa la mayor parte del tiempo cagado de terror o paralizado de pura abulia. Y sin bailar, nunca más.” (p. 33)

El antihéroe, o héroe involuntario, de la cuarta novela de Kiko Amat es un cuarentón dejado ir, un has been, antigua promesa de las letras convertido en gacetillero, malamente empleado en un suplemento cultural. Por su mala cabeza ha perdido a la que, a buenas horas se da cuenta, es el amor de su vida, además de madre de su hijo, Curtis, un niño adorable de tres años con andares “que parece que vaya a comerse el mundo, el lenguaje corporal Iwo Jima que utiliza quien vive en un territorio lleno de conceptos absolutos y verdades incontestables” (p. 32)

Curtis es el único solaz que le queda a Cienfuegos, quien, como vemos, necesita que alguien le diga que es el mejor, pero más que eso necesita empezar a decírselo a sí mismo.

“La borrachera alegre te abre, y te recuerda que eres patético y ridículo como los demás humanos.” (p. 271)

Y sí, las borracheras con el excéntrico dúo de noise industrial Defensa Interior le ayudarán a pasar los días y hasta olvidar sus patéticos pero hilarantes intentos de recuperar el favor de su amada, pero será la colisión accidental –literalmente, él no quería alzar esa pancarta– con la realidad de la calle, la misma que impulsa un ere en su periódico, la que lo obligará a espabilar. Cienfuegos no es un tipo especialmente concienciado en lo político, pero cuando su historia de gent normal, de individuo inmerso en un conjunto informe de “crisis privadas y terror primordial y premonición holocáustica” (p. 103), se inserta en una crisis colectiva, pública, nuestro fofo saca lo mejor de sí mismo.

La Barcelona de los recortes, el desempleo y la indignación donde se desarrolla la tragicomedia de Cienfuegos –y la de todos nosotros hoy– funciona no solo como escenario, sino que retroalimenta la crisis personal del protagonista y sirve de medida de perspectiva. Así, no es casualidad que Cienfuegos reclame su dignidad como ciudadano cuando recupera su amor propio. Y viceversa.

Ilustración de Sergi Puyol

Como sabemos, Kiko Amat es militante hardcore de la primera persona como única posibilidad narrativa. Lo que le pasa Cienfuegos solo puede ser explicado desde el yo, y experimentado así por el lector como algo íntimo y verdadero. Amat se define como un autor “vivencial”, y es esta novela la que mejor conjuga su faceta como narrador de ficción y como periodista, combinando el pulso inquieto de sus novelas de “juventud” –con un cameo de Pànic Orfila, protagonista de Cosas incluido–, con su personalísima, irreverente pero profunda manera de enfrentarse a la paternidad y las relaciones de pareja de “L’home intranquil” o el amor por la cultura pop y el baile del apasionante y apasionado “Mil violines”.

Además, y esto es importante, la amable munición ideológica de “Eres el mejor, Cienfuegos” viene empaquetada con buen ritmo, una narración rollercoaster que alterna escenas cómicas con diatribas varias, reflexiones beodas y momentos de profunda emoción; desesperación y patetismo, pero también entusiasmo y nobleza. En la mejor tradición del humor anglosajón (Kingsley Amis, Jonathan Coe y hasta Nick Hornby, pero también Jonathan Ames o Sam Lipsyte) acaba siendo una saludable reivindicación de la imperfección, las dudas y los momentos de flaqueza de las personas con sentimientos reales frente a los intereses espurios y la mezquindad contagiosa.

“… una nueva hermosura monstruosa, como si de repente la belleza fuese sólo capaz de anidar de veras en los corazones blandos y los cuerpos rotos, como si la auténtica perfección fuese patrimonio exclusivo de los descastados,  deformes y olvidados. De los niños y locos y pobres y feos. Una belleza tan majestuosa y limpia que ningún guapo, rico o cuerdo podrá siquiera acariciar, nunca jamás. Nuncajamás.” (p. 91)

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