Siendo, que es gerundio. (Y el resto, especulación)

lunes, 10 septiembre, 2012

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En la lectura de «El escritor gonzo. Cartas de aprendizaje y madurez», de Hunter S. Thompson, llega un momento en el que el lector (a mí me ha pasado) se impacienta porque Douglas Brinkley, editor americano y por tanto selector original del asunto, se deje de cartas y vaya al grano, o sea, a la obra. ¿Que las cartas son obra también? Bueno, sí, claro; y más en el caso de S. Thompson. Ya ven, llevamos solo un parrafito y ya hemos dado con el tema central del libro en cuestión; a saber: vida y obra: que da lo mismo, lo mismo da. O debería dar, según la práctica gonzo.

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(El periodismo gonzo, muy bien explicado por Gabriela Wiener, a partir del 26″)

Hunter S. Thopson era un maldito. Yo ya me lo imaginé viendo la peli que su colega Jonhy Depp hizo poniéndose en su piel («Miedo y asco en Las Vegas»)

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(Depp, el impersonator).

y me lo he acabado de creer leyendo esta despedida suya en una carta que le envió a Angus Cameron cuando este último le rechazó el manuscrito de «Prince Jellyfish»:

Muy pronto encontrará en su buzón una bolsa de erizos de mar: para gozar con ellos a conciencia, póngase uno en cada mano y apriételos.

Así que sí: S. Thompson era un maldito. Maldecirlo es lo único que pudo salir de la mente de Cameron el editor y es lo único que puede salir de la mente de todos ante semejante consejo de fakir. (Y esta es de las más suaves que encontrarán en el libro).

Pero a lo que iba; a la obra que no es carta pero que también es vida: en «El escritor gonzo», Brinkley (el editor) tiene a bien reproducir artículos, incluso reportajes enteros, firmados por S. Thompson entre viaje y viaje, carta y carta, bronca y bronca. Son fantásticos, tanto que a veces dejan a las cartas reducidas a mera explicación del porqué este señor escribía lo que escribía y no otra cosa; del porqué las novelas de S. Thompson solo pueden ser porque S. Thompson era aquel maldito que Cameron y nosotros pensamos que es.

Hay uno de estos reportajes en concreto que no solo deja claro que S. Thompson no era un farsante sino que además enseña la soledad que le podía llegar a producir el estar y sentirse rodeado de ignorantes. Se titula «Big Sur: El jardín del sufrimiento» y habla del sitio donde vivía Henry Miller, de cómo la gente traga lo que lee y asume al escritor el contenido de su obra. Describe el décalage entre la tranquila, casi ermitaña, vida de Miller y la vida que Miller retrata en sus obras (menciona sobre todo «Trópico de Cáncer» y «Trópico de Capricornio»). Cuenta cómo la gente compra antes la segunda y se planta allá, buscando al Miller real, pensando que este debe de vivir cual personaje de sus novelas, en medio de la depravación más absoluta. Los visitantes acaban decepcionados con Miller y Miller acaba hasta las narices de los visitantes.

Ahí lo tienen: lo que separaba a Miller de su obra no era más que especulación, inflación inventada por sus lectores, después visitantes. La vida de S. Thompson parecía dirigida a suprimir esta separación. Creo que lo suyo iba de ser consecuente en extremo.

No lo intenten hacer en sus casas. O sí.

… Ay, miren, hablando de sus casas, hablando de especulación, me ha venido a la cabeza Barcelona World. Ya ven: Miedo y asco, que diría el maldito Hunter.

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