Pippi: somos legión

miércoles, 7 marzo, 2012

Por

 

Genial Astrid Lindgren

Mi amigo Carlos dice que le da mucha rabia oír a la gente hablando de críos como si fueran bichos raros, como si ellos nunca lo hubieran sido (críos, no bichos raros), como si todo el mundo hubiera olvidado que, un día, hacer puaaaaaaaajjjjjj con todas tus fuerzas cuando te servían un plato de acelgas era lo más normal, era lo que había que hacer.

«Pippi Calzaslargas. Todas las historias», de Astrid Lindgren, que ahora publica Blackie Books, no es un libro apto para leer con mentalidad de adulto desmemoriado. «Pippi Calzaslargas» hay que leerlo desde la consciencia de que todos, de niños, a la hora de acabarnos el plato en el comedor del cole o a la de irnos pronto a la cama, fuimos pequeños indignados que ríete tú de Anonymous&co.; fuimos antieducación y antifamilia; fuimos pura subversión contra la autoridad vigente; o sea, contra la del cole, contra la de casa. Así que escandalizarse como se escandalizó media Europa (¿qué leches, media? ¡Europa entera y parte del extranjero! ¡Que fue traducido a más de sesenta lenguas!) por el supuesto mal ejemplo que pudiera proporcionar Pippi Calzaslargas a legiones de niños en los años clave de su formación hacia el estatus de adultos tragaldabas en los que nos hemos acabado convirtiendo, es poco menos que renunciar a que todos tenemos un pasado en el que era de cajón ir al circo y liarla parda porque contra todo pronóstico nos aburríamos con los payasos, o empezar el dibujo en una pared porque todo el mundo sabe que un caballo, en un folio, no cabe, o preferir quedarnos despiertos aprendiendo a bailar la polka por mucho que al día siguiente hubiera que pegarse el madrugón para ir a la escuela.

Por si fuera poco, argumento aparte, está también cómo escribía, qué imaginaba, la Lindgren. Leer Pippi es ver a Pippi sentada delante de un plato de pastas de gengibre y no saber qué va a venir después, cuando pasen la página. ¿Comérselas? Um, vuelvan a intentarlo. De lo único que pueden estar seguros es de que, pase lo que pase, pasará a un ritmo trepidante, de la forma más surrealista, pero lo mejor es que, sin abandonar la sensación de sorpresa constante, todo les acabará pareciendo de lo más lógico: una vez leído, descubrirán que no podía haber pasado de otra manera. Y es que la Lindgren con un boli en la mano es como el batería de Za! subido en un escenario, a punto de empezar a sudar, a punto de quitarse la camiseta. Acabará la canción (el cuento) y, si realmente no son ustedes adultos desmemoriados, no habrán pensado ni por un instante que el tipo (la Lindgren) las ha dado todas fuera de los cánones del 3/4.

Y aplaudirán. Aplaudirán como locos.

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Sintonía de la serie

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Trailer de «Pepperminta», película dirigida por Pipilotti Rist, la prestigiosa videoartista que como tantos otros creadores ha sido influenciada por Pippi 

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