Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos) #1: Los Canguros

martes, 23 julio, 2013

Por

 


Una introducción realmente extensa al asunto que nos ocupa
Prometí que nunca lo haría, y van ya tres veces. Mi promesa, que anuncié poniéndome la mar de ufano ante el espejo, brazos en jarras y mandíbula Il Duce, fue la siguiente: “Nunca iré a ver conciertos de grupos favoritos de mi adolescencia que se reúnan”. Me importan un bledo las razones que esgriman para justificarlo. Mejor dicho (déjenme refrasear), respeto sus razones: pagar el alquiler, rever amigos, rememorar sus días de gloria, cerrar capítulos inacabados (o acabados con regusto a ricino) de sus ayeres… ¿Todo eso? Lo entiendo, pero no tiene nada que ver con mi problema.

Mi problema es la nostalgia, que no es del tipo vulgaris. La nostalgia común, doméstica, la que se entretiene fabricando telarañas por los recodos de la memoria, está compuesta de 1) Melancolía y 2) Anhelo. Esos son sus componentes moleculares: pesar melancólico por los años que nunca volverán + una descabellada y desaconsejable proclividad a intentar replicarlos. Pero yo carezco del deseo quimérico por reproducir epifanías de tiempos pasados. Mi pequeño pesar, mi spleen nostálgico, sabe que no hallará lenitivo alguno en la opereta del revivalismo. Ojalá fuese tan fácil. Si hay algo que he aprendido con los años es que nada revive, que (como sostiene el viejísimo dicho) segundas partes nunca fueron buenas y que hay que dejar lo pasado atrás. Pero no voy de sobrado. Para empezar, la última cita era de «El Rey León». Simplemente, tengo una relación complicada con mi pasado, una cierta hemofilia sentimental, una incapacidad de cicatrización que me impide celebrarlo con alegre verbena y chispeante cabaré. Amplifico y barnizo de épica mis recuerdos y batallas, sin duda, pero no me gusta que cobren vida. No me gusta que vuelvan a mí como yo-yos o boomerangs (me perdonarán el chiste). Me gusta que se estén quietecitos en el desván de mi mente y que renazcan en historias de barra o papel, no en golems achacosos embutidos en afeantes trajes Carnaby cosecha 1984. El sueño de la nostalgia engendra monstruos, y por eso mismo no me gusta acudir a cierto tipo de conciertos; no se me ha perdido nada en el entorno máquina-del-tiempo, en los parques temáticos de nuestras marchitas lozanías. Llámenme amargado, si quieren, pero yo ya estuve en los ochenta. ¿Qué clase de hombre desearía vivir allí siempre?

Una mentira que repetí infinidad de veces (hasta casi llegar a creérmela yo mismo) a modo de disculpa, buscando justificar todo este enredo, es que no quiero que las imágenes del hoy reemplacen a mis recuerdos del ayer. Pero las cosas no funcionan así, aunque uno sea tan ñu como uno (aquí presente) es. Solo el sistema digestivo de una lombriz funciona de forma que por cada bocado de barro se excreta el mismo volumen transustanciado en boñiga. Un nuevo recuerdo no empuja los antiguos al vacío; simplemente le añade a la sinfonía un par de instantáneas más. Lo que procede preguntarse es si esas imágenes hacían maldita la falta. Ejemplo de ello son mis dos quebraduras de promesa, la primera con La Granja y la segunda con Los Negativos, ambos grupos favoritos de adolescencia. Huelga narrar los motivos de ese quebranto del pacto conmigo mismo. Solo apuntemos que ninguno de los dos conciertos (con aroma a exhumación; pese a que existía disco razonablemente nuevo de por medio en ambas ocasiones) me hizo ningún bien. Ni ningún mal. No me sirvió de nada; la experiencia pasó a través de mí como una ventosidad.

Existe una razón añadida en mi resistencia al revival, y es que algunos géneros musicales son más conductivos a entrar en el estadio adulto de la existencia y otros lo son menos, o nada. El punk / power pop / mod pertenecen a la segunda persuasión. Mose Allison podrá cantar “Smashed” hasta bien entrada la ochentena, y siempre sonará digno y elegante, pero si The Chords se reunen para cantar “Maybe tomorrow” con sesenta años sobre sus chepas lo que parecen es una horda de malditos dementes desdentados recién fugados del geriátrico más cercano. El punk y el emblemático himno de orgullo juvenil que es epítome del mismo tienen mal envejecer; ese es su fatídico pero irresoluble talón de Aquiles, su catch 22: cantar proclamas anti-adultos cuando eres un adulto te convierte en un bobo. O un pierrot. Un payaso triste que aún no ha pillado que la broma es a su costa.


Los Canguros are back
Y de repente llegan dos conciertos de Los Canguros. Los Canguros eran uno de mis grupos favoritos a los diecisiete y dieciocho, edades cruciales en que se sientan las bases de todo lo fundamental que vendrá después. He hablado mucho de la banda aquí y allá, y acabé firmando el sentimental texto de la hoja interior que venía en la esperada colección de sus canciones, Un salto adelante (1985-1990) (Bcore 2013), así que no voy a repetir la saga ahora, para todos ustedes. Solo procede apuntar que, en mi universo, Los Canguros gozan de un estatus mítico y místico similar al de Brighton 64, mi primer amor, un grupo que (aquí sí fui fiel) me he negado a revisitar en ninguno de sus múltiples comebacks. ¿Qué intento decir con esto? Que la decisión de ir a ver tocar a unos Canguros reloaded no es cosa baladí. No puede uno precipitarse. Hay que proceder con cautela, poc a poc.

Lo primero que hago es llamar a mi viejo amigo Uri Serena. Él es el Real IRA de mi Sinn Féin: un fulano mucho más radical que yo en su postura anti-revival, el brazo armado de nuestro pequeño club No Quiero Desenterrar Mi Juventud, Gracias. Por teléfono y luego en sucesivos mails convulsos me realiza la acostumbrada yenka de indecisión con manía persecutoria y esquizofrenia rampante que he aprendido a reconocer como habitual en él: el alma le dice no; las ganas de tomar una cerveza y ver tocar a un grupo pop le dice sí; la posibilidad de reencontrarse (en el público) con un ejército de momias de 1987 le grita un claro NO; las ansias de volver a escuchar aquellas canciones tan estupendas le dice sí. Es un laberinto de opciones, y él está en la glorieta del centro, desvanecido de pura sed. Finalmente decide que no, que para qué. Su negativa me tienta. La salida lógica es no ir, sin duda. No tendría ningún sentido: ya vi al grupo casi una decena de veces en mi adolescencia, rodeado de mi clan, cuando todos (grupo y fans) éramos jóvenes y aguerridos y estábamos llenos de vida y esperma burbujeante. Almaceno opulentamente 100 billones de interconexiones neuronales, y mis recuerdos de todo aquello se ven aún diáfanos, ricos en detalles y emoción, sin molestas interferencias. Puedo volver a sentir lo que sentía entonces, especialmente ahora que tengo Un salto adelante. Ir a verles sería una completa gilipollez temeraria, un sinsentido total; ganas de pasarlo mal, de jorobar las cosas, de manosear mi inmaculado banco de datos, cajón 1987-89. Mis archivos más queridos.

Obviamente, termino yendo al concierto. Se veía venir, todo esto.

Foto: Ran El Cabrera

El Dorado Whisky Club (gran reapertura para el público)
La formación del grupo que se presenta en el Barbara Ann –un bar rock’n’roll de Barcelona del que soy cliente desde 1988 (oh, Dios santo, entiérrame ya)- es distinta a la que llevaban en los 80’s. Por tanto, este concierto no es exactamente un revival (bienvenidos a Mi Excusa #1). Es más bien como si un par de viejos conocidos agarraran a otro par de viejos conocidos y, juntos, se pusiesen a rememorar el repertorio de un grupo antañón del que todos son fans. La clásica tensión Canguros (los piques, la desazón, la angustia por el ninguneo mediático, el complicado macramé de relaciones grupales, la falta de disco en el mercado) se han ido por el desagüe: ahora, en el minúsculo escenario, solo se respira afabilidad y contentura, y una cierta satisfacción por el trabajo hecho y el legado que permanece. Del viejo grupo están Felipe (jerarca y déspota ilustrado de la banda, aparte de compositor principal e ideólogo) a la voz y guitarra y Joan Quesada, “El Cura”, al bajo; para la nueva alineación entran Ana Vaquero (La Monja Enana, Cola-Jet Set, Las Annettes) a la voz y teclados, Violeta y Estel (Las Annettes) a los coros y el larguirucho Joan Pernil (Cola-Jet Set) a la batería. Todos se llevan bien entre ellos y se les ve felices de estar allí. Es una extraña sensación. Es como si Pete Townshend y Roger Daltrey (o los dos hermanos Davies) de repente se hiciesen íntimos y se apuntaran a la misma liguilla de fútbol-sala, después de años de rifirrafes; una nueva situación que, aunque óptima para el espíritu y balsámica para el corazón, puede resultar catastrófica para música que germina mejor entre cascotes y atrocidad. No sé si lo de Los Canguros será así; solo anuncio lo que temo.

La primera canción del grupo suena estupenda a través de dos gruesas puertas de dura madera contrachapada, pues (en efecto) me pilló en el urinario. No esperaba que empezarían tan puntuales, y a los cuarenta y dos mi próstata es un oligarca loco e inflexible: quiere lo que quiere (evacuar líquido por la uretra) y lo quiere AHORA. Suena “Grinding Halt”, su entrañable –a todos nos encantaba- versión de The Cure. Pongan su Detector de Contexto en On: en 1980, a The Cure no los conocía ni su prima la coja. Eran el epítome del pop underground, y aún no se habían chamuscado las guedejas ni aplicado sombra de ojos estilo Panda abatido: llevaban el pelo corto, gabanes grises, cazadoras cruzadas de cuero, Harringtons y pantalones caquis bolsudos con Doc Martens o creepers. Eran un grupo de pop retorcido y bailable y algo melancólico capaz de producir rutilantes hits de nueva ola pop (todavía sin traza alguna del gemido quejumbroso que les haría grandes en USA años después), y todas las conexiones decían sí: grababan en el subsello Fiction (hogar de The Purple Hearts, Invaders, 999, Protex y Akrylykz1) y les producía Chris Parry, dueño de Fiction y (junto a Vic Coppersmith-Heaven) coproductor de The Jam. En fin: no es ahora el momento de glorificar a los tempranos The Cure (aunque lo merecen); solo pretendía situarles en el escenario mod 80’s.

A mitad de canción todavía estoy meando, exprimiendo la vejiga para terminar a toda prisa, en aquel punto delicado en que too much pressure puede hacerte vaciar lo otro (lo que mi abuela definía como “mayores”). Sería un comienzo ominoso para un asunto que ya es delicado de por sí. Termino, sacudo, cierro cremallera y me uno al grupo sobre el escenario. Lo que oyen: la arquitectura y el destino me han forzado a una inesperada (y grotesca) chupada de cámara, pues al WC del Barbara Ann se accede por un extremo de la tarima donde toca la banda. Por consiguiente, cuando emerjo del servicio me encuentro pegado a El Cura, como si pretendiese tomarle del hombro y unirme a él en un cántico beodo estilo Angelic Upstarts, Olé-Canguros-olé. El público me ojea por un instante, desconcertado (¿Han invitado a coros a ese panoli?) y al fin aliviado cuando desciendo las escaleras sin haber berreado una sola nota. Felipe estrangula su laringe y, sonriendo, finalmente consigue un aflautado tono Robert Smith (o Kevin Rowland tras pillárselos con la tapa de un piano) para entonar el estribillo-con-parón: “Stopped / Short / Grinding Halt”. Sonrío también. A los diecisiete nunca entendí que carajo decía la letra. Ahora es incluso mejor.

Los Canguros proceden con “El Dorado Whisky Club” (su proto-hit, lo más parecido a un himno que tenían) y “El sentido de la vida” (el baladón que no me gustaba nada a los diecisiete, y ahora me encandila). Para la memorable e icónica “Cinco años2” (una de sus primeras canciones, y la primera que todos nos aprendimos) llaman a alguien del público, y por fortuna vuelve a no tratarse de mí (ellos se lo pierden): es Miqui Puig, alma de Los Sencillos y veterano fan de la banda. Me alegra verle allí arriba, especialmente porque llevábamos la misma camisa a cuadros rojos y mientras permanecía a mi lado en el público parecíamos los Everly Brothers (o dos niños tontitos con bata de guardería). Entonces sucede algo curioso: Miqui, que cantaría tranquilamente al lado de sus ídolos Tracey Thorn o Bob Stanley y ha hecho giras por megasalas y plazas de toros (se trata de ese tipo de tablas) y por tanto tiene la genitalia más que pelada de patearse escenarios, se pone nervioso como un flan y canta “Cinco años” como convertido de nuevo en un fan adolescente, algo abrumado por la solemnidad del momento y por –imagino- la cantidad de recuerdos que han irrumpido desbocados en su memoria. Todos terminamos aplaudiendo con entrega, premiando su afán, su cariño y su castañeo de rótulas; porque todos estamos igual (a mí me habría dado un patatús, o habría vuelto a ensuciarme los pantalones3): nerviosos, contentos y luchando contra la embravecida marejada de imágenes antiguas que ya nadie puede parar. Hace mucho de todo esto; hace mucho de todo.

Aprovecho el momento para mirar a mi alrededor y establecer un pequeño recuento de momias en la audiencia: espeluznantemente bajo. El momiómetro marca un imposible 10% de población anciana o fiambres exhumados que regresan, tambaleantes y ojimuertos, murmurando “cerebros, cerebros”, al 2013, recubiertos de chapas y parches y flequillos esculpidos con insuficiente materia prima folicular. Salta a la vista que escasos fans de los días de gloria de Los Canguros han vuelto para reencontrarse con la banda. Lo cierto es que a los mods nunca les gustaron mucho Los Canguros; eran demasiado raros, incluso para una comunidad tan abierta de mente como era el modismo 80’s barcelonés. Las crónicas que aparecían en modzines de la época (algunos decididamente partisanos y pro-Felipe, como Reacciones) eran dubitativas, desganadas, encogidas de hombros; algunas hablaban más de ropa que del “sonido en apuros” del quinteto. Nadie sabía qué narices hacer con Los Canguros. Era algo que les honraba. El público de hoy, así, está compuesto en su mayoría por ciudadanos que descubrieron el talento compositivo de El Líder en venturas post-Canguros más exitosas, como Los Fresones Rebeldes o Cola-Jet Set. Cuando empiezan a sonar los primeros compases de “El regreso” (“Cuantas horas de reloj parado…”), los que suspiran más fuerte no son vetustos ex-portadores de parka como el abajofirmante, sino muchachos que tal vez la escucharon en 1995, cuando Felipe la recuperó para los (cataclísmicamente bautizados) Pepito Sex, trío de pop enérgico paralelo a Los Fresones.

Llega el culmen: Los Canguros tocan cinco de mis canciones favoritas del grupo (y de toda la vida): “El eco de las olas” (himno a lo “Summer fun”, pero con añoranza), “El día que vuelvas” (también conocida familiarmente, comenta Felipe, como “la del farero”; y está en lo cierto), “Tomás” (piel de gallina superlativa), “Levanta María” y “Un home mort” (la catalana). El aciago trámite de mi autoexamen se acerca, no hay forma de prorrogarlo un instante más. Debo decidir si esto me está gustando o no, debo justificar ante mi Yo fiscalizante el pedazo de apostasía de promesas que está marcándose mi Yo vivalavirgen. Palpo con cautela mis carrillos y deslizo la palma de una mano sobre el antebrazo derecho: nada. No se registran alteraciones emocionales dignas de ser mencionadas, más allá del estricto disfrute de la música. Los pálpitos parecen estables, y los lacrimales permanecen cerrados; no me brillan los ojos, como en aquella canción de Los Pistones. Estoy feliz por el grupo (su alegría es ciertamente contagiosa), las canciones me siguen gustando horrores, los meneos de la audiencia no provocan vergüenza ajena y no diviso ningún Akenaton con parka-en-naftalina rompiéndose las caderas en alocada jota ye-yé. Pero algún cable no conecta: el diluvio de emoción no cae en tromba. Me doy cuenta de que solo había previsto dos posibles finales para todo esto: el horror infernal o la épica epifanía. No consideré en ningún momento que pudiese tratarse simplemente de un digno concierto de pop brillante, con gente amable y diestra a los instrumentos, el repertorio seleccionado con tino. Como un irlandés o un italiano (Porca miseria! Santa mignota!), solo fui capaz de concebir la fatalidad o la euforia; me perdió el melodrama. Debería tener más cabeza. Felipe jamás permitiría el horror, eso para empezar, y el tiempo de epifanías estrictamente pop (los cambios de dirección, de vida, de amigos, de ropero, de país; todo por “la idea”) ya pasó, tuvo lugar hace casi treinta años. Y por fortuna esas cosas tienden a no eternizarse; pasan cuando pasan, y por ello hay que saber reconocerlas y atesorarlas como tales. Lo que queda hoy de Los Canguros es la belleza, la artesanía y el profundo sentimiento de sus magníficas composiciones; lo demás pertenece a las novelas, al poema épico y a la batallita de bar. O sea: a lo que tengo en el interior del cerebro, qué les voy a contar.

Foto: Ran El Cabrera

Termina el concierto. Suenan “Yo-yos y bumerangs” (otro hit mundial que nunca fue), y su “Yo solo quiero verte a ti”, versión del “I Only Want To Be With You” de Dusty Springfield. Era una versión que me encantaba cuando era un niño de teta, pero juraría que en 1987 Los Canguros cantaban “Yo solo quiero estar contigo”. No importa. Coreo lo que recuerdo de entonces, y lo entrelazo con lo que deduzco (lectura de labios in situ) que canta el grupo. La despedida (un bis con el que se han hecho muy poco de rogar, por fortuna; después de todo, no somos rockeros) es “La música de la ciudad”, su cover del “Street Waves” de Pere Ubu; feroz éxito entre la muchachada mod ochentas (y demostración supina de que eran otros tiempos: art-punk de Cleveland como insospechado llenapistas). La sube a aullar Ricky Gil (Brighton 64), otro fan histórico del grupo. Y todo acaba aquí, con aplausos y vítores. El veredicto: ha sido más Mose Allison 2013 que The Chords 2013 (o sea, honroso, lindo y adecuado en lugar de incongruente, caducado y vetusto; cosa que habría sucedido si llegan a tocar “Congreso sobre la juventud y su problemática (MCPR)”, por ejemplo). Espero unos instantes por si proclaman mi nombre desde el escenario, elogiándome por ser su fan fiel durante todo este tiempo, quizás incluso sacándome a hombros como a un matador lustroso, tal vez haciéndome entrega de un gran ramo de flores (poseo una imaginación encabritada) pero solo un resto de feedback de guitarra me devuelve su eco. Me rasco el mentón y pienso: ha sido una buena noche, en todo caso. Por tanto, conviene no repetirlo más: no se juega con la suerte, y por el momento hemos salido airosos del trance. Volvamos al presente; cerremos de una vez esa puerta. Ha sido un milagro que nadie resultara herido, y eso es de agradecer. Celebremos a Los Canguros y hurra por el blues de todos. Distingo a Pablo y a Valero en la barra del Barbara Ann, como tantas otras veces; me uno a ellos, todos sonreímos y pedimos cervezas, cantamos el estribillo de “Tomás” a coro (“Y los campos de trigo, se mecen como olas del mar…”). Esto debería acabarse aquí. Y así.

1 Recuerden el gran recopilatorio On the wave de 1980, editado en España por Polydor. Todos estos grupos estaban incluidos en él, y The Cure participaron con la espléndida “Boys don’t cry”.

2 Para mí, “Cinco años” siempre ha sido una mezcla sublime entre Los Brincos, The Times y The Monochrome Set. Así lo pienso y así se lo digo.

3 Es una larga historia

(Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos) es una nueva sección regular de Barcelonés en la que Kiko Amat comentará un concierto al mes. Siendo el visionado de conciertos pop una de las actividades que el escritor más ha practicado en toda su vida, solo o acompañado, se trata aquí de analizar los contextos, los consumibles, los lugares, la fauna y las canciones que forman parte de este particular pasatiempo.)

 

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