Percusión persuasiva y otros sonidos catalíticos: Miqui Puig i l’Agrupació Cicloturista

jueves, 20 marzo, 2014

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Foto: Yuse Riera

Algunos artistas luchan contra el desinterés del público. Otros luchan contra la ausencia de talento. A otros más les toca de contrincante la pura mala suerte (son los de la frase anterior, pero usando malas excusas). Aquellos de más allá tienen, sin duda, los tiempos en contra y no estaban hechos para esta década y todas esas cosas que acostumbran a decirse. Y luego hay músicos como Miqui Puig, cuyo enemigo es el prejuicio. El viejo prejuicio, que no desinfectan ni lavan los más poderosos detergentes.

Puig sostiene sobre los omoplatos una extraña carrera, quizás de las más particulares de estos lares: siniestro nuevaolero púber, mod adolescente de parka y puño en alto, frontman barbilampiño y voluminoso de uno de los grupos más notables del pop de los ochenta y noventa (Los Sencillos), popstar casi incongruente al frente de los mismos en la década de las fiestas patronales y las grandes giras de plaza de toros y polideportivos, y de allí a una carrera en televisión, al principio en programas “jóvenes” de la TV catalana, luego a lo supernova en un popular concurso cazatalentos hecho a la medida de su homónimo embrión inglés, empleo que dio paso a la deslumbrante (aunque dañina) celebridad catódica y de allí a una carrera en solitario -completamente ninguneada por culpa de dicha celebridad- como autor, productor, hombre de la radio y entusiasta-dandy general. Dandy general y general de los dandis. Mariscal de campo. Un mariscal sin ejército, un jerarca abandonado por los suyos. Miqui contra el mundo.

Lo del prejuicio iba por ahí. A Puig no se le ha perdonado jamás aquello de la televisión. Se le ha perdonado tan poco que ni siquiera se nombra el programa aquel, como si se tratase de Voldemort, el Ya-Sabes-Quién, como si solo la mención de su nombre fuese a infectarnos de no-autenticidad. Es extraño. Me pregunto cuándo prescriben esos crímenes. En Inglaterra suele acogerse con los brazos abiertos a la celebridad que regresa al subsuelo y comienza a picar piedra, arremangándose, desde cero. Los ejemplos son legión, pero Stephen Duffy es uno de los que siempre me vienen a la cabeza. Estuviste allí pero ahora estás aquí y, eh, te echábamos de menos. Como dice la mejor canción de The New Pornographers: We thought we lost you / We thought we lost you / Welcome back.

Bienvenido Miqui. Pero, ¿dónde están tus tropas? Miqui Puig es para mí una figura inspiradora. Un pequeño Rowland local, Napoleón en Elba, púgil magullado que trota solo, cuando amanece, por senderos desiertos del Vallés. Paralizado por el terror y las dudas, como una entidad cristiana, escupido en la cara al alba, camino a la cruz: ¿Es que no me reconocéis, Simón, Bartolomé, Judas, todos vosotros? Sus viejos apóstoles le niegan cuando sale el sol y al hombre le apresan en Getsemaní. Su mirada triste es la del traicionado en el instante en que hacen click los grilletes. Sus aliados naturales le han dejado de lado. Los rockeros le miran por encima del hombro. La viejas celebridades ya no le recuerdan. Enfrentado a todos los desaires, Puig hace lo que siempre se ha hecho en el pop: sobrevivir mediante las canciones. Canciones de pena y triunfo y camaradería y belleza. Canciones de redención y dolor y gozo. Él solo, porque es lo natural, porque es lo que expulsan sus pulmones, porque lo lleva en la sangre.

Foto: Yuse Riera

Poca gente que yo conozca lleva el pop enhebrado así en su estructura molecular. Es un talento innato, que no puede aprenderse. Aunque Puig es un hombre leído, articulado, autodidacta y perfectamente elocuente en conversación y por escrito, sus atributos palidecen en el exacto momento en que construye una canción. Es un instante mágico, que me siento privilegiado de haber podido vivir en directo. Algo cambia en él: Puig se vuelve grande. Crece ante tus ojos. Sus canciones son mucho más altas y elevadas que la suma de todos sus talentos. Cuando te deja escuchar aquella nueva canción comprendes lo del destino de una vida, que no podía haberse dedicado a otra cosa, que era lo que tenías que hacer, lo que te estaba encomendado. Cuando me deja escuchar aquella nueva canción, yo le digo siempre (con la boca pequeña, porque algo de vergüenza sí me da verbalizarlo) que es impresionante. Y lo es: impresiona, en el sentido etimológico de la palabra: deja una huella marcada y profunda y legible, su paso por encima de tu alma, y no se va, como las pisadas de la luna. Y en ocasiones es casi igual de trascendente.

Cuando me deja escuchar aquella canción yo siempre mensajeo a otro amigo común, como un adolescente agilipollado, y los dos nos decimos, chillándonos con emoticonos:

– ¡Lo ha vuelto a hacer!

Como niños fans embobados que casi habían olvidado lo que su banda favorita era capaz de crear, y entonces el grupo publica algo que confirma/supera todas tus expectativas, All mod cons o Too-Rye-Ay y te sientes capaz de bravuconear delante de todo el patio, porque los tuyos son #1, tu equipo es el campeón.

Por desgracia, eso no es lo que le pasa a mi cantante de amor favorito desde 1987. Nunca llega a #1, ni tampoco parece que haya nadie en el patio a quien chulear. Miro a mi alrededor, y es una estepa desolada y sopla un viento frío del este, y unos pocos hombres nerviosos se calientan las manos con su aliento y se miran entre ellos, azorados y temerosos de Dios y las bestias y la penumbra.

En efecto, es la Sala 2 de Apolo. En una de esas decisiones Puig que me llevará una vida entera comprender, mi amigo y artista de proximidad predilecto ha decidido presentar su nuevo single con nueva formación aquí, a las 2 de la mañana. Es una hora descabellada en un lugar imprudente, y me pregunto una y otra vez hasta qué punto está todo esto calculado. ¿Era esto lo que quería Miqui Puig? El ambiente y look de la banda es gris, en el mejor sentido de la palabra: Subway Sect, Josef K, telón de acero, Guerra Fría, acordes iceberg, Bunnymen y Joy Division, portadas del Pravda y coches que parecen de juguete, muros que van a caer y existencialismo fatalista. El regreso de la brigada del gabán. Sopa, anfetamina y cigarrillos liados, como los Wild Swans cuando iban del palo 1914. Miqui era fan de Décima Víctima y Claustrofobia cuando muy poca gente era fan de Décima Víctima y Claustrofobia, y esas querencias suben a la superficie, como las cosas inquietantes que flotan en los lagos y las que hacen bum en la noche. Unas bombillas de construcción, de reparación del alcantarillado, cuelgan de los micrófonos e iluminan de manera crepuscular las caras de la banda, desde hoy Agrupació Cicloturista Puig. Puig me había ido avisando desde hacía meses: ho vull obscur i tallant, inquietant i fred. Como erudito de los envoltorios del pop, a menudo sus rumbos musicales empiezan con iconos, imágenes, estéticas. Los zapatos marcan el sonido. Puig quería volver a las sombras pop con creepers. Los Monaguillosh y Parálisis y primeros Gabinete: sus sonidos de juventud. Tragedias afectadas y ceños fruncidos al sol envueltos en abrigos grises y largos, Ben Watt mirando al mar con las sienes afeitadas. Dark music for hard times.

Foto: Yuse Riera

¿Es por eso que estamos aquí, y no en una sala cálida y pequeña de Gràcia, entre amigos? Quizás Puig pensaba en A Certain Ratio en 1982 tocando para una decena de personas en el Hacienda, cuando nadie les hacía caso, y acababan de pasarse al afro-funk y sus congas y pitos resonaban por las esquinas congeladas de aquel hangar semivacío. Lo cierto es que no sé lo que pensaba Puig, como suele sucederme. ¿Era esto lo fácil o lo extremadamente difícil? Sea como fuere, encaja; aunque de la forma más incómoda que pueda preverse.

Miqui Puig y su Agrupació Cicloturista empiezan a tocar ante cuarenta fieles, no más. Una arenosa ventisca de abatimiento recorre el escenario, pero nadie se amedrenta. Su set durará una hora, de 2 a 3 de la noche, cuando es ya la hora de lobo y los niños se levantan muertos de miedo. La peor hora de entre las 24 que existen. ¿Era esto también parte de su esquivo plan? Las drogas que tomé ya me han bajado a los pies (y no para bailar) cuando empiezo a escuchar sus hits. El impávido lenguaje corporal de la agrupación es una clase magistral de no-rock: pocas cortesías, broma ninguna, magros aspavientos, caras concentradas y gente realizando la tarea asignada. Florituras = 0. Puig danza lo justo, contenido, como apesadumbrado y decidido a la vez. Cuando le veo comenzar a tocar, cierro los ojos y veo al Quijote cabalgando contra los molinos una vez más. Ahab agarrando el bote auxiliar y yéndose él solo, arpón en mano, medio enloquecido, a enfrentarse al Leviatán para realizar su visión. Mi coronel solitario, mi mariscal sin ejército, atacando unas murallas que nunca se empequeñecen, que siempre son igual de sólidas e inexpugnables. Así es como me gusta, en cierto modo, ver a Miqui Puig. Dando zarpazos en pleno hundimiento, un Canciller reclamando un ataque de pinza con divisiones que ya no existen. Cayo Julio César tras las 23 puñaladas, mirando a su alrededor con una mezcla de tristeza, premonición y estupor: ¿Vosotros también? ¿Y vosotros, tampoco vinisteis? Me encaja como encajaban aquellas fotos del Casualidades y del Impar donde se le veía solo. Peor: abandonado. Con tiritas en las mejillas, justo después de la pelea, cuando no hay nadie más que lo que haces y tus demonios, y más vale que lo primero valga la pena entonces. Más vale que sea de esas cosas que perduran, porque hay laceraciones que no cauterizan nunca por mucho tiempo que pase y tanto él como yo lo sabemos bien.

A la mierda. Este trabajo no va a hacerse solo y el tiempo apremia, querido Miqui. El concierto es maravilloso y triste. Puig empieza con su nueva canción: “Vos trobava a faltar”. Ambiente Martin Hannet, agudos afilados, elevaciones épicas y lamentaciones maduras: un hombre reclamando a su tribu, regresando al nido después de los combates y las batallas y –en el más puro estilo deep soul- confesando sus faltas y anhelos, arrancándose las corazas ante tus atónitos ojos: “Jo només vull violins i trompetes / Agafar les regnes de les meves venes/ Omplir les maletes de les velles penes i fotre-les al mar”. Es casi un epitafio, algo que dejar detrás de ti para los que han de venir, un manifiesto sobre la existencia. Me emociona y, como suele sucederme con el mejor pop, me habla directamente. La siguiente es “UEFA”, que era la más grave del Impar. Todo tiene su razón de ser. Se tocan uptempos como “Polvos de talco” o “Viva acid house”, pero con mirada torva, medio a regañadientes, buscando bulla en un pub que vio tiempos mejores. La atmosfera se decanta hacia “El sirviente” (a sus espaldas, de nuevo encajando, se proyecta The Servant de Joseph Losey: agarrad los mensajes, que no se os escapen, unid las líneas de puntos) o “Miqui contra el mundo” (su himno personal a sí mismo) y, para que solo un necio pueda no pillar de qué va la velada, “Europe after the rain” de John Foxx (Ultravox), con aquellos coros espectrales, y el “Me tengo que concentrar” de Gabinete Caligari (cara B de “Sangre española”) la guitarras a punto de fractura y los ritmos polares, de pasadizo de hospital. Puig siempre ha dicho que el Colección de favoritas (2004) de Los Sencillos fue, a todos los efectos, su primer álbum en solitario, y para confirmarlo extrae de allí “Club decadencia”, “Sandie Shaw” y “Todo va bien”, cuyo título se antoja hoy más raro que nunca. Allí arriba desaparecen los arreglos Algueró que impregnaban el álbum, y los temas suenan como si fuesen otros: más viejos y vividos, con más cicatrices, cascados y con ganas de conversar sobre los malos tiempos, sobre lo que nos sucedió allá, en las trincheras de las expectativas fallecidas.

Foto: Yuse Riera

Suena la hora del lobo y la Agrupación Cicloturista termina con “Te quiero ahora, te quiero luego” y “Drama” (también de Colección de favoritas), una de las más queridas por muchos de sus fans. Entre nosotros circula gente confundida que llega de otras salas y entraron a medio concierto, como soldados que han perdido la cadena de mando y ya no pueden orientarse en la jungla. Ignoran que su capitán está allá arriba, despidiéndose y emprendiéndola en solitario una vez más, como el Coronel Kurtz, habiendo radiado sus órdenes para un batallón diezmado, desilusionado y al borde del motín, pero que aún resiste por amor y puta lealtad a su líder. Ondeamos bufandas agujereadas por las balas y pendones deshilachados. Seguimos aquí, escasas cabezas pero fieles hasta el fin.

Cuando veo a Miqui Puig abandonar el escenario, los hombros caídos pero la mirada orgullosa, pienso en todos mis soulmen. En todos los guerreros que admiro. Le veo y veo a uno de los grandes animales antiguos, la espalda repleta de lanzas pero noble, resistente, imposible de tumbar: Miqui contra el mundo. El mundo contra Miqui. Cuando todo termina y solo quedan las lámparas fantasmales y un leve pitido de los amplificadores, cuando todo acaba y el escenario queda a oscuras, no sé si he visto una victoria o una derrota. Jamás lo sé, cuando se trata de él. Pero si era lo segundo, era una derrota al estilo Don’t Stand me down: esta era mi confesión, quisiera expresarme ahora y de una vez por todas. Parece decir: que haya gente escuchando o no es, en cierta forma, irrelevante. Se entregó la palabra, ¿no veis? Las canciones quedarán cuando todo pase, cuando todo acabe. Puig seguirá una y otra vez, hasta que pueda creer en su alma, hasta que los demás también lo hagan, imbatible y flechado como un santo, siempre sangrando, hasta que se purifique su espíritu. No hay otro camino. Todas esas canciones quedarán, quedarán para siempre, me salvarán siempre, me limpiarán siempre, y al mundo y al prejuicio que le den. A la mierda el mundo, una vez más.

Seguimos aquí, Miqui.

 

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