Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos) #5: Vàlius + Nueva Vulcano

jueves, 20 febrero, 2014

Por

 

Nueva Vulcano

Pasajeros al tren. Estamos todos encaramados a un tren de cercanías, somos casi una decena (nueve hombres, una mujer; Sant Boi style) en ruta hacia el Estraperlo de Badalona, y me niego a detener el tempestuoso déjà vu que se acerca, reptando sibilino, por la superficie de mi cogote. Coger trenes es lo que solíamos hacer cuando éramos niños, cuando todo estaba a un viaje de tren: los conciertos, los discos, las novias, los bailes, la noche elástica que se hacía mañana y un nuevo tren de vuelta ponía el punto final a la aventura. Para los nacidos en el Baix Llobregat, aquellos ferrocarriles verdes eran la posibilidad de evasión más accesible y barata; aunque solo fuese nocturna -y por tanto efímera-, aunque a la mañana siguiente volvieses a estar atascado allí, en el pueblo, cercado por la desazón, el tedio y la asfixiante familiaridad. Pero al menos existía un tren, a la mañana siguiente. Eso era una certeza, y de las buenas. Fuimos en tren en 1987 a Manresa para ver a Korroskada y fuimos en tren un millar de veces a Plaça Espanya (bajábamos allí e íbamos a pie hasta el Communiqué) y otras veces paramos en Cornellà y otras en El Prat y otras descendíamos para tomar el Metro y subir hacia el KGB o el Humedad Relativa o el Garatge o el Barbara Ann. En puto tren todo el santo día, como los Dexys, como los chicos del Wigan. Parkas y bombers amontonadas en el vagón, para que no escapara el calor, los puños en los bolsillos. Durmiendo en el viaje de vuelta, pasándonos de parada y terminando en La Cope o Sant Vicenç o (“¡Puta mierda, no!”) Pallejà o, Dios del cielo, Manresa (“¿No te encargabas tú de mantenerte despierto, cabrón?”). La maldita Manresa: no abrí los ojos allí veces ni nada.

Y a pesar de los trances y desvelos, de los encontronazos con revisores, de perder esos trenes y otro día alcanzarlos, me sigue gustando agarrar un tren para ir a cualquier lugar. El viaje es parte de lo especial, de un día memorable: porque te sacudes la pereza y coges un tren, y sabes que de vuelta te espera otro. El trayecto es parte de la ocasión: la expectación y las latas de cerveza y algo, no mucho, de desorden público, lo justo para que un par de señoras te chisten y un par de frentes se arruguen y un par de novias se enfurruñen, y dejen de hablarnos, e incluso alguien se atreva a decir: Que ya sois mayorcitos…

Pues no. Hoy no. Hoy no, joder. Mañana, ¿vale? Mañana seré mayorcito, mañana seré todo un hombrecito, mañana estaré preparando desayunos y andando el camino hacia el colegio de mis hijos, haciendo como que soy normal y el pop no importa tanto (¡ja!), pero hoy soy solo un fan. Un fan bebido –de vino, poesía y virtud, las tres cosas juntas, como decía el francés sifilítico aquel- con serias intenciones de berrear estribillos de Nueva Vulcano en un hangar congelado del Barcelonès. Es todo lo que quiero hacer. Eso, y emborracharme majestuosamente, en el orden prescrito y tradicional, sin otra preocupación que evitar el patatús y esquivar (por consiguiente) la temida ambulancia. Hoy quiero emborracharme y cantar a grito pelao como si tuviese dieciocho años, como si el tiempo se hubiese detenido y luego retrocedido, como si eso y aquello otro no hubiese sucedido nunca, como si aquel dolor no existiera y esa vergüenza no hubiese sacado jamás la cabeza, como “si poguéssim ser els d’ahir / Ni tan sols per una estona” (que cantan Vàlius). Quiero una borrachera cantora y alegre, quiero una temulencia de soprano optimista, y voto a Bríos que la voy a conseguir, cueste lo que cueste.

Así: al tren. Los nueve y la chica, que por supuesto teme lo peor. Porque ya entramos en el bar de delante de la estación, porque ya estamos pidiendo cerveza sin orden ni cautela ni rango, porque uno ya se está mofando del dueño del bar y otro ya se troncha porque nos llamaron de Usted, mejor beber rápido y salir, mejor antes que después de los empujones. Billetes y al vagón, de un brinco.

Llegamos a Montgat. Desde allí, el camino a Estraperlo dura quince minutos, a pie y siguiendo la playa hasta un polígono industrial de Badalona. La loca aventura nunca cesa. Durante este periplo en ferrocarril he bajado de dieciocho a dieciséis años; en breve empezarán las carreras de contenedores de basura y las peleas de panes y el insomnio pertinaz, y las promesas al alba de “mañana me piro de este pueblo” (que, por supuesto, no van a cumplirse). Pero bromeo, claro: lo único que sucederá hoy será una vuelta a casa en la L2 protagonizada por un escamote de cuarentones con botellas de cerveza, aullando cánticos de afiliación local y grupal, uniéndose para algún estribillón de Nueva Vulcano, y tomándose fotos a ellos mismos (espero que no con intenciones divulgativas) mientras hacen todas estas cosas. La banda que se reúne en trenes, eso somos esta noche. De camino al Estraperlo hacemos parada táctica en un par de frankfurts oleaginosos y fritangueros. Nadie come, porque somos de Sant Boi y machitos hasta el sonrojo, y la comida es para niñas, y parece mentira que a los 42 aún alguien diga cosas como estas (que las diga yo, para ser exactos). Así que solo líquidos, algunos de ellos transportables, y latas hasta la puerta, el autobús-de-la-cerveza depositándonos sanos y salvos en la concurrida puerta de la nave industrial reconvertida a sala de conciertos, tan extrarradial y extralejana como nosotros mismos.

Primero tocan Vàlius. Ya hablé triunfalmente de ellos en esta misma sección de este mismo magacín, y no tengo mucho más que añadir, aparte de que:

a) Me siguen emocionando muchas de sus canciones. Como “Mai”, “Malament”, “Sol” y “Moment”. Y cuando digo emocionando quiero decir emocionando, no cualquier otro verbo de menor empaque. Otra vez: “Si poguéssim ser els d’ahir / Ni tan sols per una estona”. Y que lo digas, Gerard.

b) Me chifla que toquen mirándose el uno al otro, como unos Pimpinela + Minutemen; como si estuviesen en el local de ensayo y el público se hubiese desintegrado.

c) El grupo convierte a gente. Lo veo a mi alrededor: los que desconfiaban del mini-furor a escala barcelonesa, y los que simplemente desconocían su existencia, terminan cabeceando a su ritmo, y alguien me pregunta quién son y otro -mi hermano- me berrea al oído que le molan tremendamente. Está muy bien, aunque veo otros que se resisten y fruncen ceños: el griterío espartano de Vàlius no es para todos los gustos, y dudo que algún día lo sea; y eso está bien, por supuesto.

d) Me sigue impresionando su brevedad: de títulos, de minutaje, de show, de letras. Todo está depurado a su mínimo posible. Es pop descascarillado, enjuto, limado de asperezas y miriñaques, todos los farbalans fuera y que queden solo el armazón y el ramalama. Es buena la idea en su teoría y práctica. Es un buen punto de inicio y de final, de concepto terminado y paquete bien recibido y envuelto (aunque con mínimos lazos).

Dije que no tenía mucho que decir pero al final he dicho cuatro cosas. Vàlius son grandes, de una forma distinta a Nueva Vulcano. Lo paso tremendo con ellos y mañana tendré tortícolis, de tanto vaivén cuellar y tanto mai-mai-mai-mai-mai-mai-mai-mai. Tengo grandes esperanzas puestas en el dúo, no me importa reconocerlo.

Aparecen Nueva Vulcano, y son bienvenidos con una ovación ensordecedora. Juegan en casa, y es que los Nueva tienen muchas casas, de tanto ir de gira y gastar ruedas de furgo y dormir semivestidos en plegatines ajenos. Esta noche conozco a tanta gente del público que podíamos ser una sociedad secreta, o un pequeño partido político, o un equipo de algo (multitudinario, como el fútbol de la Edad Media: cien tíos y un balón relleno de heno). De los Nueva me gusta su música, ética y modo de operar. Me gustaría también su estética, pero no tienen una, ni buena ni mala ni de ningún tipo. Son hombres que no piensan en ella ni un instante, y eso por supuesto me fascina, tanto como ver a una rana de color raro o descubrir una nueva cana en mi sien.

Con Nueva Vulcano temo repetirme. Son muchas las veces en que he hablado de Aina y de ellos mismos, hace muy poco en La Vanguardia con ocasión del libro de fotografías de Alberto Polo, otra en el Vermut con Artur Estrada para Gent Normal, y a veces las cosas quedan dichas de una manera que uno no puede superar. Otro tal vez alcance a hacerlo, pero no yo: lo que quería decir está allí, y así quiero que quede. Que es eso, lo de lo suyo, lo de cómo son: sin ínfulas ni petulancias, amantes del esfuerzo y la pasión pero sin darse aires de artistas, pompa de músicos, haciendo un gran ruido pero sin sobreactuar ni declamar, enfrascados en lo suyo y siempre sonrientes, que otros se queden los malditismos y las autodestrucciones de tebeo, toda la ridiculez y la altanería del rock. Una sensación que tengo: la de ver a tres hombres dignos y limpios, con egos llanos y tolerables, que no se miran constantemente en el reflejo de sus propias acciones. Lo que hacen es natural, y va sin desplantes ni filigranas de torero chulapón. Hay escasos medallones en sus pecheras (que no sean de un atún encebollao). Si los Nueva sacan pecho será solo para gritar.

La noche es de Grandes Éxitos y repaso extraescolar. El trío toca canciones de todas sus épocas. Hoy me voy a emocionar, que no es una canción de Nueva pero podría serlo: una vieja confesión. Hoy me voy a emocionar, sí, por lo que me dicen estas canciones, que se me meten en el espacio intercostal. Demasiada gente para hacer el peterrell (que dice mi padre) en público, claro, pero ¿y el comienzo con “Segundas residencias”? Una tromba de masculinidad falible. Tíos cagándola y admitiéndolo, germen de las mejores disciplinas, una versión mejorada de lo que somos y hacemos. Luego “La ley de costas”: comentario social desde el prisma personal. Y qué bien que a Artur se le entienda todo hoy en día: lo de Principal Primera era un desperdicio léxico, todas aquellas palabras que nadie iba a cazar, murmuradas con boca de pez. Luego “Amor moderno” y “La mano izquierda” y, oh, “Predominio del sol”, que suena como cañones y salvas y siempre me derriba los parapetos defensivos a traición. Nueva Vulcano tocan esta noche las conocidas y favoritas (“Arco de triunfo”, “Sagrada familia”, “Día de mañana”, “Quiromancia”, “Esto no es París”, y el himno “Te debo un baile”…) pero también cuatro novedades. Dos de ellas son tan nuevas que aún no tienen soporte: “Pop y espiritualidad” y “La historia más veces jamás contada”. Las otras dos pertenecen al nuevo single para La Castanya: “Todo por el bien común” (una de mis canciones favoritas de la banda desde ahora mismo y para siempre) y la enjundiosa “Mogollón”.

No quisiera olvidarlo: Albert es, en la circunstancia presente, mi batería favorito. Su estilo es el de tromba, y no buscaré otra palabra más técnica o más larga porque no me da la gana ni me hace ninguna falta. Lo suyo es el vendaval y el tifón, y a su lado todos los demás bateristas tocan aparatos de juguete con pilas a medio gastar. Esto es entrega y fuerza; lo demás son herviditos para convalecientes. Nunca suelo hablar de instrumentación, porque casi siempre me pierde la emoción, la lírica, el significado más que el significante, pero Nueva Vulcano son musicalmente perfectos. Cómo encajan, no tanto como tocan: la forma en que todas las piezas se ensamblan a base de tardes y tardes y tardes en un local con fusibles antiguos y moho en las esquinas. Se hace así, es necesario hacerlo así, lo demás son pasatiempos de músicos pasajeros, los que están solo para la corta distancia y el entretenimiento juvenil. Nueva Vulcano son de los otros, de los que firmaron a perpetuidad, ¿Qué otra cosa iban a hacer?

Caen esta noche muchos cánticos nominales: los fans celebran por igual a los tres miembros, y Wences se lleva también su quesito de celebración y jaleo y palmas. Es de justicia, y nuestro rincón aullador se une al jolgorio pro-Wenceslao. La gente lo celebra todo, pero con algunas canciones tiemblan los cimientos y se doblan las vigas. Es el caso de la mencionada “Te debo un baile”, anthem del compromiso romántico y a la segunda va la vencida y “ahora que el mal ya está hecho / lo bueno va a encontrar su oportunidad”. O “El día de mañana”, otro optimista-melancólico canto al nuevo amanecer.

Merece la pena mencionar lo del karaoke: en casi treinta años de escuchar música pop en directo, pocas veces he visto este entusiasmo cantador en el público. Si Artur fuese un hortera o un gandul, dos cosas que desde luego no es, se pasaría la velada dejando cantar a su audiencia. Micrófono a la primera fila, como Julio Iglesias. Pues todos allí se las saben y las reproducen con la máxima potencia traqueal que pueden condensar en un solo estribillo. Si cierro los ojos puedo imaginar a Nueva Vulcano en un estadio, campo de mecheros bajo la noche forever. Rock de estadios, como dicen ellos mismos, pero con ínfimo presupuesto. Las canciones hablan a cada espectador de forma íntima, gestando una nueva narrativa en cada mente: de lo personal a lo universal, y nadie consigue eso como el viejo pop.

Pero tanto cántico es como un cielo rojizo: amenaza tormenta de bises. “París”, “Las cosas y las casas” (lo más cercano a un manifiesto emocional y amical que Artur ha puesto por escrito) y “Níquel, Canela”. Uno puede decidir ignorar la primera persona en esa lírica, pero desde luego yo soy incapaz. Quizás esté demasiado cerca, quizás es que son casi familia, y mi narigón pegado al (metafórico) cuadro se está perdiendo toda la objetividad. A la mierda: no la necesito para nada, a la maldita objetividad. La piel de gallina viene de ahí, en gran medida; de escuchar la parte confesional y las admisiones de derrota, y las exposiciones de falibilidad y las promesas de amor y todas esas toneladas de pasado del que no te zafas ni desgarrando articulaciones y echándolas ventana abajo. Ya me va bien así.

Esto se acaba. Luces, sugerencia de desalojo, cánticos de Nueva-Nueva, y reaparecen para tocar “El río suena”, con su tensión escaladora, “La Venda Negra” y “Síndrome de Estocolmo”, con su culmen de asombroso ruido y empalmes y ensalada de distorsiones. Terminó. Termina también esta pequeña crónica.

Pero antes, una apreciación: Bob Stanley afirma en su Yeah Yeah Yeah que si uno quiere entender la diferencia entre Sex Pistols y The Clash solo tiene que mirar la filmación de los primeros en el benefit navideño para hijos de mineros, en Huddersfield, 1977. Show matutino con batalla de pasteles final, y todos los niños danzando y Rotten muerto de risa, más feliz que nunca. Y luego están The Clash posando por ahí con camisetas de Brigatte Rose, o en una barricada del Ulster. La palabra clave de la frase es: “posando”. Pues bien, siguiendo ese baremo, si uno quiere comprender qué son Nueva Vulcano solo tiene que recordar lo siguiente: según salimos de la sala, Albert Guardia nos divisa pegando gritos y aún amarrados por los hombros los unos con los otros, y sale zumbando del backstage con las manos llenas de botellas y esparciendo ráfagas de sudor a cada paso, y nos dice, ofreciéndolas:

– ¡Para el viaje! ¡Gracias!

Gracias. Él a nosotros, no al revés. Y nosotros muditos, una botella para cada uno y contentos como niños, también, como en Huddersfield, 1977.

Lo que son Nueva Vulcano está comprimido en ese diminuto gesto.

 

Aquí otros otros capítulos de la sección «Percusión persuasiva (y otros sonidos catalíticos)». 

Barcelonés está editado por
Until We Change It.

Contactar para oportunidades de
Publicidad.

Política Editorial