Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos) #4. Robert Forster

martes, 7 enero, 2014

Por

 

Vuelvo a estar en Heliogàbal. La madre que me parió. ¿Otra vez? ¿Quizás nunca llegué a marcharme de aquí tras el pasado concierto de Mark Kozelek? ¿Quizás mi familia me ha dado por desaparecido, y mi rostro aparece en el dorso de los cartones de leche (lo he visto en películas), y el Passeig Sant Joan está sembrado de carteles que inquieren HA VISTO USTED A ESTE HOMBRE?

Tal vez sea así. Tal vez soy el Rip Van Winkle de Gràcia, hechizado por repetidos chupitos de “elixir” -el diabólico brebaje que confeccionan los heliogabalistas cuando procede celebrar algo (procede hacerlo con asombrosa asiduidad, por cierto)- y cuando salga de aquí (si logro salir alguna vez de aquí) habrán pasado cincuenta años allá fuera, y todo el mundo que una vez conocí ya habrá muerto, y en el Bar Oller aún se acordará alguien de mí y…

Vuelvo a estar en Heliogàbal, en cualquier caso. ¿Por qué tendría que ir a otro lado, díganme ustedes, si casi todo lo que realmente me interesa de Barcelona acontece aquí, entre estas cuatro paredes colorás, y emerge de esas neverotas sensacionalmente surtidas? Estoy aquí para ver a Robert Forster, uno de mis compositores y músicos favoritos del mundo y la historia. Como se lo digo. Me perdí a su banda, The Go-Betweens, a lo largo de los ochenta, obcecado como estaba con otros ruidos, peleas y alteraciones del orden público, y llevo desde mediados de los noventa intentando recuperar el tiempo perdido, escuchándole sin descanso. Tengo todos sus malditos discos, uno al lado del otro, ocupando un segmento remarcable de estantería (incluyo maxis, por supuesto: me pirro por algunas caras B de single como “Newton told me” o “Doo Wop in “A” Bam Boom”). Algunas de las canciones de Forster son de mis canciones favoritas; así, en universal. Forster, ese viejo zorro, utiliza en su artesanía todos los trucos que suelen traerme loco: primera persona (más o menos enmascarada, amortajada en sutiles subterfugios), nombres propios y nombres de emplazamientos a porrillo (a la mañana siguiente, charlando en una peluquería, me dirá: “Eso lo aprendí de Chuck Berry”), ganchos perfectos y memorables, títulos rotundos, estribillazos silbables y fraseo inusual. En efecto: la sintaxis, la estructura de cada frase, cobra en manos de Forster un nuevo valor. Mediante la repetición, o el ocasional arcaísmo, o una silueta vagamente torcida, el talludo australiano consigue que sus canciones se incrusten en tu mente para siempre: “That’s her handwriting / That’s the way she writes”, canta en “Part company”, una perfecta aliteración tuneada que actúa como la perspectiva imposible en el Waterfall de Escher. Te obliga a bizquear, a sacudir la cabeza, a fijarte en lo que dice, a intentar comprender. Esta noche habrá muchas de esas, así que les ruego presten atención.


Vuelvo a estar en Heliogàbal, y ya van tres veces que trato de contarlo, caramba. No dejan de interrumpirme. El bar –permítanme un pequeño lugar común- bulle de anticipación. Chup chup. La mayoría de la gente que está aquí (lo sé porque en Heliogàbal siempre se puede contar a la gente cabeza a cabeza; es un lugar muy práctico para ese tipo de índices demográficos) ya tuvo la oportunidad de ver a Forster en el Primera Persona del 2013, cuando derramó sobre el público un extraordinario concierto con banda (el mejor talento local: Fred i Son, Evripidis, Adrián de Alfonso y Jordi Irízar) que repasó sus hits, solo o con The Go-Betweens. Es decir, que esta noche muchos de nosotros estamos repitiendo, como sucede en los mejores banquetes. Yo por partida triple, porque –miren bien lo que les digo- mañana volveré.

Pero de momento, estoy en Heliogàbal, primera de las dos noches de Robert Forster y Peter Loveday, su telonero, australiano expatriado aquí, viejo compañero de correrías de nuestro hombre. Con el dime y direte de la cola, con el cuéntame que te pasó, con el ponme-otra-si-pué-ser y con el ¿da tiempo a una última?, me pierdo casi todo el concierto de Loveday, por desgracia. Cuando entro, deslizándome como una morena marina por entre las apretujadas primeras filas y los butaquistas ceñudos (son otra raza, los butaquistas, distinta a los barristas y perroviejos, pero convivimos sin problemas; cada uno en su zona y Dios en la de todos), lo que escucho es Go-Betweeniana; como si fuese un género. Canciones melancólicas, llenas de impulso, de esteparia guitarra acústica y ocasional violín alambicado. Tal vez no tan inmediatamente memorables como las de Go-Betweens, pero (¡ay!) quién podría; no es fácil replicar al gran tunesmith del pop.

El Rincón del Perro Viejo, donde me dirigía a encajar mis codos con gran ímpetu, está ocupado por otro Perro Viejo que madrugó más que yo, así que pongo en práctica mi legendaria e infalible maniobra F.I.B.I: Flagrante Invasión de Barra Interior. Caigo ahora, mientras escribo esto, en que nunca he pedido permiso oficial y timbreado, doble copia, para efectuar este (a todas luces) ilegal allanamiento de espacio privado. O sea: pido permiso cuando ya estoy dentro, a repugnante fait accompli, a sabiendas que nadie sería tan mezquino como para echar a uno de Los Entusiastas Antiguos, a un ente que ya estaba aquí cuando se establecieron los primeros asentamientos romanos en Barcino, engullendo un chupito de elixir ante el asombro de las cohortes imperiales, y observó satisfecho cómo se erigía el primer Heliogàbal, y todo esto eran campos.

No tiene sentido demorar la maniobra y pretender que no voy a entrar, me digo, el cortinaje de la cocina simulando espléndidos dreadlocks en mi cuero cabelludo. Voy a hacerlo tarde o temprano, y todos lo saben. Saludo a la concurrencia barril, reparto abrazos y besos como un gángster bipolar, encajo mi culo en el lugar menos entrometido que pudo concebir -junto a los platos disqueros- moldeo la cara que significa “¿Bien aquí?” o “¿Molesto?” y traduzco su posterior silencio afirmativo y sonrisas generalizadas como una invitación sempiterna, como un Access All Areas autorrenovable hasta el fin de mis días. Así soy yo: optimista.


Levanto las cejas, y no precisamente de incredulidad. Hoy está apostada tras la barra la plana mayor del Heliogàbal, lo que sin duda significa Día Grande, de conmemorar, de levantamiento de vajilla y lubricación de gaznates. Estoy preparado, y ellos lo saben. ¿Elixir? Elixir. Preventivo y anticipatorio. Por lo que vamos a ver y lo que está por venir. Arriba esos culos y el vino de casa no emborracha, pero (AAARGH) este mejunje desde luego sí. ¿Quizás acabo de ser envenenado, como en la Rusia zarista? Eso me pasa por allanar el Sancta Sanctorum sin preguntar.

– ¿Qué coño lleva esto? –pregunto, tras lanzarme todo el líquido amarillento al interior de la boca, estrujar la cara entera, agarrarme el gaznate y luego analizar el vaso como si fuese una ardilla espachurrada en el asfalto de una carretera comarcal –Dios del cielo, es como si me hubiese echado plomo fundido al gollete –me masajeo la nuez- Mamá, pica. Insisto: ¿Qué coño lleva esto?

Debo haber preguntado lo mismo un millón de veces. Nunca recuerdo la respuesta, y no porque sea un secreto tremebundo como el Proyecto Manhattan o el ingrediente misterioso de la coca-cola, sino porque cada vez que me lo explican, el elixir ya ha derretido una parte traumática de mi cerebro (en particular, la que se ocupa de almacenar recuerdos) y aquella preciada información química va directa al basurero de mi mente. Pero hoy no. Hoy debo concentrarme. Apretujo las cejas y me masajeo las sienes.

– Lo de siempre –me responde un Sumo Sacerdote Heliogabalista, sonriendo y volviendo a llenar el pequeño cilindro de vidrio hasta el borde- Me has preguntado esto un millón de veces. Ron Barceló frío y lima Rose’s fría. Ron Barceló frío y lima Rose’s fría, tío.

– ¿Ron y lima? –respondo, remirando el vasín, otra vez de color limón-joya- ¡Puaf! No me gusta ninguna de las dos cosas, pero –¡glops!- la verdad es que juntas están deliciosas, ji ji.

– ¡Por Robert Forster!- me berrea un amigo en la oreja, ya dentro de la barra también. Espero que no cunda el ejemplo o vamos a acabar todos aquí, y no hay ni espacio edificable ni elixir para todos los presentes. Estoy a punto de decirle a mi pardner que no empuje, leñe, cuando todos levantan los vasos y escupen en mi cara ¡POR ROBERT FORSTER!, como si el pobre hubiese fallecido, como si esto fuese un entierro en alta mar, y gracias a los berridos un tercer elixir logra burlar mi guardia y penetrar sibilinamente en mi esófago. Esto es fantástico. Un poco apretaítos, la verdad, aquí dentro (ya somos seis; parece una fiesta de cumpleaños en el Ictíneo de Monturiol), pero no importa. El roce hace el cariño, y la vida puede ser, en verdad os digo, maravillosa.

Y allá va Robert Forster, alto como un San Pablo y atildado como un figurín, peinado Robert Redford 1973, pullover en V y traje completo. Es un caballero la mar de elegante, y por añadidura le recubre la pulcritud innata de los limpios por dentro. Su cool es frigorífico, nada impostado, la frialdad perfecta del sheriff ante el peligro: un hombre en pleno control de sus facultades y emociones, un hombre de mirada limpia que ni siquiera necesita ser más rápido que su propia sombra. En los últimos meses, entre aquel Primera Persona del 2013 y los días que está pasando el músico en nuestra ciudad, estoy empezando a conocerle. Llevándole aquí y allá y traduciendo menús y contestando a sus detallados cuestionarios culturales y personales (Forster se interesa por todo y todo lo pregunta, como bien saben sus compañeros catalanes de grupo) me he dado cuenta de que su sonrisa es valiosa. Forster sonríe poco, como si conociese el valor auténtico de hacerlo y reservara sus mejores sonrisas para fiestas de guardar. Hoy está sonriendo. El recibimiento lo vale, y el amigo juega en casa. Todos aquí somos Forsteristas.

Forster pasa ahora entre nosotros, por detrás de la barra, vigilando para no sacudirnos dolorosos codazos en cejas y sienes y, de repente, ensombrecidos por sus casi dos metros de altura, todos los barristas y heliogabalistas somos Hobbits y él nuestro Gandalf bondadoso y salvador, avanzando con el hatillo lleno de asombrosa pirotecnia. Forster enchufa su guitarra semiacústica e inaugura el concierto, y la atmósfera vuelve a ser Noche de Reyes o Día de Armisticio, Merry Christmas, War is Over. Entonces va tocando, y tocando, y tocando, y cada resorte que activa nos afecta de una manera determinada.

– En esta voy a bailar un poco –nos dice, con su vozarrón altiplánico y antipódico, como si nada- Así que primero me voy a atar el cordón del zapato.

Reímos. Se lo ata, cumpliendo su promesa, y luego arremete con la balsámica “Darlinghurst nights” y, cuando finaliza, tras realizar un par de correctos meneos de pelvis, la emoción desatada es un chaparrón estival, y estamos todos calados hasta los huesos de sentimiento no-cursi; esa es la buena verdad.

– Creo que esta noche tendríamos que sacarle a hombros -le digo a mi amigo- Como hacen en Sant Feliu con los grupos de hardcore. A lo torero, vuelta en la calle, y luego pa’dentro otra vez.

– Fijo –me contesta él, agazapado tras sus sólidas gafas.

En ausencia de una banda de refuerzo, silbamos y da-da-da-deamos todo lo da-da-da-deable. Se impone hacer el máximo barullo percusivo y coral. “Dive for a memory” nos convierte en un coro polifónico de donostiarras beodos. “Spring rain” transforma la barra en el Gol Sur, instante after-golazo, con meneos de hombros y ondeantes olas humanas. ¿Dije olas? “Surfing magazines” (quizás mi canción predilecta de The Go-Betweens, y eso es mucho decir) reclama de nuevo nuestro da-daaaaa. Nos agarramos los hombros los unos a los otros, como en una habanera cósmica, y satisfacemos plenamente las expectativas puestas en nosotros: Da-daaaaa-da-daaa. Surfing magazines. Historias del pasado, anhelo adolescente: todas las cosas que tocan mi fibra y suavizan mis algodones, mi potaje molecular.

Aparece Karen, su mujer, tras la barra, preparándose para salir al escenario y acompañar a su marido al violín. Karen mide también 1,90m, como mínimo. Desde el campamento base la miramos, allá arriba, con todas las constelaciones y planetas lejanos que lleva por bufanda, y yo pienso: ¿Cómo debe verse todo, desde la cima? En Sant Boi, por causas relacionadas con carencias nutricionales, masturbación furibunda y polución ambiental, casi nadie pasa de 1,70 m. Es increíble, ver a alguien tan alto. ¿Serán ellos el siguiente paso evolutivo, quizás? ¿Gente altísima, talentosa y amable, que compone canciones como “Surfing magazines” y arrulla violines desde las antípodas? ¿Por qué no nos invadieron ellos, maldita sea, en lugar de los españoles o los gabachos?

– Todo lo que necesitáis saber sobre mí está en esta canción –comenta Forster, radiante, lanzando un cegador Kame Hame Ha de pura primera persona lírica- Esto es mi En busca del tiempo perdido.

Y toca “Born into a family”. La historia de un niño extraño, raros sus intereses, insospechada su proclividad artística, en una familia de “trabajadores honestos”. Y luego “Part company”. Y algunos nos miramos dulcemente a lo Mary Poppins y le acompañamos cuando afirma aquello tan familiar de “That’s her handwriting / That’s the way she writes”.

Y entonces anuncia que va a tocar dos canciones nuevas, y ambas suenan a una mezcla de Gainsbourg-Birkin (Karen va haciendo pa-pa-pas, y tiene una buena retirada a la Doña Gainsbourg original) con algo brasileño y tropical y tumbao que asoma por la retaguardia. Los dos músicos tienen la cabeza entre las nubes. Un metafórico cóndor pasa cerca de la nariz de Forster. La ralea pigmea (nosotros) aplaude, entusiasmada, en cada acorde y verbo.

Un momento chocante: Forster dedica la canción a un fan barcelonés ausente, y de repente una chica en la primera fila se muestra incapaz de contener el llanto. Hay una historia allí, una historia que me encantaría conocer, pero por desgracia no puedo distraerme ni un minuto para acercarme a chafardearla (lo cual sería mi inclinación natural). Déjalo correr. El final está cerca; lo noto en el estómago, como si fuese la mejor disfagia que uno puede sufrir. Karen desaparece, Forster lo mismo. El segundo reaparece al cabo de un instante entre ensordecedoras demandas de bises. Suenan “The house that Jack Kerouac built” y “Spirit”. La primera es una de las pocas canciones de Go-Betweens que nunca me ha dicho demasiado, pero la segunda sí canta cosas que no necesitaré esforzarme para recordar. Frases con eco y orientación variable, que pueden querer decir varias cosas para gente distinta; en el buen sentido de la expresión, en el nivel que puede alcanzar el pop cuando es redondo y perfecto y universal, un regalo para que lo usemos como mejor nos convenga: “No doy problemas / No doy ni la mitad de problemas que daba cuando era el doble de otro”. Y “Eres algo más grande / que el conjunto de todas las cosas que eres”. Caramba. La canción había comenzado con: “Tengo entradas / Para el mejor show de la ciudad”. Es sensacional (¿no es sensacional?) cuando todas las cosas encajan así. Yo las tenía, esas mejores entradas, y ahora solo me queda salir de aquí.

No va a ser fácil, pero por otra parte tampoco tengo excesiva prisa.

 

Barcelonés está editado por
Until We Change It.

Contactar para oportunidades de
Publicidad.

Política Editorial