Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos) #3: Mark Kozelek

jueves, 24 octubre, 2013

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Siempre he tenido problemas con los conciertos “tranquilos”. Al igual que le sucede a mi hijo de tres años, me resulta complicado mantener la boca cerrada. La opresión me restriñe los circuitos expresivos. El silencio obligatorio y la atmosfera reverencial, por añadidura, me resultan hilarantes desde la EGB, y fantaseo invariablemente con tirarme pedos estruendosos en iglesias o recitales de poesía. Por ello contemplo con inquietud un cierto tipo de conciertos en Heliogàbal. Dicho establecimiento, tal vez lo sepan, es uno de mis lugares favoritos del mundo entero. Es casa, y me paseo por él como si así lo fuera, siempre a punto de quitarme los zapatos y servirme yo mismo de las neveras. Por norma general termino conteniéndome -pues aunque no nací en ella sí he aprendido a desenvolverme en la civilización- pero algo de esa hogareña familiaridad permanece. Y por eso crece en mí el desasosiego según se acerca el show de Mark Kozelek, de Red House Painters y Sun Kil Moon.

Veamos. Me han hecho callar antes en algún concierto de música íntima, y no es un plato del que me apetezca repetir. Esa sensación se magnífica por ciento cuando me chistan en Heliogàbal. La última vez fue en un concierto de White Magic en el 2010, donde (se masca la tragedia) acudí después de haber pasado una excelente jornada de alldayer por los tugurios de la Barceloneta. Nefasta idea, lo sé, acudir pedo y locuaz a un show basado en la quietud etérea. Lamento haberlo hecho, y quizás la miserable que me chistó en la oreja tenía algo de razón; jamás lo sabremos, porque no recuerdo ni jota del show (aparte de que me aburrí como una ostra, y encima me humillaron de forma espantosa) y menos aún la identidad de aquella malhumorada tipa con gafas de dimensiones asombrosas y mueca de tortura hemorroidal. Pero algo sí sé: sé que la gente exagera un poco. Sé que esto no es Roland Garros. Nuestra cultura es el rock’n’roll. No hace falta estar tan callado. Me pregunto si la gente guardaba este silencio catedralicio con Fred Neil o Phil Ochs, todos los grandes cantautores de café de los sixties, o si simplemente los intérpretes tenían la piel más dura y, enfrentados a una conversación espontánea en la sala, simplemente gritaban más.

En cualquier caso, da lo mismo. Déjenme tranquilizarles: al concierto de Mark Kozelek voy sobrio como un numerario del Opus, y encima pacífico y sin agravios añejos en la joroba. Aunque de cara a la gente no pierdo mi cool glacial, estoy excitado al estilo noche-de-reyes, no me importa confesarlo: mi niño interior está dando botes y abriendo los regalos. Me gusta mucho Kozelek, todo lo que hace. Mis cuatro novelas, de hecho, se escribieron con su música de fondo. Esto puede parecer un detalle baladí, pero es una confesión de cierta relevancia: gracias a sus discos me ha sido más fácil desvelar asuntos engorrosos o extraer determinadas emociones. Hay música que afecta de una forma determinada; como una llave, o un símbolo atávico, abre las compuertas de sentimientos ahogados por el tiempo, la culpa o el mero intento de salvaguardar la propia cordura. Los discos de Mark Kozelek, en cualquiera de sus encarnaciones, me hablan directamente, y no quiero ponerme más melodramático de lo estrictamente necesario. Pero es justo así. Me hablan y me hacen pensar en cosas muy determinadas de mi vida, de lo que me ha sucedido, de los amigos antiguos y las cosas que vimos, de mi familia y la gente que desapareció, de los perdidos y de los inamovibles, de ser hijo y padre, de la sangre y los lazos que nos unen, la distancia y la cercanía.

Kozelek, como voy a comprobar esta noche, está evolucionando hacia un estadio cada vez más narrativo. Si antes ya salpicaba sus canciones con vivencias y nombres propios (detalles que siempre me emociona hallar en el pop), ese efecto se ha convertido en hegemónico; ahora sus canciones son historias, capítulos de su vida. Aborrezco las comparaciones entre literatura y pop, pero escucharle es como leer fragmentos de su autobiografía, manifestada con sobriedad, sin histrionismos pero a la vez sin abandonar el tono confesional. Sus canciones son, más que nunca, “esto era así”. Así fue. Sucedió de este modo. Mi amigo era aquel. Echo de menos a mi abuela. A mi madre. Recuerdo aquella tarde de 1988. La recordaré siempre.

Por supuesto, no puedo esperar a ver algo así en directo: la confesionalidad comedida es una de mis disciplinas predilectas. Hombres magullados abriendo su caja torácica, apartando las corazas, mostrando las vísceras. Gente dañada que tira p’alante, desdramatizando, contándolo en voz alta, invocando y luego largando a sus demonios, fugiu fugiu maleïts monstres, que decían en Bola De Drac.


Así: Mark Kozelek. Heliogàbal. Rodeado de gente amable. Tras la barra, el jefe del club: Albert. En mi mano, dos segundos después de haber entrado y colocado mis codos en “la esquina del perro viejo” (como la ha llamado Manel Peña, otro asiduo del lugar, cuando me ha visto tomar posiciones), una cerveza, que ha volado de Albert a mí como el martillo Mjolmnir de Thor, a velocidad fulgurante. Nada podría salir mal, esta noche. Excepto, tal vez, que el intérprete estuviese de un humor fétido y empezara a insultar a la gente y llamar feo a uno y retrasada a otra y quejarse de su edad, audiencia y edad de su audiencia y su posición en la industria indie actual, y después soltar chistes terribles que no hacen gracia y pedir peticiones al público pero luego quejarse de que no eran las adecuadas y quejarse también de que nadie entiende sus chistes o su sentido del humor y… Dios del cielo, un momento, ¿y si sucediese algo así?

Como pueden imaginar, eso es exactamente lo que tiene lugar esa noche.

Con algunos añadidos que ahora mismo les voy a contar.

Las dos primeras canciones, que voy a escuchar aquí por primera vez, son narrativas, sentimentales y cotidianas: hablan de él y las cosas que le han sucedido. “Katowice or Cologne” se parece a mi querida “Tonight in Bilbao”: es un diario de gira, de lo que piensa y echa de menos en ellas. “When I get home I’m going to sleep till the cows get home” y “I don’t even drink/ I need no blow / To get through an hour show / In Katowice or Cologne” son las frases que recuerdo mejor. “Livingstone Ramble” es un comentario cómico y exquisito sobre sus atributos como guitarrista: “I can play like Fripp or Johnny Marr / And I can play circles’ round Jay Farrar”. La gente no se ríe, aunque es obviamente autoparódica.

– Yo no entiendo –le susurro a Manel Peña desde El Rincón del Perro Viejo- qué gracia le pueden encontrar a Mark Kozelek si no entienden lo que dice. Es casi lo más importante, porque lo otro son dos notas circulares. O sea, se están perdiendo el 80% de lo que hace el artista.

Es una frase repugnante de rockero enterao, y me daría puto asco si la hubiese escuchado de otro, pero mira por donde la acabo de pronunciar yo, y así se lo cuento a todos ustedes. No estoy aquí para esconderles nada. Mis manos están limpias.

– Sí, es como hip hop- me contesta Manel.

– ¿Como ‘ice? –le digo, poniendo mi oreja en soplillo con el índice izquierdo y acercándola a su boca. No porque haya demasiado ruido ambiental, ni mucho menos. Esto recuerda a la misa por Lady Di. No, lo he hecho porque he imaginado que ha dicho “hip hop”.

– Que es como hip hop- repite- Que es storytelling.

Y tiene razón. Lo es.

El estribillo de “Livingstone Ramble” repite ahora “I hate Nels Cline”. Nadie ríe, tampoco, y allí brota el primer agravio kozelekiano.

– Se suponía que esto tenía que haceros gracia- escupe, cuando termina la canción- No odio de verdad a Nels Cline. Los españoles no tenéis sentido del humor.

Todos miramos al suelo. Se instala en la sala un silencio embarazoso, aunque no total. En nuestro sector se oyen un par de carcajadas amordazadas: las nuestras. Qué coño: a este tío le falta un hervor, es obvio, pero también es un compositor de canciones magníficas, así que, por mí, como si saca una motosierra y empieza a decapitar primeras filas. Mecagüen diez, el pop siempre ha estado lleno de amargados biliosos que, guitarra en mano, insultaban a su audiencia (me digo, bien agazapado en el seguro Rincón del Perro Viejo, a salvo de sus demenciales invectivas). Las buenas noticias son que Kozelek, cuando canta y toca, sigue siendo extraordinario. Las malas noticias son que Kozelek, cuando deja de cantar y tocar, se transforma en un Mr. Hyde agraviado y faltoso, una especie de Terry Malloy de La ley del silencio, con mentalidad similar (“¡Podría haber tenido clase! ¡Podría haber sido alguien!”).

Kozelek pide ahora si alguien quiere escuchar una canción antigua. Temblando, un pobre infeliz balbucea un título del año de la catapún.

– ¡No canciones de cuando tenía veintiún años!- le espeta, casi a voces, el músico.

Otro silencio aterrador desciende sobre el Heliogàbal como un manto de infortunio. ¿Dónde está la gente que chista y hace callar cuando más se la necesita? (en este caso, para amordazar al músico). Kozelek agarra la guitarra y procede a tocar lo que le sale del pito, ignorando esa y el resto de futuras peticiones. No recuerdo cuál toca, porque en aquel momento una premonición de pitorreo empieza a contagiar al sector Perros Viejos.

– Vosotros dos, vais vestidos igual y me estáis distrayendo- les ladra, imposiblemente, a dos fans incautos que están al lado derecho del escenario, y que jamás se habrían esperado algo así- ¡DEJAD DE HABLAR!

De acuerdo. Él lo ha querido. La mofa nos vence, ahora, y nadie puede detenerla. Todos empezamos a imaginarnos pidiendo la bebida de preparación más ensordecedora que pueda confeccionar el barman (quien, por cierto, se encuentra manipulando los hielos como si se tratara de algún tipo de explosivo plástico, no fuera a enfadarse el artista).

– Yo quiero un mojito- dice el Manel- Con hielo machacado.

– A mí me haría un combinado, pero de coctelera –y hago el meneíto de sacudir el frasco con ambas manos.

Kozelek sigue tocando y faltando (nos). La gota que colma el vaso: pide que desconecten el aire acondicionado, porque le “desconcentra”. Empezamos a sudar y a cagarnos en su condenada estampa.

– Hace algo así en Sant Boi y no sale vivo del bar –le digo a Lluís Huedo, de Gent Normal, que acaba de situarse a mi vera. Estaba aquí para filmar, pero no va a filmar; tiene demasiado miedo. Maldita sea: terror, calor sofocante, órdenes a voces… Esto parece Tenko.

– Quizás dé la impresión de que estoy de mal humor, pero no lo estoy, de veras –nos dice, percibiendo una creciente hostilidad linchatoria en la sala- Llevo haciendo esto veintiséis años, y en cierto modo me gustaría tener una audiencia mayor, pero también me alegra seguir en el negocio –echa un vistazo a la primera fila, y algo parece volver a importunarle- Joder, aún me acuerdo que en los noventa siempre había una fila de quince chicas ante mí, y ahora mira esto –se pone a señalar- el tío nerd de aquí, la tía buena, el otro de allí lleno de tatuajes, que parece un miembro de los Cro-Mags…

– Quizás habría que darle una paliza, ahora en serio –digo yo, con media boca ladeada, a mis contertulios- Pero sin tocarle las manos.

Bien. Ha llegado el momento de poner en práctica un viejo mecanismo de fan: la disociación artista-obra. Kurt Vonnegut decía siempre que los libros que le gustaban eran aquellos que le hacían venir ganas de tomar algo con el autor. He aprendido a diferir del maestro. En ocasiones es más bien como aquella canción de los Miracles: No me gustas, pero te quiero. Las apreciaciones sobre si Kozelek me cae o no sensacional son ya irrelevantes. No estoy aquí para invitarle a una cena íntima, juntos los dos, y deslizar el anillo de compromiso en su copa de champán. No es mi novia; más bien una profesional del sexo, si me permiten el atroz símil. Estoy aquí para usar sus composiciones, y luego marcharme a mi casa tan campante, y eso es exactamente lo que voy a hacer a partir. De. AHORA.

Mucho mejor. Ya dejé de escuchar los disparates que Kozelek supura entre dientes, entre canciones. Casi ni oí lo de “la línea entre una audiencia de retrasados mentales y una de españoles es muy fina”. Lo dijo, pueden creerme, pero me dio lo mismo. Estoy demasiado concentrado en sus otras palabras. Algunas de ellas son de lo mejor de su repertorio. “Michelene” y “I Can’t Live Without My Mother’s Love” formarán parte de su próximo álbum con Sun Kil Moon (Benji, previsto para febrero del 2014). Hablan de su madre, de su amigo Brad, de cómo jugaban al billar de adolescentes, de cómo algo de él se quedó en Ohio para siempre… Siempre hay algo en Kozelek que parece poner un espejo delante de mis narices; su forma de componer (me) invita a la arqueología emocional, y sin darme cuenta me sorprendo rememorando lugares, momentos, personas. Algunas de sus canciones, ¿cómo decirlo? Me explican, como a veces sucede con la mejor música pop. Verbalizan con palabras sencillas lo que estaba en proceso de verbalizar: mi melancolía, el peso del lugar de donde vengo (él es de Ohio; yo de Sant Boi; culos de mundo ambos), la carga de los recuerdos, la culpa y la rabia, la incapacidad de soltar lastre. En un momento concreto de “Michelene” pienso en el diente que acaba de perder mi hijo, y es un instante muy íntimo, de veras; un momento de gracia, por cortesía del artista. “Elaine”, de Among the leaves (2012), me hace reencontrar a los amigos perdidos, y también a los muertos. “Tavoris Cloud”, de Mark Kozelek & Desertshore (Caldo Verde, 2013), dice algo así como: “At the age of 46 / I’m still one fucked up little kid / Who cannot figure anything out / Who gets upset and starts to pout.”. Es un momento patético, en el buen sentido de la palabra: conmovedor. Es el diagnóstico definitivo. He aquí un gran niño dañado y melancólico, con cierta negrura interior, con tiros pegados y recibidos, que ha aprendido a verbalizar su patología y transformarla en música de hermosura capital. En unos días alguien me contará que Kozelek hizo exactamente los mismos chistes ofensivos en Madrid, como si formasen parte de un guión preestablecido. Sé lo que es eso, lo he visto antes: mecanismos de defensa. Corazas duras, intestinos blandos, de nuevo. Es un tic automático, como el del hueso de la música. Después de haber abierto tus costillas para que cien perfectos extraños investiguen en tus miserias, el instinto de conservación aconseja erigir escudos de protección. Cuando Kozelek termina me marcho a casa liviano, sin casi tocar el suelo, como un hovercraft. Mis pesados baúles de repente se antojan perfectamente transportables. Curación por la canción, una vez más. Alguien tiene que inmolarse por nosotros, sacrificarse por estas cosas; es lo que siempre digo.

 

“Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos)” es una sección regular de Barcelonés en la que Kiko Amat comentará un concierto al mes. Siendo el visionado de conciertos pop una de las actividades que el escritor más ha practicado en toda su vida, solo o acompañado, se trata aquí de analizar los contextos, los consumibles, los lugares, la fauna y las canciones que forman parte de este particular pasatiempo. Aquí podrás ver todos los artículos de esta sección. 

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