Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos) #2: Vàlius + Vic Godard y Mates Mates

jueves, 19 septiembre, 2013

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Lo primero que debería apuntar es que este concierto lo vi borracho. Un poco. No es tan grave, pues ser consumidor de música pop en directo no es como ser tirador de élite o piloto de aviones comerciales; no se requieren visión diáfana, pulso férreo y equilibrio sublime. Aún diría más: para algunos estilos y géneros, es recomendable ir mamado como una mona. Pero no quisiera ahora entrar en ese tipo de excusas de dipsómano. Solo creí oportuno avisar, por si algún listillo memorión viene a afearme las incongruencias del texto. Miren: a ratos veía tan doble que Vàlius (un dúo) me parecían el Wu-Tang Clan. O una chirigota de Cádiz. Así que relájense y consideren esta crónica un pequeño milagro. Otra gente hubiese salido de allí en ambulancia, y ustedes estarían mirando una pantalla en blanco.

Allá voy: son las fiestas de Gràcia, a las que no me presentaba desde que aún lucía bozo pubescente en el labio superior y circulaba otro tipo de moneda oficial. Los noventa. Por supuesto, no conozco a nadie. La época en que tenía que detenerme en cada esquina a hablar con algún tío formidable (o un perfecto imbécil) se ha desvanecido entre la tupida bruma de los siglos. Ahora estoy solo, de nuevo. Soy el Rip Van Winkle de por aquí. Las fiestas parecen vagamente vacías -no las recordaba tan tranquilas, en absoluto- pero incluso así una violenta sucesión de voluntariosos lateros sale a mi encuentro a lo largo del periplo Travessera-Pça. Rovira (300 metros, a lo sumo). Me topo con ellos uno a uno, como si fuesen asesinos de El caso Bourne. Sus ofertas resultan ser económicamente irrechazables, qué puedo decirles, y todo ello explica mi estado una hora después, cuando ya desembarco en el Festigàbal hecho unos malditos zorros; aunque eso sí: dispuesto a ver a Vàlius y Vic Godard & Mates Mates. Antes, sin embargo, me hago una foto en un plafón cómico con hueco para incrustar la jeta. ¡Es Patricio, de Bob Esponja! ¡Soy Patricio! Por alguna razón, destrozarles la vida a mis hijos mediante una fotografía donde aparece la cara desencajada y sudorosa de su padre con el cuerpo de su personaje de animación favorito me parece la mejor idea que nadie ha tenido jamás.

No importa. Llego al concierto y me sitúo a la derecha del escenario, donde están el resto de entusiastas, capitaneados por el Entusiasta Mayor, Quique Ramos, fanzinero y activista ultrasónico. Él y el resto de su piara indecente llevan cosa de un año dándome la paliza con Vàlius: que si son el grupo más excitante de Barcelona, que si son como los Feelies (temerarias palabras), que si esto y lo otro, que los escuches te digo. Yo a Quique le contesto siempre: no sé, no sé, tío. Todas estas cosas nuevas… (lo hago solo para chinchar; en realidad no tengo ningún problema con las cosas nuevas). Vàlius son dos fulanos: Gerard (guitarra y voz) y Pol (batería y voz). Oyen bien: dos voces, sin bajo, y una de ellas es el batería, como en Hüsker Dü (¡bieeeeen!) o Queen (¡przzzz!). Vàlius gritan que no veas, rasgan y rompen, desafinan magníficamente y se lo pasan pipa, salta a la vista. Sus canciones son cortas, más Fante que Mann (¡bien otra vez!), con estribillos repetitivos, desgañitados hasta el descosido, y el trupa-trupa-runga-ranga al galope feroz. Cantan sobre imperios, campos, amistad y, ejem, gritos. Recuerdan vagamente a The Feelies, es cierto, por el empuje trotón y la armonía circular velvetiana, también a Half Japanese por la impericia apasionada y el alarido con gallos, y tanto el espacio que dejan como el desprecio a la solemnidad virtuosa me hacen pensar en setecientos grupos que me gustan. Y sin embargo, mientras entrecierro los ojos para ajustarles bien en mi retina, algo no encaja. Un momento: es el guitarra. ¿Qué rayos le sucede al guitarra?

– Ese tío tiene una pinta de profe que te cagas, ¿verdad? –le farfullo a una persona situada a mi lado que quizás conozca, pero probablemente no.

– Es profe –me contesta, ignorando con tacto mi alarmante beodez.

– ¿Perdón?

– Es profesor de verdad. En el Orlandai.

– ¿Or-zo-wei? –le digo. Medio cantando, pues no tengo ni idea de qué hostias ha dicho.

– Orlandai –contesta- Es un colegio de Sarrià.

– ¿Sarrià? –aparentemente voy a estar repitiendo todo lo que me diga, solo que en formato pregunta, hasta la eternidad.

Mi vecino se aleja, hastiado, hacia el extremo opuesto de la plaza. Bah. Así que el guitarra es profe. Vuelvo a echarle un vistazo: gafas de inquietante redondez, peinado modélico, pantalones a medio pecho y alpargata catalana. Espadrilles, no las de esbart dansaire, pero incluso así. Un profesor, un profesor como los que me catearon de forma impenitente, ciegos a mi talento nato, en BUP, y que ahora se encuentra ante mis atónitos ojos aporreando vivificante rocanrol moderno. ¿Dónde fueron a parar todos los yonkis autodestructivos, eh? ¿Dónde están todos aquellos individuos desechables y escorbúticos con un pie en la tumba? He ahí una tónica que deberíamos detener antes de que sea demasiado tarde: la clase docente empuñando guitarras. Yo encabezaré la manifestación, si lo desean.

Es broma. Más vale profe que rockero pesao, o eso dicen mis pocos amigos. Vàlius ignoran todo lo que está sucediendo en el interior de mi cabeza y proceden a desarrollar su atractivo repertorio. “Imperi” y “Camps” son las que menos me gustan, pero debo ser el único imbécil que piensa así (luego descubriré que mi hermano piensa exactamente lo mismo), porque toda la plaza las berrea. Especialmente el irreductible sector entusiasta, armando un jaleo de tres pares de cojones. Hay otras, como “Oroley” o “Professor”, que suenan un poco a primer punk descoyuntado y espartano, estilo Johnny Moped o Patrick Fitzgerald. Pero a mí las que me pirran de veras son “Crits”, “Malament” (de su segundo EP), “Dir”, “Moment” y, muy especialmente, “Mai” –de su primer álbum, Escola– que me emociona. Las cinco me recuerdan a The Clean y The Bats, y también a grupos del lado melódico del anarco-punk-pop como Lack of Knowledge y Zounds (en optimista). Yo, a alguien que compone una canción como “Mai” le perdonaría ser kapo de un campo de exterminio polaco, vamos. Más aún: le perdonaría incluso que fuese profesor de primaria. Hay una melancolía frágil agazapada detrás del galope loco, si sabe uno dónde mirar; una penita, una culpa extraña. Un anhelo, tal vez, tema clásico de la música pop (I Wanna / I Wish) y capital en “Moment”: “si poguessim ser els d’ahir / ni tan sols per una estona”. No todo el mundo puede escribir algo tan sencillo, puro y cargado de sentimiento y emoción como esto. Cuando alguien puede, vale la pena verlo. En el naufragio de mi sobriedad, celebro poder estar escuchando “Mai”. Una lágrima furtiva se asoma a mi ojo derecho. ¿Me estaré emocionando? Es posible, aunque lo más probable es que haya alcanzado un estadio de irreversible embriaguez. Los lateros siguen pasando, indistinguibles entre ellos, como estaciones, como veranos con niños, y yo cojo de cada uno de ellos, convertido en enloquecido recolector de manzanas: verdes, rojas, me da igual (amarillas no).

Vàlius se despiden, pero antes hacen dos cosas, una que me chifla (invitar a subir a sus amigos a cantar) y una que me asusta (versionar a Raimón). Aún estremecido por el pasmo raimonesco, distingo como se aproxima la Armada Entusiasta: ha sido el mejor concierto de la historia, no se veía algo así desde tal y cual… Me palmean la espalda, casi haciéndome perder el equilibrio, y me encantaría contestarles que sí, que me ha encantado, sumirme a su marejada evangelista de efusión y gozo, pero estoy más allá de las palabras. Les veo alejarse, yo con el párpado izquierdo a medio abrir como una persiana defectuosa. Resoplo. De repente, un ruido hace que me vuelva.

Es Vic Godard con los Mates Mates, sobre el escenario. ¡Hola! Él también lleva pinta de profesor (¿Será una pandemia?), gafas en la punta de la nariz y camisa-toldo gigantesca de color amarillo. Soy apreciador de Vic Godard desde hace décadas (de acuerdo: es mi héroe) y he escrito sobre él en todos los lugares posibles, así que me disculparán si no me extiendo aquí. Digamos simplemente que su visión, actitud y espíritu cambiante son lo mejor que emergió del punk rock. El gran legado, una inspiración incalculable. El grupo que le acompaña hoy son los Mates Mates, de la nueva generación de grupos pop vigatans. En realidad, “acompañar” no parece ser el verbo buscado. El asunto ha sido concebido (o esa es la impresión que transmite la banda) como una colaboración entre iguales, lo que es –me digo- algo aventurado. A Godard no le presentan hasta la cuarta o quinta canción, y cuando el cantante de Mates Mates lo hace, dice simplemente “aquest senyor”, lo que refuerza la chocante impresión de que es un transeúnte que subió a la tarima de forma espontánea. Eso, unido a los particulares bailes de muñeca luxada de nuestro Vic, provoca entre los fans del gran hombre una vaga aunque palpable inquietud. Se escuchan preguntas de ¿Quién es ese tío? a mi alrededor, desde el sector civil-filisteo. Me ruborizo, sin poder evitarlo, y trato de suprimir un ataque de mal humor temulento.

El setlist del concierto es, como sospechábamos, una mezcla de canciones del grupo y canciones del invitado. Ningún problema con eso: encajan de perillas. Comienzan con “Les parts del cos”, excelentísimo corte de su reciente single compartido, que Vic Godard se esfuerza en cantar en algo parecido al catalán, y prosiguen con cuatro buenos temas de Mates Mates (“El Pinsà”, “Cotxe groc”, “Residència nuclear” y “Viu la mort”; tres de las cuales pertenecen a su elepé). Godard toca la guitarra y parece pasarlo bien. Las canciones, en concreto “El Pinsà”, recuerdan poderosamente al trabajo de Godard (etapa What’s the matter boy, si puedo hacer el empollón). Me está gustando de forma enorme lo que oigo, pero me gustaría muchísimo más si el trombón –mi instrumento favorito en Mates Mates- no estuviese allí con propósitos meramente decorativos. Quiero decir que no se escucha, leches. El vórtice emocional del show llega entonces, cuando tocan “Split up the money”, “Vertical integration” y “Stop that girl”, las tres del señor inglés. Cierro los ojos y le pido a Dios que toquen más favoritas, como cuando de niño suplicaba al Hacedor para que echaran más Looney Tunes por televisión, pero el cielo no me escucha: ni “Enclave”, ni “Holiday Hymn” ni “Keep our chains”, por desgracia. Mates Mates tampoco tocan mis favoritísimas de su disco Vida animal (Famèlic, 2012), como “Si has!” o “Quan tinc un tros de temps”. Tiene un aire a conspiración, todo esto, pero permanezco atento e impávido. Lo cual es mala suerte, porque entonces empieza “Blackpool”, la suerte de vodevil que Godard escribió con Irvine Welsh y los Bitter Springs en el 2010, y que es puro festejo music hall de clase obrera, perfecto para el bailoteo can-can agarrado a otros curdas, y entonces el grupo mete la pata, y hace el amago de continuar, pero Godard, de nuevo en modo docente, les conmina a detenerse y empezar de nuevo, esta vez usando los acordes correctos. Es un curioso momento de puro perfeccionismo y artesanía, demostrado en la dura práctica por un veterano intérprete y compositor de canciones. Un amigo mío que es muy pequeñito (y que, por tanto, se había situado a mi lado sin que le viera) suelta una terrible maldición de fan agraviado.

Va finalizando el concierto. Vic Godard y Mates Mates tocan “(Oh Alright) Go on then”, que es del mencionado single e imposiblemente divertida y pegadiza, y repiten “Les parts del cos” en una especie de insospechada coda que se ha materializado de la nada, no se sabe si por inspiración del momento o siguiendo las coordenadas de un temible plan maestro. La fiesta terminó. Me digo que debería ir a conversar con Vic Godard, pero a) Siempre me confunde con otra persona (el amigo pequeñito del que les hablaba, de hecho) y b) Estoy hecho una basura. ¡Lateros, lateros, alejaros de mí, huestes del infierno! Me dejo caer hacia el hogar, dirigido con paso firme por la mano de mi mujer. Por fortuna, hace bajada. Mi viejo amigo Uri Serena, que suda y brilla como si le hubiesen encerado, me cuenta por el camino unas anécdotas que he escuchado cien millones de veces. Cien millones, en serio.

– Y yo le contesté “I like burgers”–me dice, partiéndose de risa por enésima vez- ¡Burgers!

Le miro y sonrío. Hemos visto un par o tres de cosas, los dos.

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