No es una canción de amor

martes, 11 junio, 2013

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La nostalgia que para algunos deja tras de sí el festival Primavera Sound encuentra consuelo este año en una exposición coproducida por la organización del festival que puede verse en La Virreina Centre de la Imatge, en la que se exploran las relaciones entre la videocreación y la música pop y rock desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad.


El título remite a la canción de Public Image Ltd. (PiL), la banda británica que John Lydon (a.k.a. Johnny Rotten) formó en 1978 tras la separación de los Sex Pistols. ‘This is Not a Love Song’ fue escrita en 1983 como protesta ante la corrupción de los valores y la renuncia a los principios artísticos por parte de grupos musicales que se vendían a las demandas de la industria; irónicamente, el tema se convirtió en el mayor éxito comercial de la historia de PiL. Esta paradoja ilustra uno de los conflictos subyacentes tanto en la historia del rock como en la del arte contemporáneo, y es uno de los temas que despuntan en la exposición.

La muestra se divide en dos partes: la primera de ellas, que ocupa la mayor parte del recorrido, pretende señalar el carácter incestuoso de la(s) historia(s) del vídeo musical y el videoarte, destacando la influencia mutua entre ambos. El discurso está estructurado en capítulos que abordan los cruces de caminos entre música y arte, centrándose en las prácticas experimentales y transformadoras, y reivindicando el potencial de la música y el arte como instrumentos de emancipación personal, social y política.

Patti Smith en un fotograma de Rock My Religion (1982-84), de Dan Graham

Es una buena ocasión para ver filmes como el documental/video-ensayo ‘Rock My Religion’, producido por el artista estadounidense Dan Graham en colaboración con el Moderna Museet de Estocolmo entre 1982 y 1984, en el que explora los mecanismos estéticos e ideológicos de la música rock y los relaciona con la evolución de la secta religiosa de los Shakers, trazando conexiones entre las actitudes mesiánicas en ambos entornos.

Hay también obras históricas del arte conceptual, como la grabación de John Baldessari en la que canta las 35 ‘Sentences on Conceptual Art’ que Sol LeWitt enunció en 1969, adaptándolas al ritmo de melodías populares con el propósito –en palabras del propio Baldessari– de ayudarlas a escapar de su escondite en los catálogos de exposiciones para que llegaran a un público más amplio.


John Baldessari, fragmento de ‘Baldessari Sings LeWitt’ (1972)

Además de los nombres consagrados, la exposición también presenta trabajos actuales, como el del artista iraquí establecido en Finlandia Adel Abidin: ‘Three Love Songs’ es una instalación compuesta de tres vídeos musicales sincronizados, en los que tres mujeres, caracterizadas como estereotipos de cantantes occidentales, interpretan en dialecto iraquí tres temas que en apariencia son baladas de amor. Los subtítulos revelan que las letras proceden de canciones difundidas por el régimen de Saddam Hussein, compuestas para ensalzar la figura del dictador y la cruzada contra Estados Unidos.




Adel Abidin, fragmentos de “Three Love Songs” (2010)

La segunda parte de la muestra, ubicada en la sala de documentación, es un compendio de obras audiovisuales procedentes de dos circuitos en principio diferenciados, esto es, la industria del videoclip y la esfera de las artes visuales. Los vídeos se presentan en un formato que se asemeja al de la MTV, con una serie de monitores de televisión que reproducen en loop varias listas de reproducción agrupadas cronológica o temáticamente –una de las series reúne un conjunto de videoclips realizados por artistas plásticos. Si bien esto funciona para los videoclips, que se muestran en su formato habitual, algunas de las videocreaciones pierden su fuerza al ser mostradas en modo ‘40 principales’. Es una reducción de sentido, por ejemplo, que obras como ‘Los encargados’ (2012) de Jorge Galindo y Santiago Sierra, se expongan de manera residual y que, como las sentencias de Sol LeWitt que rescataba Baldessari, corran el riesgo de ser pasadas por alto al quedar disipadas entre la abrumadora cantidad de material audiovisual.


Jorge Galindo y Santiago Sierra, ‘Los encargados’ (2012)

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