Murakami y… ¿la velocidad?

miércoles, 19 septiembre, 2012

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Uno de los efectos de la ketamina es que estás en una discoteca, miras alrededor, y ves que todo el mundo primero está muy lejos y de repente está muy cerca. Y se aleja otra vez. Y vuelve a acercarse. Es algo parecido a lo que se conocía como el famoso ‘zoom Valerio Lazarov’. Explícanoslo, Valerio.

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O sea, no vayan a creerse al leer ‘Baila, baila, baila’ que Murakami se ha inventado nada, simplemente, lo que hace es aplicar el ‘zoom Valerio Lazarov’ como técnica narrativa. Y consigue un efecto bastante chulo, que no es poco, ¿eh? Miren un ejemplo sacado del libro:

«Comparada con la azarosa vida de Jack London, mi vida era apacible como la de una ardilla que, encaramada en lo alto de un nogal, hiberna con una nuez por almohada».

¿Lo ven? Jack London: aventuras en alta mar, tempestades…; y una ardilla plácidamente dormida en un nogal, tierra adentro, ni un soplo de viento, si acaso una agradable brisilla…. Todo en el mismo párrafo. Jack London, lejos de Murakami; la ardilla, cerca, muy cerca. Pues así todo el rato, el libro: cerca-lejos, Oriente-Occidente y vuelta a empezar.

Tampoco se crean que yo he descubierto nada: todo el libro está lleno de pistas de la influencia lazaroviana. Para empezar, este libro está escrito en 1988, año en el que ya hacía tiempo que existía el ‘zoom Valerio Lazarov’. Es posible que Murakami conociera tan delirante técnica, de transmisión herziana (que rima con marciana), dado que Lazarov la empezó a desarrollar en la televisión italiana de la época (después Telecinco) y dado que Murakami estaba absolutamente alucinado por todo lo que sonara a occidental (el libro está lleno de Dunkin’ Donuts, McDonnald’s y chicas con camisetas de grupos de rock europeos). Así que a Lazarov también podía conocerlo para entonces, ¿por qué no?

Hay otra pista muy clara. Miren qué han puesto en la faja promocional del libro: «… una prosa que avanza con el vértigo de una montaña rusa».


Y ¿cómo acaba el vídeo que han visto hace un momento?… Bueno, ya, esto está un poco cogido por los pelos pero ahí está la cosa, creo yo. Porque, seamos sinceros: la prosa de Murakami no avanza con la velocidad de nada: se parece más a la ardilla dormida que a Jack London. Lo que pasa es que parece que sí por aquello de los zooms que les contaba.

Hay misterio, en el libro; hay un asesinato, hay una niña bastante intrigante, hay un actor de cine y hay -atención- el hombre carnero, personaje típico murakamiano, ahí, simbolizando toda la milenaria mitología japonesa, encerrada en un piso de hotel que a veces está y a veces no. Pero acción, acción; lo que se dice acción, pues tampoco es que haya demasiada.

Una cosa muy buena sí que tiene «Baila, baila, baila», y es que explica muy bien Murakami, su obra, quiero decir. Esta novela plasma su dualidad Japón/Occidente, su relación casi enfermiza (amor/odio) con el peso de la tradición nipona… Pero de ahí a venderlo como paradigma de la velocidad narrativa, como que no.

El zoom; el zoom sí que es velocidad.

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