Muchos matrimonios: Qué modernos somos todos (*)

lunes, 19 marzo, 2012

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Cubierta de "Muchos matrimonios"

David Foster Wallace hace unos retratos realmente fieles y estremecedores de la sociedad americana y, por ende, de la sociedad de todo el Occidente desarrollado. Son fieles, los retratos, porque sus obras son como un espejo. Son estremecedores porque el espejo que son no solo muestra fielmente la superficie de las cosas, va más allá: entra por las ventanas de las casas y nos pilla a todos en falso, con el pijama viejo y despeinados. La única manera de entender el Occidente actual es leer a David Foster Wallace porque el Occidente actual solo puede contenerlo un libro que lleve la palabra broma en el título (y que tenga mil páginas); si saliera por televisión no tendría el mismo efecto: nos pensaríamos que es ficción. Así que leer a David Foster Wallace es modernísimo: es ponerse esas gafas enormes sabiendo que son feas; es leer a Dios (*otra vez).
Ahora voy a meter aquí una cita para justificar tanto sarcástico asterisco:

«… había aprendido el concepto de los demás acerca de él. Era un concepto exclusivo de los estadounidenses, que siempre se repetía de modo indirecto en los periódicos, las revistas y los libros. Tras él había una insípida e insana filosofía de vida. ‘Todo funciona en conjunto para bien. Dios está en el cielo, todo va bien en el mundo. Todos los hombres son creados libres e iguales. Qué manera de machacar con un inmoral puñado de ruidosos dichos sin sentido los oídos de hombres y mujeres que intentan vivir su vida».

Es sacada de «Muchos matrimonios», de Sherwood Anderson. ¿Pero no estábamos hablando de Foster Wallace? Bueno, sí, pero es que Anderson escribía retratos realmente fieles y estremecedores de la sociedad americana, que serían, por ende, retratos de todo el Occidente desarrollado, si obviáramos, claro, que en su época todo el Occidente desarrollado que no era América, estaba a la greña por el asuntillo aquel de la primera Guerra Mundial. Porque, señores, Sherwood Anderson le llevaba un siglo de ventaja a David Foster Wallace. Como lo oyen: un siglo. Podría decirse que Foster Wallace vino cien años después de Anderson para inventar la tortilla de patatas: Anderson había pelado y cortado las patatas, cascado y batido los huevos, encendido el fuego y puesto a calentar el aceite en la sartén.

Un matrimonio: Sherwood Anderson y Elizabeth Prall, 1923

Así que, si les gusta Foster Wallace, lean «Muchos matrimonios», de Sherwood Anderson, que acaba de publicar la editorial Gallo Nero, que explica la historia de un señor a quien, en plena crisis de la cuarentena, le da por replantearse y acabar saltándose a la torera todos los valores, el sistema social, el económico, lo que aprendió de sus padres y lo que está enseñando a su hija adolescente. Les irá muy bien para desmitificar un poco las cosas, para ver que escritores tan valientes como Foster Wallace, Franzen y compañía (* yyy otra vez) no salieron de la nada. Y que una de las preguntas que debían de rondarle al chico de «La broma infinita» ante tanto revuelo causado por su obra bien podía ser: ¿Pero de verdad estoy diciendo algo nuevo?

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(*) Sheldon Cooper: «Was that Sarcasm?»

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