Morrissey, la adolescencia y los días que parecen domingos

jueves, 9 octubre, 2014

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Morrissey viene a Barcelona. Aunque iré a verle, en pleno año 2014 me es difícil imaginar la magnitud que tendrá para mí este acontecimiento: ¿Será un re-encuentro con un icono de la adolescencia o un embarazoso enfrentamiento con una persona que a ratos me dará vergüenza ajena? Es verdad, él acaba de sacar un muy buen disco que disfruto de escuchar aunque no llego a escucharle de la misma manera visceral con que escuchaba los The Smiths en mi adolescencia tardía. Seguramente ahora mismo Morrissey me provoca más respeto que desde hace unos años cuando algunos de sus comentarios me habían sacado de quicio. En los últimos años volví a re-encontrarme con esa gran y polémica figura de la música a quien he adorado y también llamado “gilipollas”. Así es Morrisey: te provoca amor  u odio y a veces ambas cosas. Pero no te puede dejar indiferente.

“Everyday is like Sunday” fue la canción de mi otoño de 1997, justo el otoño tras acabar el instituto, el otoño que pasé en limbo antes de empezar las clases de  universidad el febrero de  1998. Tras de mi personal summer of love apoteósico de fiestas, risas, vacaciones (¡sin padres!) en varias islas, libertad absoluta, amigos nuevos excitantes, mi primera aventura homosexual (¡con el primo de mi mejor amiga!), toneladas de marihuana, litros de alcohol y poquísimas horas de sueño diario (¡quien necesita dormir cuando la vida está llena de novedades y diversión!), llegó, inevitablemente, el bajón, la vuelta a la realidad. Para mí esto suponía vivir en un suburbio de costa, con sus calles desoladas tras las 9 de la noche, el silencio (aparte de los aullidos de los perros, los maullidos de los gatos y los gritos de una pobre vecina loca que noche tras noche se dejaba la vida gritando que la estaba violando Hitler), el aburrimiento, las mentes cerradas y las 3 ó 4 tiendas de ropa hortera, especialmente una de ellas, con prendas vaporosas y anchas para señoras que tienen un poco de sobrepeso pero quieren lucir elegancia y sofisticación.

Mi vida era la típica vida de un adolescente aburrido que busca el drama para superar su vacío. Vivía para aquel único día del fin de semana cuando cogería el autobús para subir al centro de la ciudad y perder los papeles en la discoteca indie de la época. Dinero no había para hacer mucho más que pasar toda la semana encerrado en mi dormitorio, fumar alguna peta con mis amigas del barrio, y el fin de semana comprar algún modelito de segunda mano (de los que horrorizaban a mi madre y hacían que la policía me pidiera los papeles pensando que era un inmigrante ilegal) en el rastro, hacer un botellón antes de ir al club (con el vino más barato) y luego allí tomar dos copas toda la noche. Y todo estaba tan lejos de donde vivía, me costaba hora y media para llegar al centro y luego la vuelta en taxi me costaba una pequeña fortuna. Encima, el Britpop, esta corriente musical que dos años atrás me me había hecho sentir por primera vez que pertenecía a algo, se estaba volviendo comercial, llena de manierismo, sin ningún frescor (si alguna vez lo tuvo). Me daba la sensación de haber llegado a la fiesta demasiado tarde, hasta en la discoteca indie empezaban a poner demasiados temas de Big Beat. ¿Y la guinda del pastel? Se murió la Princesa Diana. Añadamos aquí que mi primer amante se fue a estudiar a otra ciudad y de paso me dejó de hablar y entenderéis que mi corazón se hizo pedazos en aquel otoño de melancolía. Bonjour tristesse.

También fue aquel otoño en que me dejé engatusar por la obra de Morrissey en solitario. Hasta entonces había sido fan incondicional de The Smiths, ellos habían descrito en palabras todo aquel nudo sentimental que tenía desde los 15 años: los amores sin respuesta, la frustración, el aburrimiento, los callejones sin salida. Cierto, Varkiza, mi suburbio de costa, con sus pinos, sus pijos, sus chalets y sus cielos soleados poco tenía que ver con el gris y lluvioso Manchester, pero daba igual: la esencia de la angustia adolescente es mas o menos la misma en cualquier lugar del mundo occidental. Como buen purista, como solamente alguien con 17 años puede ser, renegaba de la carrera en solitario de Morrissey, declarando (sin haber escuchado casi nada, en realidad) que era de calidad infinitamente inferior que la de The Smiths. Pero el verano de 1997 conocí a una chica en una de las islas donde fui, con quien me entendí muy bien. Ella era mayor que yo, gran conocedora de todas las vertientes de la música indie y gran admiradora de Morrissey. No vivía en Atenas, así que pasamos el otoño intercambiando cartas sobre música y amores amargos. Ella me enviaba cintas con recopilaciones de música que yo devoraba. Ella me pegó la enfermedad de Morrisey. Porque ser fan de él sospecho que es un especie de enfermedad mental, de melancolía crónica, de cinismo y amargura permanente.

“Everyday is like Sunday” habla de una ciudad de costa. El protagonista tambalea por la playa y encuentra que le han robado la ropa desde el banco donde la había dejado. Desea que el Armagedon ocurriera allí y que borrara esta ciudad de la faz de la tierra porque allí cada día es como domingo, cada día es silencioso y gris. Allí el té es grasiento, polvo extraño cae desde el cielo y solo una bomba nuclear podría aliviar este malestar. Ahora todo esto me suena muy exagerado, muy tremendo, muy drama adolescente, pero entonces, cuando me iba a pasear por el puerto de pescadores vacío o por las playas abandonadas de los pocos nadadores que las frecuentaba (principalmente gente jubilada), solo, escuchando a Morrissey en mi walkman a todo trapo, deseaba fuertemente que una gigantesca explosión atómica arrollara mi pueblo y nos mandara a todos a la mierda. Porque allí en aquel momento de mi vida, cada día era como domingo, aburrido, frustrante, sin sentido, poblado de añoranzas y deseos sin cumplir. Ansiaba una vida excitante, llena aventuras y mucho, mucho amor (o sexo), una vida que no se limitara solamente a mis libros y mis discos. Y nada de esto podía ocurrir en el pobre pueblo de Varkiza. Esa era la la ciudad de costa que Morrissey cantaba con tanta desesperación. Esa era la ciudad de donde yo escribía postales a Lia, mi nueva amiga y mi mentora musical, tan lejos de mí, contándole, con letras temblorosas ¨¡Ojalá no estuviera aquí!”.

Everyday is like Sunday
Trudging slowly over wet sand
Back to the bench where your clothes were stolen
This is the coastal town
That they forgot to close down
Armageddon – come Armageddon!
Come, Armageddon! Come!

Everyday is like Sunday
Everyday is silent and grey

Hide on the promenade
Etch a postcard :
«How I Dearly Wish I Was Not Here»
In the seaside town
That they forgot to bomb
Come, come, come – nuclear bomb

Everyday is like Sunday
Everyday is silent and grey

Trudging back over pebbles and sand
And a strange dust lands on your hands
(And on your face…)
(On your face…)
(On your face…)
(On your face…)

Everyday is like Sunday
«Win yourself a cheap tray»
Share some greased tea with me
Everyday is silent and grey

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