Lidia Damunt + Aries en Percusión Persuasiva (y otros sonidos catalíticos)

jueves, 22 mayo, 2014

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Los Go-Betweens acarrearon siempre el estigma de Grupo-que-solo-gusta-a-otros-grupos. Favoritos de la crítica e idolatrados por sus iguales, The Go-Betweens pasaron una considerable parte de su carrera viendo, perplejos, cómo todas las lisonjas almibaradas del NME no se traducían jamás en cifras de ventas ni plato de garbanzos en mesa. ¿Por qué pienso en esa anómala dicotomía precisamente ahora? Porque estoy en el CAT de Gràcia, en su bar interior de admirable embaldosado, y todo lo que me rodea son músicos. O sea: todo el mundo. Menos mi hermana, yo y el camarero (que quizás es trombonista o graller amateur en una orquestina del barrio, y por consiguiente cuenta como músico).

Para no haber, esta noche no hay ni críticos (lo que, por supuesto, siempre puede mirarse como una ventaja). Solo miembros de la popintelligentsia barcelonesa actual: Hidrogenesse, Son Bou, Nueva Vulcano, Renaldo & Clara, Me & The Bees, Vàlius, Beach Beach, Desert, Joan Colomo, Halcón, Rombo, Elsa De Alfonso y Los Prestigios, Supergrupo… Es una situación que roza lo ridículo, pues de repente caigo en que los dos únicos espectadores que no tendrían ni pajolera idea de cómo rasgar una guitarra, que no sabrían extraer de ella más que gemidos y ampollas, somos –de nuevo- mi hermana y yo.

Pero cuando me vuelvo para comentarle esto a mi hermana, ella ya no está. Ella está apoyada en el marco de la puerta de entrada, escudriñando con una sola ceja fruncida el contenido arcano que alberga su sapientísimo teléfono móvil. Abrumado por la cantidad de humanos con aptitudes líricas que me rodea, me deslizo sutilmente hacia donde ella se encuentra, y fisgo por encima de su hombro, y la pantalla de su celular muestra una página particularmente aterradora de Wikipedia, una de trepanaciones medievales o muertos o criptozoología o pseudociencia maldita. Mi hermana, salta a la vista, no tiene la menor intención de representar un simulacro aguado de afectividad comunal, y su cristalina intención es seguir aquí tan pancha leyendo sobre sanguijuelas y sangrías y torturas por empalamiento en los Cárpatos hasta que suene el primer acorde sobre el escenario. En mi familia somos así, y hagan el favor de no incordiarnos.

Regreso con los músicos. Recuerdo de repente una broma que siempre hacía mi fallecido amigo Agustí, cuando fingía negarse a terminar la noche en el Barbara Ann, allá por el año 1989, aduciendo que el bar estaba “demasiado lleno de músicos”. Lo decía como si hablase de asbestos en las paredes, o cucarachas -o algún otro tipo de plaga gaseable- en las letrinas. Y cuando decía “músicos”, Agustí ponía cara de institutriz necesitada urgentemente de supositorio y moldeaba un esfínter con la boca y simulaba manosear una guitarra con muchos dedos, a la vez que decía ÑE ÑE ÑE. En plan: “Oh, los rockeros somos tan maravillosos, mira como bordo este arpegio en clave de LA”.

Pero yo no padezco esa particular repulsión; quiero que quede claro. Me gusta estar rodeado de músicos pop, siempre me ha gustado, aunque no entienda ni jota cuando se ponen a hablar en jerga técnica (“Hice cejillas y el subió la P.A. para que el charles sonase menos lineal al pasarlo por el subwoofer ultrasónico del hipnosapo, pavo”) y aunque todos ellos me consideren un civil. Sí, da igual lo que me digan luego: puedo leer sus mentes, leo lo que confiesan sus ojos cuando discutimos de discos. Para un músico, que hayas pasado más de treinta años ininterrumpidos escuchando canciones no es un acto que acarree demasiado valor por sí mismo, a no ser que lo hayas conjugado con un número parejo de años aporreando tambores o escupiendo en micrófonos o esculpiendo cejillas. La cara con la que me miran cuando realizo un comentario musical es la misma que pone el curtido marine zapador de las películas cuando se le acerca una cándida viejita a darle consejos tácticos sobre defensa antiaérea. Es la cara de: “No se preocupe, señora McMiggins. Vuelva a casa. Deje esto en manos de los expertos”.

Pero no me importa. Me agrada así. Y, desde luego, siempre será mejor que estar rodeado de escritores, que son la especie más aburrida y pusilánime que habita los llanos condales. Además, siempre huelen a arenque.

Alguien me hace entrega entonces de un álbum recopilatorio de grupos novísimos barceloneses, Mar y montaña, y cuando vuelvo la cubierta me doy cuenta (con notable estupor) de que solo conozco a dos grupos entre quince. No suelto prenda, claro está, y asiento con la cabeza a mi interlocutor como aquel que dice: “anda, pero si también incluye a los Esponja, y menuda suerte que no se hayan dejado a los Medioevo”. Porque si dijera la verdad quedaría como un ceporro. Como un fósil. Como un ceporro fósil, que en este tipo de comunidades de poperos con talento es lo más inmundo que uno puede ser. Eso, y crítico musical (cosa que, en cierto modo, también soy). Oh, Señor, lo veo ahora: soy una pústula. Soy un absceso asonante en mitad de un pastizal de guitarristas habilidosos. La voz discordante en el coro salesiano perfectamente armónico, el idiota que suelta gallos en las notas altas de “Noia del poble Maria” o “Pescador de hombres” (Se-ñooooor, me has mirado a los o-joooooos…). Una vez más.

Suena el primer acorde sobre el escenario, en la otra sala, y empieza Lidia Damunt. Me bebo toda la cerveza de un solo trago, no por mi congénita sed santboiana sino porque esta es una de esas salas en las que no se puede entrar con bebidas (en Inglaterra los parroquianos la reducirían a cenizas), y me planto delante del escenario, a la derecha, donde tantas otras veces he estado.

Llevo media vida siguiendo a Lidia Damunt, en Hello Cuca o en solitario. En 1996 vi a Hello Cuca tocando en la terraza del segundo piso de un bar, en la Manga del Mar Menor. Digo terraza pero en realidad era un balcón. Un balconcillo, y casi que las piernas tarantulescas de Alfonso –su batería- colgaban por encima de la baranda, de lo apretaítos que estaban los tres. Allí les vi tocar por primera vez, y desde entonces nuestros caminos se han cruzado en infinidad de ocasiones, por amigos comunes y veteranos ingleses en cuyos futones hemos pernoctado, y jamás me cansé de ver al trío en funcionamiento. Por supuesto, y pese a que la ética y la lírica se dictara entre tres, el berrido y el empuje frontman eran departamento exclusivo de Lidia, hoy ya en solitario y con cada vez más álbumes a sus espaldas. El último, Gramola (Taormina 2014), reúne diez versiones de canciones de mujeres, y es el que Lidia presenta hoy aquí. Es un proyecto imponente y extraño, y para mí (que nunca he sido muy fan de las folklóricas o las cantantes melódicas) un poco abrumador.

Al final no había nada que temer, como sucede siempre con la Damunt. Ella ha hecho suyas esas canciones –aunque esto sea lo que siempre suele decirse (en este caso es la verdad)- y no hay nada en “Señora”, por ejemplo, que remita a Rocío Jurado, su odiosa y pechugona intérprete original. Por fortuna.

A Lidia la acompaña Clara Collantes (a la otra guitarra y coros), y su colaboración moldea el repertorio tradicional y lo rocanrolea para que hombres correosos como yo podamos digerirlo sin contratiempos ni ahítos. Con esto no quiero decir que la Damunt las haya transformado en easy listening; no se trata de eso. Su faena, más bien, consiste en aportarle a aquel tipo de cancionero la serie de trucos melódicos que desde siempre han hecho que el pop sea emocionante y bailongo. La idea me gusta. Si yo pudiese, también me lanzaría a manosear Charles Dickens y le extirparía todo el folletín y las repeticiones y las descripciones de tres páginas (es un decir; no soy mucho de remakes).

Lidia toca algunas de su disco que me emocionan y me arrean empellones para que dance jotas en la primera fila: “Del mundo leguas y leguas” (La Niña de los Peines), “Ay pena penita pena” (clásico que popularizó Lola Flores, y que Lidia apuntala con un riffazo inolvidable) y muy especialmente “Me voy” de Julieta Venegas, que casi no hacía falta alterar (es superéxito, lo agarren por donde lo agarren) pero que Lidia consigue elevar a algo aún más conmovedor. Luego Lidia toca alguna que me gusta menos, independientemente del esmerado tratamiento que ella le aplique, como “Volver a los diecisiete”. Algo tiene la melodía original de Violeta Parra que me remite a las baladas cristianas que nos obligaron a tragar (“obligar” es aquí el vocablo idóneo: a trompadas, quería decir) en mi EGB salesiana, y todos los mecanismos de rechazo de mi organismo se activan. Por supuesto, nada de esto tiene que ver lo más mínimo con canción o intérprete o versionadora actual. Son porquerías mías, que les ruego dejen ahí donde las hallaron, como el típico reloj antiguo que da la hora un poco mal pero aún chuta, y morirá si empiezan a manipularlo. Paranoias ajadas, que no me influyen en absoluto a la hora de rendir pleitesía final a Lidia Damunt y todo lo que ella hace y hará.

Tras ella aparece Isabel Fernández Reviriego, también conocida como Aries. He hablado mucho de Charades –su grupo anterior- y también de los dos discos que ha publicado bajo el nuevo nombre, así que corro el riesgo de aburrirme a mí mismo, y (peor aún) también a ustedes. Pero voy a permitirme, asimismo, parafrasear un fragmento de la nota de prensa que yo mismo le escribí, para que sepan a qué me refiero:

“Isabel coge todas esas influencias que apuntábamos y se las apropia, del mismo modo que The Posies se agenciaron toda esa new wave y 60’s pop para el Failure. Era así cuando estaba en Charades, y es lo mismo en Aries. Las letras cobran en Mermelada Dorada una dimensión hipnótica, como si estuviese diciendo lo mismo en cada canción. Como una de esas discusiones que transcurren en círculos y te llevan (irritantemente) a donde empezaste, sin conclusiones, una y otra vez. Isabel ha entregado por cuarta vez un disco singular, complicado de comparar, que no de cantar, rebozado con ecos y armonías vocales cuadriplicadas (se nota que es fan de Todd Rundgren), lleno de crescendos, guitarras al revés y cosas bonitas y su voz, que también lo es. Su álbum vuelve a sonar igual y a la vez distinto que sus anteriores discos. Algunos fans le recriminan que cambia demasiado, mientras otros le espetan que no cambia nada. Son pelmazos, todos esos fans. La buena verdad es que cambian sus producciones, pero permanecen las composiciones”.

Lo de las producciones: nada más lejos de mi intención que simular que sé lo más mínimo de ese tipo de cosas, pero en este caso salta a la vista: Aries ha mutado. Quiero decir: no lleva ni guitarra. Aries aparece allí arriba con un sintetizador (¿Es un sintetizador?) al que hay conectadas cosas por todas partes, y el cachivache luce más cables a la vista que el abdomen de C3PO. Pero no importa, porque es lo que les decía: el pop lo acarrea todo, siempre está allí y es el fijapelo que sujeta la raya al lado, la garantía de que nada va a escapar de la estructura pop clásica, por muchos cacharros que se le conecten.

El concierto de Aries es una cosa elevada y asombrosa, especialmente para un boina como quien les habla. Todos esos botones, todas esas luces, todos los jacks enchufados a todas las entradas de jack, y luego se materializa entre nosotros un concierto de magnífica psicodelia pop bien entendida. Si tiene algún sentido modernizar el pop, es así: con sublimes metas compositivas, pero canjeando las herramientas, sorteando los lugares comunes. Ningún conoisseur/coleccionista de psych llamaría a esto psych; no contiene ninguno de los significantes históricos; pero indudablemente LO ES. Pura psicodelia moderna, sin pajas o freakouts soporíferos, a la inglesa, en formato single y contemporizada con samples, ritmos, destellos.

Aries tiene hits, ella tiene hits, y mientras va tocando todas las canciones que me chiflan (“Visiones”, “Luz dorada”, “Los dos”, “Dilo mañana”…) un juego de luces estroboscópico y caleidoscópico colorea la gran pantalla del escenario. Les sorprenderá saber que tamaño pasote visual (sí, he dicho pasote, y tengo que reprimirme para no añadir a voces alguna exclamación grifota 1968 al estilo Freak Brothers: ¡Cómo enrolla este flipe, chonis!) lo realiza en directo una amiga de Isabel allí mismo, a la izquierda, sobre el escenario. Lanzando sustancias varias sobre un plato de discos giratorio. Cómo explicarlo: la cosa es tan alucinante (provoca alucinaciones) que de repente estamos casi ignorando a la artista principal, unos cuantos babiecas boquiabiertos (y ya algo ebrios, si quieren que les diga la verdad) con los ojos fijos en la manufactura de psicodelias. BUAH. Far out. ¿Las caras que exhibimos? Son exactamente las mismas que las de Lance, el surfero de Apocalypse now, cuando se casca el primer tripi. La puta de oros: veo colores. Veo visiones. La artista en cuestión se llama Natalia Umpiérrez, y (voy a soltar otro cuelgue jipiota en breve) lo cierto es que consigue hacer VOLAR NUESTRAS MENTES. Mi mente, la de mi hermana (que no ha tenido más remedio que abandonar Wikipedia y admirar ojiplática este espectacular light show) y las de todos los asistentes.

Resumiendo: lo paso de maravilla, y la combinación (Lidia + Aries + ida-de-olla-óptica a cargo de la Umpiérrez) se antoja insuperable. Olvidé decir que el concierto forma parte de la Ronda III que organiza Heliogábal (aliados, socios, patronos) en salas atípicas, y que quien estuvo al mando en esta particular velada fueron los amigos de La Castanya (aliados, socios, etc.), y que ojalá todo lo que sucede en la ciudad fuese tal que así: hermoso, autosuficiente, barato, independiente de veras, construido por entusiastas y en marcos no corporativos. Bravo a todos y adelante.

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