La terraza del pasaje: Bar Calders

jueves, 3 julio, 2014

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Barcelona tiene lugares escondidos, calles recónditas que acaban antes de lo esperado y el resultado es tan solo una pared. A veces. Estos pasajes, espacios generalmente peatonales, acogen algunos de los secretos (los más interesantes) de una ciudad demasiado expuesta. Decimos a veces, porque el pasaje Pere Calders —un pequeño entrante de la calle Parlament con el nombre de una de las figuras más importantes de las letras catalanas del siglo XX—, alberga una de las más recientes y mejores librerías de la ciudad y (a eso hemos venido) uno de los bares de referencia de la zona: el bar Calders. Ya que hablamos de letras, una puntualización: como bien nos apuntaron en nuestra última visita al pasaje, “el Calders” se refiere al bar; “la Calders” a la librería. No caigan en error o se llevarán una regañina.

Puntos fuertes:
Terraza grande en un lugar tranquilo.
Local acogedor y bien iluminado.
Carta interesante con variedad de cervezas artesanas.

El barrio al que todos queremos ir a parar
Sant Antoni se ha ido perfilando, poco a poco, como el refugio de los ciudadanos de Barcelona en el centro de la ciudad. Ante un barrio Gótico saturado de turismo y un Raval en pleno proceso de gentrificación (que está costando pero ya empieza a ser demasiado notorio), el barcelonés de a pie ha tenido que rastrear las calles en busca de bares y demás centros de ocio en los que el llamado guiri —y su monedero— no fuese el principal objetivo. El bar Calders es uno de los puntos de avituallamiento de este barrio que aún sigue manteniendo su carácter tranquilo y familiar, lejos de los souvenirs, las hordas de turistas e infamias gastronómicas como La Baguetina Catalana y tantas otras que campan a lo largo y ancho de las Ramblas y aledaños.


Para mí una cerveza, para ti un vermú
Lo verdaderamente complicado en el bar Calders es encontrar una mesa, tanto dentro como fuera, ahora que el calor ya empieza a apretar. Su carta, con una buena oferta de platos y tapas además de cervezas, vino y vermú de sifón, hace que el bar sea adecuado tanto para el mediodía como para una cena informal. Los clásicos como las olivas conviven con elementos más novedosos como puede ser el hummus, para adaptarse a los diversos gustos de la clientela más o menos arriesgada. Los precios, en la línea de la cotidianidad: no es el bar más barato de la Condal, pero no sales con la impresión de que te hayan atracado de manera legal. Si no sois ni de cerveza ni de vermú, podéis probar “el gin-tonic del diputado” por tan solo 3,50 euros (en honor, claro está, a los subvencionadísimos cubatas del Congreso que a todos nos gustaría disfrutar algún día a ídem precio en cualquier bar de la ciudad).

Domingos al sol
El Calders es un imprescindible del domingo: lo más destacable del lugar es su terraza, para curar espantos, resacas y dar rienda suelta a la más larga de las charlas, recogida en el pasaje y con mesas suficientes para acoger al más sediento viandante. Aunque no siempre. Durante el fin de semana y, sobre todo, las horas puntas del vermú o la noche, no esperéis llegar y besar el santo: la terraza es sin duda lo más codiciado del lugar en detrimento de un local algo estrecho y con demasiadas mesas para tan poco espacio. La atención del personal no es de las más refinadas, aunque sirven con rapidez y os guardarán una mesa fuera mientras esperáis pacientemente caña en mano en la barra del interior.


Un plan completo
Casi en la esquina de la calle Parlament con la Ronda Sant Pau, encontraréis una de las mejores horchaterías de la ciudad. La mejor opción si os acercáis al Sirvent es pedir la tanda, armaros de paciencia y degustar su deliciosa horchata mientras dais un paseo por las calles del barrio. Para matar el hambre, lo mejor es echar un vistazo por la calle Salvà: La Federica es uno de los mejores restaurantes para almorzar de la zona. Muy recomendables sus huevos pochados en la variedad Joselito (con jamón) y Benedict (con bacon) por algo más de 7 euros. Cabe una mención especial a La Confitería, un emblema de la esquina de la calle Sant Pau con la ronda del mismo nombre que hace apenas algunos días cambiaba de dueños. Ha sido uno de los lugares más exóticos y acogedores de la zona durante años; larga vida.

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