LA MISMA BROMA DE SIEMPRE

viernes, 24 abril, 2009

Por

 

David Foster Wallace (1962-2008)

David Foster Wallace (1962-2008)

Y resultó que el gran malabarista de la posmodernidad era en realidad un moralista de proporciones dostoievskianas. El suicidio de David Foster Wallace el pasado 12 de septiembre aporta a su compleja, deslumbrante y poderosa producción literaria una nueva –otra más entre muchas– lectura que tiñe de sentido trágico su denso torrente de ideas y su insultante dominio narrativo.

Sería imposible –y fútil y morboso de una manera absurda e improductiva– buscar en la literatura de DFW las claves que expliquen su deseo de quitarse la vida, pero sumergirse una y otra vez en sus páginas sí puede servir para demostrar que el autor nacido en Ithaca (Nueva York) en 1962 no era un frívolo y escéptico relativista, un simple bufón a quien le gustaba regodearse en su elefantiásico talento.

Sí, lo sencillo es dejarse cegar por la luz de gas de La broma infinita (1996), su obra magna –en ambición, alcance y extensión–, una gran sátira distópica con una desquiciada y –sólo en apariencia— absurda trama en la que se mezcla un nuevo orden mundial fundado en la obsesión por la higiene, conspiraciones terroristas, la adicción como estilo de vida, el deporte como forma de entender el mundo, infantes mutantes, el cine ultraconceptual y, como trasfondo, el entretenimiento definitivo, aquél que ha sido concebido para matar de risa a quien lo consume.

Pero quien esté dispuesto a traspasar la fachada posmoderna y adentrarse en el ethos de DFW, quien reúna las agallas para penetrar el sofisticado armazón estético e ir mas allá de los experimentos formales, encontrará un autor extremadamente preocupado por cuestiones morales, un escritor metafísicamente angustiado que concibió esta novela como la vía para expresar “algo profundamente triste” acerca de “lo que supone vivir en América a finales del siglo XX”, como señaló en una entrevista para la revista de internet Salon.com.

Sin embargo, no es necesario –aunque sí extremadamente recomendable– embarcarse en las más de mil exigentes páginas –ciento y pico son notas al pie– de La broma infinita para apreciar la altura moral olímpica de Foster Wallace. Tanto en sus relatos cortos como en su obra periodística recopilada en dos fabulosos libros de artículos –en los que aborda con rigor intelectual y sardónica distancia los temas más dispares; desde kafka al porno, el valor de la verdad en el juego político o el sufrimiento de las langostas ante la olla de agua hirviendo– DFW despliega su clarividente y punzante visión sobre la modernidad y el absurdo cotidiano, y construye una brillante crítica de una sociedad subyugada por los medios de comunicación y las grandes corporaciones que los controlan.

Precisamente, uno de sus artículos en apariencia más intelectualoides y uno de sus relatos a priori más sarcásticos y frívolos se alían para arrojar luz sobre la profunda tristeza y el sentido trágico de la existencia que recorre toda su obra. Dos piezas que leídas post mortem resultan cuanto menos reveladoras y no poco inquietantes.

El relato, titulado “El neón de siempre” y perteneciente a Extinción –premonitorio título–, su último recopilatorio de ficción, es el alucinante pero psicológicamente bien documentado viaje por el proceso mental de un suicida, alguien simplemente perfecto y exitoso de acuerdo con los estándares sociales imperantes, pero incapaz de soportar el permanente sensación de fraudulencia metafísica que le persigue.

Por su parte, en “El Dostoiveski de Robert Frank” –incluido en Hablemos de langostas – la publicación de una monumental biografía literaria sobre el gran novelista ruso le sirve al autor para reflexionar sobre el precario estado moral de la literatura actual, es decir, sobre una profesión de la que él había sido convertido en paradigma del genio posmoderno.

Neal, el protagonista del relato, describe en primera persona un acusado caso de lo que en inglés se denomina self-conciousness, una suerte de hiperconciencia de sí mismo que le conduce a sobreanalizarlo absolutamente todo, inhabilitándolo así para disfrutar de los momentos de éxito más que como una escenificación más de la gran farsa montada por él mismo en que ha convertido su vida. Un pasaje aclaratorio reza: “La paradoja de la fraudulencia consistía en que cuanto más tiempo y esfuerzo invertías en resultar impresionante o atractivo a los demás, menos interesante o atractivo te sentías por dentro: eras un fraude. Y cuanto más fraude te sentías, más te esforzabas en transmitir una imagen impresionante o agradable de ti mismo para que los demás no descubrieran a la persona vacía y fraudulenta que realmente eras.” Y otro, que debemos leer teniendo en mente que DFW se licenció en filosofía y se doctoró en lógica: “Es por eso por lo que son las paradojas lógicas lo que realmente vuelve chiflada a la gente. Un montón de grandes lógicos de la historia han acabado suicidándose, es un hecho […] Por tedioso y esquemático que sea esto, por lo menos se está haciendo usted una idea de cómo era el interior de mi cabeza. En el peor de los casos, está viendo lo agotador y solipsista que es ser así.”

El artículo de DFW sobre Dostoievski emana un aroma muy similar de self-conciousness para consigo mismo. Tras revisar los motivos que, en su parecer, convierten al ruso en el gran novelista moral de la historia, y después de diseminar por el texto pequeñas digresiones entre asteriscos del tipo “En el fondo, ¿quiero ser una buena persona o solamente quiero parecer una buena persona para que la gente (yo mismo incluido) me apruebe? […] ¿Cómo puedo siquiera saber que me estoy engañando a mí mismo, en términos morales?”, Wallace plantea: “Lo biografía de Frank nos hace preguntarnos por qué parece que en nuestro arte necesitemos distanciarnos mediante la ironía de las convicciones profundas o de las preguntas desesperadas, de forma que los escritores contemporáneos tienen que convertirlas en bromas o bien intentar abordarlas bajo el disfraz de algo como la cita intertextual o la yuxtaposición incongruente, metiendo las cosas realmente urgentes entre asteriscos como parte de alguna floritura multivalente de desfamiliarización o alguna mierda parecida.”

Pero seguramente, la pirueta metaficcional más escalofriante sea la aparición, en la parte final de la narración de Neal, una vez ya consumado el suicidio, de un personaje marginal llamado David Wallace. Se trata de un antiguo compañero de colegio, infinitamente inferior a Neal en cuanto a popularidad y éxito social que años después de la muerte de éste contempla durante medio segundo las fotos del anuario del instituto: “David Wallace intentaba reconciliar de alguna manera lo que aquel tipo luminoso había parecido visto desde el exterior con lo que fuera que había en su interior y que lo había llevado a matarse de una forma tan dramática e indudablemente dolorosa, y David Wallace también era del todo consciente de que el tópico de que uno no puede saber realmente qué está pasando en el interior de otra persona era vetusto e insípido y sin embargo […]”

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