La ciudad inhabitable de Iago Fernández

jueves, 14 febrero, 2013

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En España hay un narrador por cada doscientos poetas. Incluso de los nacidos a partir de 1990 podría contar a muchos del segundo grupo y a poquísimos del primero… y de entre ellos sólo se me ocurren, por ejemplo, los nombres de Álvaro Luque Amo, Carlos González Fuertes, Carlota Moseguí y, por supuesto, Iago Fernández. A Iago lo conocí hace no mucho, como siempre, en un bar. Ya nos habíamos añadido a Facebook supongo que a través de amigos comunes, y desde entonces pude leer sus reseñas en un blog de crítica que comparte con el también narrador Víctor Balcells Matas. Iago acaba de estrenar blog en El Sindicato, y en pocos días, además, aparecerá su primer libro de relatos, titulado Como el ciervo huiste. Si algo cabría destacar de él es su inteligencia, su hambre de literatura y su excelente forma de narrar. Aunque viene de Ferrol, ya lleva varios años tratando de comprender la ciudad de Barcelona y es aquí, por fin, donde nos lo cuenta:

¿Por qué decide alguien «que vive en el fin del mundo» venir a vivir a Barcelona?
Tener una naturaleza sugestionable, ser un tanto ingenuo, haber pecado de soberbio y contar con una adolescencia expuesta a un consumo indiscriminado de libros y películas. De hecho, recuerdo siempre una película, «Frágil», de Juanma Bajo Ulloa, que ejemplifica la germinación de ese impulso por cruzar los límites geográficos donde uno estuvo enmarcado toda la vida (y sus consecuencias, aunque el final de «Frágil» me parece una impostura de lo más manida que merece recriminación). En mi caso no tuvo mucho que ver con razones de estudio (que también), sino con un imprudente (y estúpido) cuento rimbaudiano.

¿Cuál es la presencia de «la ciudad» en tu narrativa? ¿Qué relación tiene tu novela inédita o tu libro de relatos con lo urbano, y con Barcelona?
La ciudad es siempre un espacio inhabitable, y en tal medida, un espacio transitorio. Mis personajes van y vienen de un sitio a otro y desconocen dónde está su hogar. Aunque, realmente, la espacialidad, es decir, el retrato o la reflexión de lo espacial no me interesa demasiado; sí el paso del tiempo y los vericuetos de la memoria.
En mi libro de relatos, los personajes viven a caballo de la capital y un pueblo fantasma que remite a la Santa María de Onetti o al Comala de Rulfo o, a veces, a los ambientes provincianos que no soportaba Emma Bovary. Van y vienen porque siempre huyen de algo, de sí mismos, de sus delaciones, de sus responsabilidades, y ese malestar interior les impide guardar calma, asentarse y proliferar. Son nómadas.
En mi novela, los personajes son dos, y creo que aúnan lo dicho en los párrafos anteriores: van de un lado a otro, sin terminar de asentarse, pero, aprovechando la extensión que brindan unas doscientas páginas, en lugar de ir y volver un par de veces, como en los relatos, condenso los trayectos más importantes que acometieron durante veinte años y cómo el tiempo los modifica y juega con ellos de manera un tanto cruel. En cuanto a Barcelona, es una de las ciudades por las que los personajes pasan varia veces.

Respóndeme a lo siguiente:

Tres autores de cabecera:
Flaubert, Proust y Roberto Bolaño.

Tres autores que odies:
Me parece muy difícil odiar a alguien que haya escrito un libro. En todo caso, hay escritores con los que no logro empatizar, sin que esto resulte óbice para reconocer su posible importancia en la historia de la literatura: es el caso de muchos autores posmodernos o todo el rollo este de la nueva narrativa chicana, feminista, esquimal, en fin, esas cosas. Casi todo lo que Bloom relacionaría con las escuelas del resentimiento.

Tres autores vivos de los que «esperas cosas»:
Antonio J. Rodríguez, Víctor Balcells Matas y Martín Sotelo.

Tres libros que deberíamos leer para ser mejores personas:
Es que no creo en la bondad humana ni en la supuesta labor socializadora de la lectura; creo, en todo caso, en los buenos sentimientos. Pero un buen libro lo anima y revuelve todo, lo que en un sistema de creencias particular se categoriza como bueno y como malo.

Trabajas en el mundo editorial desde hace poco. Barcelona está llena de editoriales, editores y escritores que trabajan en esas editoriales. Sin embargo tu primer libro aparece en una editorial más pequeña, cuya sede está bien lejos de esta ciudad. ¿Cómo surgió el proyecto?
Un día conocí al editor por mediación de uno de sus autores, que era y es amigo mío. Le di los primeros tres relatos del libro, al día siguiente me llamo para pedir el resto, se los envié, le gustaron y al cabo de un tiempo me preguntó si querría publicar con él. Y ya.

Por último, ¿nos hablarías de la vida literaria en Barcelona? ¿Es divertida, es un coñazo, qué es lo que más te gusta de ella?
En primer lugar, para mí ha sido una sorpresa. Porque desde que llegué a Barcelona, estuve cuatro años sin saber nada sobre mis contemporáneos, leyendo mayormente autores muertos y relacionándome con gente que no tenía mucho que ver con la esfera literaria. Luego, por facebook, conocí a Victor Balcells y a Unai Velasco. A partir de entonces, pues surgieron proyectos: el libro, blogs, colaboraciones en revistas, etcétera, en los que estuve encantado de participar. En cuanto a la vida literaria propiamente dicha, sí, es muy divertida, y enriquecedora. Intercambias opiniones, te recomiendan lecturas, películas, música, cuadros, cómics, y muchas veces estas trasfusiones se realizan durante la madrugada, cosa que a un noctámbulo como yo le viene de perlas.

Cubierta de "Como el ciervo huiste"

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