KIKO AMAT: «PARA MÍ ES MUY DIFÍCIL NO VOLVERME A EMOCIONAR”

miércoles, 6 julio, 2011

Por

 

Foto Kiko Amat de Marc García Fusté

Nostálgico pero divertido, working class pero elegante y culto, como un Vic Godard del periodismo musical, Kiko Amat evoca la importancia de la música pop en Mil violines (Foto de Marc García Fusté)

¿Qué te ha llevado a escribir esta suerte de memorias a partir de las canciones de tu vida?

Desde el principio, la forma en que he escrito sobre música y discos ha sido muy particular, un oficio muy solitario en el que hasta hace muy poco no veía almas gemelas. No es algo que uno escoge. Es de una soledad espantosa. Hablar de una manera completamente subjetiva, emocional, haciendo bandera del entusiasmo y sobre todo de una manera no académica y alejándome al máximo de la impersonalidad. Lo que me interesa es cómo la música afecta a la gente. No me interesa cómo fueron grabados y en muchos casos tampoco me interesa la biografía de los músicos, ni tan solo me interesa el cambio que introdujeron en un estilo, sino cómo afecta a la gente y cómo incorporan esto a sus vivencias.

Cubierta de Mil violines (Robinbook, 2011)

Cubierta de Mil violines (Robinbook, 2011)


Hablas de que un escritor debe pasárselo bien escribiendo. Da la sensación de que te lo has pasado en grande escribiendo Mil violines.

Nunca me lo paso tan bien ni sufro tanto como escribiendo novela. Es cuando la recompensa es más elevada y también cuando el sufrimiento es más grande porque implica una serie de procesos de separación y de rebuscar en tu propia porquería que no se puede compara con escribir ensayo. En este caso he sufrido mucho menos y ha sido una cosa mucho más rápida, más espontánea. Aunque ha exigido mucho más trabajo, y tareas de revisión y de concreción y de reflexión sobre el mensaje del libro, que es luchar contra la academia y contra el buen gusto y la sobreintelectualización de la música. Quería que fuera un libro que se lo pudiera leer todo el mundo, no sólo eruditos de la música pop. En este sentido ha supuesto un esfuerzo, pero aún así para mí ha sido mucho menos complicado que escribir narrativa.


En el libro hablas de muchos discos de pop raro, y lo cierto es que consigues transmitir esa pasión e incitar en el lector la curiosidad por esos artistas. ¿Era este también uno de tus objetivos?

El objetivo pedagógico es un objetivo añadido que está muy bien, y si introduces a la gente a música pop maravillosa, tanto mejor. Pero el conocimiento no es el objetivo principal de Mil violines. Vivimos en una época en el que el conocimiento es muy barato y cualquier necio puede saber cosas absolutamente arcanas y extrañas de grupos pop misteriosos. Sólo implica una cierta destreza a la hora de buscar en internet. Por eso yo creo que el conocimiento como tal está un poco devaluado. Creo que es mucho más importante hacer interesante un tema que a ti en principio te la suda. Mil violines trata de hacer esto. Si la gente además va y se compra los discos de Mose Allison, viva la Pepa. Pero se trata mucho más de que la gente se lo pase teta, que se emocione o sienta un pena tremenda o un asco excepcional sobre cosas que me han pasado en la vida alrededor de la música pop. A pesar de la advertencia de la primera página, el triunfo de Mil violines sería que fuese muy divertido e interesante para gente que no es experta en música. Porque no es un libro que hable de música o de discos de la manera que se acostumbra en las revistas especializadas. Esa sería su victoria. Si alguien me dice que además se ha comprado toda la discografía de los Fleshtones, magnífico.

Imagen de previsualización de YouTube


Desde luego la pasión por la música pop que transmite el libro es contagiosa.

Hay una parte de Mil violines que intenta recrear el tono de entusiasmo puro que se produce cuando entre un amigo al bar donde estás y exclama: “Tenéis que escuchar todos lo que acabo de descubrir”. Es un tipo de entusiasmo muy adolescente que algunos todavía conservamos respecto a la música pop. Por eso me indigno bastante cuando alguien deja emerger de su boca la frase “Es que a mí ya no me sorprende nada”. Me cuesta mucho creer esto. ¡Cómo puede ser que te deje de emocionar la música pop! La música pop es casi infinita, siempre hay algo que te sorprende, siempre puedes descubrir música que nunca habrías imaginado que te gustaría. Para mí es muy difícil no volverme a emocionar.

amat2

Esta especie de recuento vivencial a través de la música acaba a finales de los noventa. ¿Por qué? Sin duda te han pasado cosas importantes desde entonces, como la paternidad o comenzar a publicar novelas… ¿Te planteas la posibilidad de escribir una continuación?

La verdad es que no hay una razón concreta, aparte de que soy de naturaleza melancólica y nostálgica en el único buen sentido que puede tener esta palabra: en que me gusta recordar.Aunque eso no significa que quiera volver atrás. Pero me gusta mantener vivo el recuerdo y me emociono con él. Y algunos de los recuerdos más vivos y que dejaron más huella son de los ochenta o noventa. Es evidente que ha habido catarsis y cosas excepcionales que me han pasado a partir del 99 pero a la hora de hacer el libro he tendido a mirar atrás, tal vez porque son cosas que nunca he explicado, y quería fer net. Librarme de alguna manera de lo que llevaba 25 años recordando y lo más reciente… pues lo más reciente es demasiado reciente para hablar sobre ello de esta manera. Y además, de eso ya he hablado en artículos de prensa, en La Vanguardia, por ejemplo. Hace diez años ya estaba en prensa mayoritaria y muchas de esas cosas ya las he explicado ahí. Mil violines es un libro que tiene una posibilidad de continuación clara porque para alguien como yo, que piensa continuamente en música pop, es muy inmediato y rápido establecer una serie de ideas y crear otro libro en esta línea. Es una posibilidad bastante factible, aunque no me lo había planteado hasta ahora. Gracias, por cierto. Ahora llamaré a la editorial y se lo propongo: ¡Dos mil violines!

Imagen de previsualización de YouTube


El libro transmite una pasión absoluta en el pop. ¿No has tenido nunca una crisis de fe con la música pop?

No me ha pasado nunca. A medida que he ido haciendo mayor y me han pasado cosas claramente fuertes y desbaratadoras de vidas como la paternidad o muertes a mi alrededor, he ido cortando con cosas que hace veinte años me apasionaban y que cada vez me ocupaban menos tiempo y menos espacio cerebral, hasta que la final han sido prácticamente eliminadas de mi vida. Pero la música pop, no. Déjame ser ceporro y darte un titular casi de grupo Oi! y decirte que podría sobrevivir –aparte de con el amor personal y paterno-filial– en cuanto a cosas materiales, sólo con música pop, literatura y alcohol. Hay muchas cosas de la vida que creía indispensables y han ido desapareciendo, pero no la música pop.

rompepistas


Sin embargo, una de las cosas de las que abominas es de la literatura postmoderna. ¿No has encontrado nada en este tipo de literatura que encuentres aprovechable?

Si vamos a la definición exacta de lo que es la literatura postmoderna, sus rasgos definitorios son el exacto opuesto a lo que yo deseo encontrar en la literatura y en la vida. Es la descolocación, la completa falta de empatía, cantidades enormes de cinismo, hay mucho mundo vivencial pero un mundo vivencial meramente literario… Todo esto me importa una mierda pinchada en un palo. No es lo que me interesa leer. Como narrador o como escritor que dedica una gran cantidad de horas de su vida delante de la pantalla de un ordenador a narrar, puedo valorar la parte técnica de algunos de estos libros, su estructura o la forma en que están construidos me pueden parecer vagamente interesantes, pero la emoción final –que de hecho no existe porque para empezar estos autores niegan la emoción–… de la emoción final no hay nada que pueda encontrar apreciable. Su mensaje es que no hay mensaje. Hay autores con un gran dominio del lenguaje, con mucho talento, pero de lo que hablan o en lo que deciden centrarse me parece repugnante. Así que es imposible que conecte con lo que yo estoy intentando hacer. Podría dar nombres, pero no quiero ser mal educado… Hace muy poco leí un libro de un autor y me quedé boquiabierto de las increíbles y mayestáticas posibilidades de su talento. Te das cuenta de que es un tipo que podría hacer lo que quisiera con el lenguaje. Y lo que decide hacer es un bazofia para impresionar a cuatro ex profes suyos. Y eso me parece aterrador y obsceno, un desperdicio de las posibilidades cósmicas de su arte. Seré el primero en arrodillarme ante él y alabar la manera en que es capaz de estructurar una frase, y al mismo tiempo podría vomitar sobre aquello en lo que ha decidido dedicar su arte.


Decías al principio de la entrevista que te sientes un poco solo, sin complicidades en el tipo de periodismo musical que te gusta hacer. ¿Cuáles han sido tus principales referentes?

Mis referentes son principalmente anglosajones. La gente que me fascina son los mayores mentirosos, narradores excepcionales pero superdudosos en cuanto a veracidad, como Nik Cohn. Nik Cohn no es el tío al que le pedirías que acompañe a los Rolling Stones de gira para contarte qué es lo que pasa. A él lo que le interesa es el mito, la emoción. Pero esa soledad no es algo deseado. Yo veo los grupos generacionales y siempre los he envidiado, ¿Puede haber algo mejor que estar rodeado de 20 tíos que, a lo mejor no hacen lo mismo que tú, pero con los que compartes ideario y una visión de adónde quieres llegar? Es como tener un gang de delincuentes, ¡es lo mejor del mundo! Si yo estoy solo y soy raro no es porque lo haya buscado así, sino porque lo que a mí me interesa da la casualidad de que no es lo que le interesa a muchos periodistas. Dicho esto, es cierto que con algunas firmas sí que he sentido alguna conexión. Recuerdo en los noventa que el único tío divertido, con elasticidad de lenguaje, y al que le gustaban el 90% de los grupos que yo detestaba pero que leía infaliblemente era Xavi Sancho. Recuerdo que compartíamos publicación por entonces, el Abarna, y él era el único al que leía –aparte de leerme a mí para ver si había erratas– porque era ultradivertido. Tanto me daba si hablaba de Suede, a quienes yo detestaba. La forma en la que hablaba de ello era algo en lo que yo podía sentirme identificado. Y aparte de él, poca gente: Francisco Casavella, a quien descubrí mas tarde, y Ramón de España en los ochenta y primeros noventa. Un tipo al que todo el mundo ha olvidado, pero que era tronchante, con un sentido del humor sublime.


Defiendes una forma de escuchar música que se está perdiendo por culpa de la digitalización. ¿No encuentras aspectos positivos a la digitalización?

No todo lo de antes era mejor. En este sentido no soy neandertal. Una parte importante de mis grupos favoritos de cuando era adolescente jamás grabaron nada. Eso es algo que hoy no pasaría. ¿Cómo puedo explicarle a la gente lo mucho que me gustaban Los Canguros si no hay rastro físico de su paso? Esta democratización del acceso y de las posibilidades de grabar tienen una parte buena y una parte mala. El ‘everybody can do it’ del rock’n’roll tiene una parte perniciosa y es precisamente que ‘not everybody can do it’. La música es una inclinación como cualquier otra, un talento. A pesar de que cualquiera tiene un porcentaje de crear una canción pop por pura casualidad, eso no quiere decir que todo el mundo pueda dedicarse a hacer música pop hermosa, ni literatura. Siempre habrán primeras, segundas y quintas filas. El problema que tengo con los grupos modernos es que, comparando con la historia de la música pop, veo mucha quinta fila aupada como primera. Yo soy muy fan de la quinta fila del punk rock de los 70, pero nunca los pondría como cénit de la música pop del siglo XX. Y en música moderna uno se encuentra muchas veces con una total falta de perspectiva y de memoria histórica. Todos estos grupos que son increíblemente famosos y que reciben tantos premios son muy derivativos y muy mediocres al lado de los referentes con los que se les compara. A los Arctic Monkeys se les compara con The Smiths y The Jam. No hace falta ser un genio para ver que no son ni una milésima parte de lo que fueron The Smiths y The Jam. Son peores en todo. Si hubiese oído a los Arctic Monkeys en el 84 hubiera dicho que son un grupo divertido y tal, me hubiese comprado el disco y lo hubiera puesto en la cuarta división de mi colección. Y no pasa nada. Lo que es muy extraño es que se les aúpe a la categoría de fenómeno mundial, como si fuesen los salvadores del pop.


Una de las cosas que dices en el prólogo, sin embargo, es que el libro no es un manual del gusto, y de paso reivindicas el derecho a contradecirte.

No somos monolitos de permanencia inviolable. Hay cosas que te afectan mucho y te conmueven en determinados momentos. Yo soy un cenutrio, soy un ñu de Sant Boi. Vengo de un entorno skin head. Cuando comencé a leer sobre vanguardias hace 15 ó 20 años me fascinó, la dialéctica política del situacionismo, el absurdo del Dadá… todo eso me impresionó mucho. Ahora leo cosas que escribí en su momento y me avergüenzo… Y ahora todo eso no me interesa nada. Hay momentos en la vida en que determinadas cosas te fascinan y te conmueven muy fuerte pero que a la larga no tendrán una influencia eterna sobre ti. Por tanto, me parece perfectamente lícito desdecirte. Tenemos no sólo el derecho sino la obligación de cambiar de idea. Hacer lo contrario es idiota. Uno ha de replantearse constantemente las cosas. Y yo he dicho una gran cantidad de tonterías y completas cretinidades que el tiempo me ha demostrado que no eran ciertas. Por tanto, intento ser honesto en mi narrativa y en las crónicas y en las columnas que escribo, y eso es una de las cosas que más valoro por encima de todo en los libros y en los humanos en general. No me postulo como un mesías que vendrá a traer la verdad sobre la música pop a la gente. Dicho esto, es cierto que tengo opiniones completamente extremas sobre algunas cosas. Pero son las mías y sólo puedo pedir perdón por ellas y punto. Fui educado así y cada uno tiene sus defectos… Como dice Manuel Jabois: yo he venido aquí a hacer el ridículo. Y Mil violines es un poco esto. Me tomo muy en serio mi arte pero no me tomo en serio a mí como humano. Por eso me parece curioso cuando conozco a alguien que estilísticamente está muy encajonado y tiene muy claro qué es lo que le gusta, y encima todo se parece mucho. Yo no he sido así ni cuando tenía 17 años. Me gustaban cosas muy distintas y a veces casi diametralmente opuestas las unas de las otras. Me gustan unas cosas de una fragilidad y una melancolía auténticamente brutales, y me gustan cosas de una violencia y un ceporrismo también muy extremos. Dicho esto, tampoco me gusta la gente a la que le gusta todo. Me hacen vomitar. Hay un límite. Hay cosas que son claramente vomitivas.


Y después de esta especie de declaración de amor a la música pop acabas con un top ten de canciones que detestas. ¿Por qué?

Porque yo tampoco vengo de una cultura buenrrollista, vengo de un entorno muy bruto y muy salvaje. Crecimos insultándonos y faltándonos los unos a los otros y no me parece nada grave. En el fondo, si esto merece una reflexión final es que el gusto no es importante. Mis mejores amigos y la gente que más quiero no tienen buen gusto. No es algo que yo valore en una persona. No los valoro por su conocimiento. Me importa una mierda si les gusta Estopa. Al final del día los discos que tienes y los libros que has leído no sirven absolutamente nada a la hora de efectuar un juicio de valor sobre nadie.

Mil violines

Y otras crónicas sobre pop y humanos

de Kiko Amat

Mondadori

304 páginas. 17,90 euros

Barcelonés está editado por
Until We Change It.

Contactar para oportunidades de
Publicidad.

Política Editorial