Jordi Borràs: “Simplificar la violencia nos lleva a perpetuarla”

jueves, 21 noviembre, 2013

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La violencia puede ser espectacular. La violencia puede ser hasta estética, pero lo cierto es que la parte principal de la violencia no se ve, se ejerce sordamente día a día y apenas se muestra. En Warcelona, una història de violència (De l’ull al dit), el ilustrador y fotoperiodista freelance Jordi Borràs (Barcelona, 1981) ha reunido 109 fotografías que explican la violencia una vez ya ha emergido en las calles, actos ostentosos que nos llaman la atención, pero que en el fondo son la expresión última y más dramática de un conflicto sociopolítico largamente incubado: la violencia silenciosa e institucional de los recortes, los desahucios y la precariedad que, como denuncia David Fernández en el prólogo, se ejerce diariamente y en dosis poco espectaculares desde el poder institucional, financiero y empresarial.

Como dice el propio Jordi Borràs en la introducción, hay algunos tópicos sobre la violencia que son pertinentes, el principal de ellos que la violencia engendra más violencia. En Warcelona vemos muchas expresiones de esa violencia que se retroalimenta: la rabia social, fruto de violencias que se ejercen a pequeña escala, pero también la administrada desde el amparo de la legalidad. Entre 2009 y 2013, Jordi Borràs ha ido documentado con su cámara todas esas manifestaciones, huelgas generales, concentraciones y hasta celebraciones deportivas que han dibujado el paisaje de desasosiego en Barcelona, y las expresiones de violencia que muchas veces solo nos llegan de manera sesgada e interesada.


¿Cuál es el objetivo de este libro? ¿Crees que el tratamiento de la violencia política y social a los medios catalanes es pobre o tendencioso?
El objetivo ha sido reunir una serie de fotografías que quieren poner sobre la mesa el hecho que vivimos en una sociedad menos idílica que la del lema “Barcelona, la millor botiga del món”. Barcelona, como capital de Catalunya, es el centro de muchas luchas y reivindicaciones. Durante estos años de crisis económica es fácil que haya unas 40 manifestaciones semanales, la gran mayoría de ellas absolutamente pacíficas. Muchas veces sin embargo, son silenciadas o malinterpretadas según quien las explique. Los medios, que a menudo se quedan con la foto del contenedor quemado y no con la de la reivindicación en sí, no ayudan a desmitificar la violencia. Así que, puestos a hablar sobre violencia, hagámoslo de veras. Este libro contiene 109 fotografías con algunas de las mil caras de la violencia más visible en Barcelona durante las luchas de los últimos cuatro años, que también incluye, como aspecto principal del libro, la denuncia de la violencia por quien tiene el monopolio legal: la policía.

El objetivo es, precisamente, que el lector compare las violencias que salen en el libro y las asimile como parte ineludible del momento que vivimos. Hablar de violencia muy probablemente sea la única manera de empezar a superarla. La violencia de “Warcelona”, de hecho, se esconde detrás sus fotografías, la violencia sistémica, estructural, es la tesis principal de este libro.

Hablando de objetivos: ¿has tratado de ser objetivo tú? ¿Por qué sí o por qué no?
He tratado de ser objetivo en un libro absolutamente subjetivo. Me explico: la objetividad en el periodismo es una falacia, y como fotoperiodista soy incapaz de separarme de mi escala de valores y de mi manera de entender el mundo. Lo que sí he hecho, de la mejor manera que he podido, es mostrar todas las facetas de la violencia que podemos encontrar en los actos que he fotografiado. Lo que sucede es que a veces la comparación pone la piel de gallina: ¿El Starbucks quemado y los vidrios rotos justifican los centenares de heridos de más o menos gravedad incluyente las dos personas que perdieron el ojo durante la huelga del 29M? Objetividad, a mi manera, sería hablar de todo esto.


¿Qué explica este libro sobre Barcelona?
Su cara menos amable. Cuando todo se rompe y la tensión se respira en la calle. No creo que sea un libro que guste al Patronato de Turismo o al gobierno municipal. Supongo que por eso me encuentro que hay prensa internacional que se está interesando por el libro pero resulta que Barcelona Televisión es de los pocos medios que quieren saber nada sobre este proyecto. Era de esperar. A menudo se habla del carácter tranquilo del pueblo catalán, del pactismo, del talante dialogante y mil adjetivos más para justificar ciertas actitudes serviles que han tenido muchos de sus gobernantes. Nada más lejos de la realidad, sólo hay que hacer un repaso histórico por los últimos cinco siglos de historia para encontrar asedios, guerras, bombardeos, disturbios, huelgas salvajes (de las de verdad), conventos en llamas y disparos a las esquinas como una cosa habitual. Los catalanes diría que somos cualquier cosa menos como nos han querido hacer creer que somos. A pesar de que –contrariamente al que digan los titulares de los diarios el día siguiente de una huelga general– el último tercio del siglo XX y este comienzo del siglo XXI, están siendo una etapa bastante relajada.

De la experiencia en primera persona de la violencia a las calles, ¿qué conclusiones sacas?
Que la violencia, aunque traiga placa, genera más violencia. Combatir el malestar social y nacional con medidas policiales no sirve precisamente para acabar con la violencia, sino todo el contrario. Incluso un niño de cinco años es capaz de entenderlo. ¿Por qué, como sociedad, nos negamos a decirlo muy claro?


¿A quién crees que beneficia esta violencia?
Al statu quo. Sin duda la mejor manera de omitir un problema es creando uno nuevo. Se hace una huelga para reclamar derechos laborales y se acaba hablando de contenedores quemados, no de la reforma laboral, por ejemplo. Distracción masiva, para decirlo de manera breve. En la huelga general del 29-M se quemaron 250 contenedores. El mismo número que se quema, año tras año, durante la noche de Sant Joan. ¿Cómo es que cada 24 de junio no vemos titulares guerracivilistas si se queman los mismos contenedores?

¿Es una violencia instigada? ¿Crees que hay intereses detrás para estigmatizar algunos grupos determinados, o es espontánea y de alguna manera inevitable?
Hay de todo, y decir el contrario sería ingenuo. Pero hay que remarcar que no sería la primera vez que se demuestra que muchos disturbios –y no es ninguna leyenda urbana– son provocados por las propias fuerzas de seguridad. Como paradigma de todo, en Barcelona tenemos el Caso Scala. Pero desde entonces no han sido precisamente pocas las acciones donde, curiosamente, se han visto implicados policías de todo tipo. Es una cuestión de manual: la mejor manera de desacreditar un movimiento es hacerlo ir por dónde sabes que lo podrás desactivar.

¿Hay una violencia tolerada? ¿Existe en tu parecer una violencia justa o, al menos, justificada?
Hay violencia legal y violencia ilegal, y muchas veces es evidente que no siempre corresponden con los términos legítimo/ilegítimo. Esto, evidentemente, dependerá de la escala de valores de cada uno. Pero a menudo nos venden la moto de que la violencia legal es la justa y la ilegal es injusta, y esto no es nada más que una falacia como una catedral. Simplificar la violencia así nos lleva a lo que ya sabemos: a perpetuarla.


¿Crees que iniciativas como esta pueden de alguna manera transmitir un mensaje erróneo de que la violencia puede ser estética? ¿O bien piensas que el público necesita impactos fuertes por concienciarse?
Lo que pretende este libro es todo el contrario: desmitificar la violencia a partir de fotos que aparentemente pueden parece espectaculares. Si lees el libro y repasas fotografía a fotografía acabarás viendo lo absurdo de todo ello. Las fotografías de este libro son como las plumas de un pavo real: muestran aquello más espectacular para que te fijes en el que hay detrás. El mensaje que quiero transmitir, precisamente, es cualquier cosa menos la estética de la violencia. Desgraciadamente, para que la gente entienda lo brutal llega a ser una carga policial tienes que mostrar fotografías duras, algunas de ellas, como las que salen al libro, muy duras. Todo el mundo tiene grabada en la retina la fotografía de Ester Quintana con el rostro desfigurado que ella misma distribuyó. Esta foto sirvió, precisamente, para que mucha gente tomara conciencia y la lucha para prohibir las balas de goma tomara un camino que hoy en día empieza a materializarse en algunas decisiones importantes por parte de la Conselleria de Interior. El poder de la imagen es brutal, no nos tenemos que olvidar nunca.

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