Franzen, pixapins

viernes, 15 febrero, 2013

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Pixapins, meaplayas, robasetas, son términos que se aplican en los pueblos de Catalunya, de Guipúzcoa y de Navarra, respectivamente, para el dominguero típico; el que, llega el fin de semana, coge el 4×4 y se planta en un ambiente rural, víctima de aquello que Goncharov bautizó como el mal del ímpetu(*), consistente simplemente en que, una vez llega el fin de semana (si es con buen tiempo, mejor), a todos, animalicos, nos tira el monte (o la playa o las setas).


A ver, por partes: No sé si Franzen sería sujeto de diagnóstico avant la lettre de este mal; lo que sí que es verdad es que este último libro de ensayos que acaba de sacar Salamandra en castellano y Columna en catalán arranca con «Más Afuera» («Més Enllà»), la pieza que da título al volumen y que, a su vez, coge su nombre del de la isla a la que Franzen huye después de una temporada de alta actividad promocional de otro de sus libros y de alta actividad emocional, también, después del suicidio de su amigo David Foster Wallace, a poner paz en su cuerpo y alma dedicándose básicamente a dos cosas: desconectar -relativamente: Lleva un GPS y antes de la partida pasa a equiparse por una especie de Coronel Tapioca- y avistar pajaricos -una de sus aficiones confesas-.

Dos referencias aquí: primera, explícita: Daniel Defoe -Franzen lo cita con asiduidad y, precisamente, uno de los grandes valores de este libro es que podría llegar a mover al lector a correr a una librería de viejo a buscar «Robinson Crusoe»-; y segunda, implícita -no lo menciona para nada, pero ya lo digo yo-: Gerald Durrell.

Y dos agravios comparativos, claro: a veces es tirarse piedras al propio tejado, esto de invocar a los clásicos. Defoe y Durrell fueron maestros en esto de presentar al ser humano como isla, y esto es precisamente lo que Franzen va haciendo en cada uno de los ensayos de este libro: él mismo, la isla, claro, los libros, el escritor, el Estado de Nueva York, su amigo Foster Wallace… van apareciendo todos presentados como eso: islas; inalcanzables algunas, indómitas otras, haciéndose las remolonas las de más allá. La idea está bien, aunque original, original, tampoco es que lo sea. Ya verán, pásenle la prueba del pop:

¿Lo ven? Idea cogida. Que no hay nada de malo pero, claro, ya te da un punto sobre el que mejorar, a partir del cual poder ir más allá. Més enllà. Más afuera.

Además, Franzen acaba perdiendo pie: cae en alguna mención a un libro en argumentos tan así como el «es muy bueno porque yo lo digo»; mete una entrevista con el Estado de Nueva York que podría codearse con la que la Ballbé una vez se hizo a sí misma, en el ranking de peores entrevistas jamás inventadas. Y es una pena, porque Franzen haciendo ensayos pintaba de maestro: yo no paro de recomendar su «Cómo estar solo» (Seix Barral).


¿Saben qué? Voy a volver a hacerlo: corran a leer «Cómo estar solo», de Jonathan Franzen. Es un libro de ensayos impecable.

(*) No se pierdan el libro: «El mal del ímpetu». Ivan Goncharov. Ed Minúscula.

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