«Es cool mostrarse desdeñoso en un mundo que nos exige ser hipersensibles»

miércoles, 12 diciembre, 2012

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Foto: Lisbeth Salas

Emociónese así. Anatomía de la alegría (con publicidad encubierta) (Anagrama, 2012) es el último libro de Eloy Fernández Porta, sobre lo sentimental y lo público, sobre el amor y la mercancía y sobre como todo viene siendo, de alguna manera, la misma cosa fabricada por publicistas al servicio del capitalismo. Sin embargo, decir esto es decir poco de la nutrida trama de referencias y reflexiones que hace Fernández Porta sobre la subjetividad en la sociedad de consumo, un trabajo hecho con un peculiar sentido del humor que potencia la agudeza del ojo con el que este escritor observa el mundo.

“La publicidad produce momentos locos –de alegría, de furor, de noche propicia y mañana anhelante– y, al hacerlo, prosigue la línea abierta por la poesía y, en más de un sentido, la sustituye.”
Con dos signos de $ en los ojos te pregunto: ¿Cómo, cuándo, por qué?
La poesía habla de emociones, pero lo hace de manera metafórica, metapoética, metafísica o, sin más, metalatosa. La publicidad aborda un aspecto del mundo sensitivo que la lírica, al menos desde el movimiento simbolista, no tiene entre sus prioridades: la dimensión comercial y corporativa de la emoción. La cuestión no es qué marca trata de vender un anuncio sino cuál es la tensión social que, en el tránsito de publicitar el producto, se ve obligado a abordar. Puede tratarse de la tensión entre el comercialismo y lo espiritual (en la publi navideña), entre la subcultura y el mainstream (en los anuncios que describen comunidades alternativas) o entre la abnegación y la vanidad (en el anuncio de CR7 para Nike).

“Pero hemos crecido en unos tiempos, que una vez se llamaron postmodernos, en que los modos sentimentales y vehementes despertaban más suspicacia que entusiasmo. Y en se contexto hablas de la música indie.”
¿No queda otra que hacerse pasar por un no-músico, cantando fuera de tono, desafinando a veces, para que nadie se eche para atrás ante un exceso de poderío?
Nos hacen falta las dos cosas: la música preciosista y sobreproducida, que nos da acceso a una experiencia de lo sublime tecnológico, y también el no-cantante desastrado que, por comparación, parece espontáneo y desacomplejado. Sabemos que hace falta mucha técnica y mucha mesa de mezclas para producir lo espontáneo, pero aun con eso nos mostramos dispuestos a creer en esa ilusión de espontaneidad.

También hablas de “fans reposadas”, de que “el romanticismo es una variable entre la contabilidad y la moda”, de que “el orgasmo retenido es el más intenso” y de películas en las que se insinúan revolcones que nunca suceden (Lost in Translation). ¿Ser timorato es cool?
Es cool mostrarse desdeñoso, desapegado e indiferente en un mundo que nos exige ser hipersensibles, expresivos y pasionales. Ser cool es una forma actual del temperamento estoico, que desconfía de los histrionismos afectivos y prefiere el glamour de la sensualidad al kitsch del orgasmo y el aura del erotismo al tacto del pliegue carnal. Pero también puede ser una postura política, porque resistir, como San Antonio, a las exigencias e inducciones emocionales que nos llegan de todas partes es resistir a la ideología que viene con ellas.

“…a medida que el ámbito relacional se vuelve más complejo y formal –a medida que el carácter represivo de la vida social se combina con las políticas de la cordialidad–, el espacio íntimo se va tornando cada vez más peligroso y descortés: ahora es el lugar de evacuación ritual de las tensiones del mundo relacional.”
¿No ha sido siempre el hogar el lugar en el que se han volcado más frustraciones?
Lo es más ahora porque la Ideología de las Emociones actual da prioridad a los modos de relación consensuales, autorreflexivos, respetuosos y “feminizados”, y ese patrón relacional, omnipresente en la vida pública y en el ámbito laboral, crea una insatisfacción, un poso, un residuo, que no puede sino explotar en el espacio privado, donde a partir de una cierta fase de la relación no rige ya la corrección política.

Explícame por qué llamas a Guardiola, sin decir su nombre, Juan Salvador Gaviota.
El mercado del fútbol es utilitarista y despiadado; en cambio, la cantera es humana y “transmite valores”. O sea, que fichar deportistas adultos es “capitalista” y, en cambio, organizar una red internacional para captar niños con talento, sacarlos de la escuela, encerrarlos en un internado y convertirlos en superatletas semianalfabetos “no es capitalista”. Esa Idea, cuyo representante en la Tierra es Guardiola, es una mistificación ruralista, y forma parte de los procesos de mistificación por los cuales alguien declara que un espacio social ha quedado libre de la influencia del dinero. Llamo a esta construcción ideológica el síndrome de la aldea de Astérix: “Toda la Galia está comercializada… ¿toda? ¡no! ¡Una pequeña masía resiste ahora y siempre al invasor.” Los artistas son muy aficionados a ese síndrome, pero no son los únicos.

Dime cómo interpretarías que alguien se tomara como “algo personal” tu descripción de Guardiola.
Me lo tomaría con deportividad británica. Los aficionados neutrales estamos en mala posición, porque la cuestión no es ser culé o merengue sino mostrarse implicado en esa polaridad tan hortera –y, al parecer, quienes no estamos implicados y nos limitamos a ver partidos esperando que jueguen bien y que gane el mejor no somos de fiar.

“¿Dónde queda el sujeto? ¿Dónde el amante? (…) Más bien es, lo hemos señalado, un excedente, una sobra del devenir comercial. (…) El amante sobra.”
Dime por favor que alguna vez existimos como sujetos…
Se mire como se mire, el sujeto es un borrón. En el mundo digital es la fuente de la que manan los hipervínculos; la personalidad es intertextual, referencial y socialmente objetiva. En el ámbito publicitario es una reserva de pulsiones; el target es el personaje imaginario construido por las ficciones corporativas que encauzan esas pulsiones y dan forma a su dueño. En el espacio mercantil “lo humano” es un descuento: no hay nada que valga 20€, sino 19.95€, y esos cinco céntimos acreditan la presencia de un “trato humano, subjetivo y atento” en el trato comercial.

Esta cita de Micaela Marzano aparece en tu libro: “Las personas son abordadas como recursos humanos, de modo que el criterio principal que rige los tratos no es ya la apertura a Otro sino la gestión administrativa”. Cuándo pedimos a nuestra pareja que nos dedique tiempo, ¿le estamos pidiendo que haga horas extras como si fuéramos su jefe?
Sin duda alguna. Y, en justa reciprocidad, tu pareja te exigirá que optimices tu potencial relacional. Y tú, que se recicle en educación de género. Y ella, que amplíes tu portfolio de obsequios. Y tú, que se considere una ampliación de capital afectivo a fin de hacer posible la entrada de un nuevo socio eventual. Y al éxito de la empresa lo llamaréis Vida y a su quiebra Amor.

“No es mejor ser querido que ser reconocido. No en el mundo en que vivimos.”
¿Es una moda o una máxima que ha llegado para quedarse?
Más bien es un principio de sociabilidad. Las comunidades se articulan por medio de gestos de reconocimiento sociolaboral, no por medio de parejas que dibujan corazones en los pinos. Luego hay gente que dice amar a su comunidad como se ama a una pareja; suelen ser políticos, y es recomendable huir de ellos a la carrera.

“… los clientes de las subprime fueron aquellas personas que poseen lo que Suely Rolnik denomina ‘subjetividad basura’, esto es, un estilo de vida que, con pareja estable o sin ella, no podía aspirar a la nobleza de lo personal”.
¿Quién hay detrás de esa ‘subjetividad basura’?
De la misma manera que hay clases sociales hay también una estratificación de la subjetividad, que depende en parte del estatus financiero y en parte de la educación intelectual y sensitiva. El 25% de la población española que está en paro pertenece a la misma clase social, pero está estratificada de distintos modos en función de su construcción como sujeto emocional. Uno de los efectos de la crisis ha sido destapar el gran farol de la política cultural socialdemócrata: el relato del ascenso social por medio de la cultura y, con él, la idea de que la clase trabajadora puede acceder a la subjetividad de lujo, al precio de “normalizar” sus deseos. Este mito, que tiene mucha fuerza en el campo literario, ha quedado en evidencia al emerger una nueva figura, característica de estos tiempos: el lumpenproletario deluxe que, sin, dinero ni futuro, es un erudito y un gourmet en materia de consumo cultural.

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