Elsa de Alfonso: «No tengo ninguna idea de lo que quiero hacer, más allá de la ironía, del cliché y del histrionismo»

martes, 21 octubre, 2014

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Le pedimos a Elsa que nos hiciera una playlist con las canciones que han inspirado «Desencuentros», su primer EP. 

Anochece en Barcelona y quedo con Elsa, quien no ha tenido su mejor día y parece cabreada: “Me quiero ir fuera”, repite insistentemente. Nuestros ánimos son una tormenta otoñal. Llegamos al Cian, nos instalamos y pedimos unos refrescos. La conversa se arrastra y a los setenta y cinco minutos, cuando encarábamos los últimos metros, la grabadora del teléfono se va al garete. Toca empezar de nuevo, nos pedimos unos nachos con queso y guacamole y vamos al grano.

Flanqueada por un conjunto que incluye el prestigio de los líderes de Extraperlo, Doble Pletina o Beach Beach, Elsa de Alfonso ha realizado uno de los debuts de la temporada, un ejercicio de pop en sentido amplio que suena elegante y ensoñador; melancólico y agitado; entre la canción clásica y sus formulaciones electrónicas. Sin embargo, aunque justo ahora esté saliendo a la luz su primer e.p con los Prestigio, cualquiera que haya seguido el bullicio subterráneo pop de la Ciudad Condal durante el último lustro se habrá topado con ella de una forma u otra: bien sea liderando a sus combos Villarroel o No Band in Berlin, tocando con Imperio o Kana Kapila, montando las fiestas Relámpago, u organizando veladas como la última visita de Momus. Desencuentros (La Editorial de Canada, 2014) es la primera piedra de un proyecto que promete darla a conocer más allá del underground local y que la afianza como figura a seguir de cerca.


Los orígenes de la banda se remontan a la fiesta de presentación de Varadero, el disco debut de su hermano Adrián bajo el apelativo Don the Tiger. Esa noche se presentó en escena una versión primeriza, compuesta sin muchas pretensiones y para la ocasión por Pau Riutort (Beach Beach, Extraperlo, Capitán…), Borja Rosal (Extraperlo) y Elsa. La química funcionó, pero el proyecto quedó aparcado hasta que en verano le ofrecieron abrir para el poster-boy de la canción en baja fidelidad Sean Nicholas Savage. Poco después, al compás del bajar de los tragos del vermut, Elsa reunió a Pau y Borja junto a Laura Antolín (Doble Pletina) y Marc Ribera (de Doble Pletina e Imperio). Acorralándolas con el alcohol, les propuso que se unieran. Al poco estrenaban la evocadora y melancólica “El Oleaje”, grabada con un cuatro pistas en su casa y que obtuvo una más que merecida amplia resonancia entre los conductos subterráneos de la ciudad. El clip de la canción mostraba una Elsa más suelta y confiada; atrás quedaba la intérprete inhibida y reservada de otrora, su reverso escénico que languidecía temeroso y casi acuclillado en el escenario…

Su nuevo cool no es el único cambio, pero para quienes conocemos sus anteriores proyectos, el sonido de Los Prestigio no resulta tan sorprendente. Su primera banda, No Band in Berlin, tenía apuntes más confesionales y afectados, aunque ya sonaban destartaladamente refinadas. Características que se agudizaron en unas Villarroel que se balanceaban entre devaneos con el jangle/twee más trotón y los elegantes medios tiempos de corte australiano. Pero ambas bandas y los Prestigio se dan la mano en un gusto por las hechuras clásicas, por los carismas de la canción, el arreglo y el coser la composición, como ya se vislumbraba en creaciones primerizas de No Band in Berlin como “Teenage Love”. Lo que cambia es el rito matrimonial que emplean los Prestigio para casarse con las canciones: en algunos temas las guitarras pierden protagonismo favor de los sintes –como en las melodías y vaporosidades de Gardenias-, las percusiones sintéticas sustituyen a las baterías orgánicas, se digitaliza el sonido usando tímida y tentativamente el estudio como instrumento, y se embadurnan los arreglos con perfume Chanel y camisas horteras. Quizá lo que más descoloque sea la báscula agitada de Lo Nuestro, con su toque entre ZÉ records, italodisco y Family, con las clásicas guitarras de Borja Rosal escuela Chic, Aztec Camera u Orange Juice, brillando rítmicamente diáfanas.

En este sentido, Desencuentros es una ensalada con una mayor amalgama de verduras, algo que propicia que la autora se refiera al e.p. como “las cuatro estaciones del año”. Sin embargo, a pesar de la diversidad, la sensación final arroja una unidad temática construida alrededor del amor y las relaciones: “Me obsesionan mucho. Hacer canciones me sirve para separar el problema de mí y que ya no esté dentro, sino que esté en las canciones”. Las turbulencias sentimentales de Elsa son el motor creativo para unas composiciones en las que se muestran las interacciones amorosas como truncadas, inconsistentes, efímeras y fugaces: “El feliz desencuentro en el que nos encontramos tu y yo” (Gardenias); “Me pondré en tu lugar, te pondrás en mi lugar. Lograremos avanzar, si es que hay algo a lo que llamar, lo nuestro” (Lo Nuestro). En contraste a tanto refugio en la experiencia y en el yo, apenas hay letras de temática costumbrista: “No sé, no lo había pensando nunca. En ‘Sobre el Amor’ hay un momento en el que empiezo a decir ‘En el metro, en…’ Pero es como paja, es un trozo en el que da igual lo que diga (risas). Me rallaban mucho esas frases porque las veía demasiado terrenales. Pero Marc (Ribera) me dijo: ‘Si esto es lo mejor de la canción!’. Entonces decidí dejarlo y ahora me parece guay”. Un ejemplo más preciso de su temática compositiva lo encontramos en “El Oleaje”, que fue creada para Mar, una antigua ligue: “Cuando cerraba los ojos en su casa y había una tormenta, tenía miedo y se imaginaba que el universo colapsaba y que había un big bang al revés. También le daban mucho miedo las olas y el mar. Hice una canción para decirle: ‘esto que notas es el oleaje; siempre va a haber una sensación rara de ingravidez, que sube, viene, que va. Pero tranquila, porque es el mar, tú eres el mar’” La letra se complementó con trazos y baches de su personalidad: “Al final sirvió para consolarme a mí, a mis miedos y a mis dudas. En plan: ‘Tranquila, esto está ahí, es natural y no pasa nada; es muy triste pero es muy bello’”.


De hecho, quizá el momento del álbum que mejor defina a Elsa y a su proceso compositivo sean precisamente unas líneas de “El Oleaje”: “Mi mundo es un mundo elástico” (…) “Dime por qué siempre cambio de parecer”. La canción tiene una narrativa alrededor de la inconsistencia de los deseos y las emociones que se puede extrapolar a las relaciones, pero también a los momentos en los que se tienen que tomar decisiones y a una nueva forma de enfocar la creación, muy propia de la red, que es cada vez más volátil, líquida y mutante. Una situación en la que se han dejado atrás las fronteras entre géneros y estilos para pasar a los enlaces, al fluctuar. Sin pretender llegar a los extremos de las adalides del pop hipnagógico, incluso para ella, que quiere manosear alrededor de la canción, la mera perspectiva de cristalizar una fórmula le queda muy lejos: “No tengo ninguna idea de lo que quiero hacer, más allá de la ironía, del cliché y del histrionismo, porque sé que me gustan”.Su forma de crear es también inestable: “Hay mil maneras de hacer música. No tengo método creativo; si lo hay, es intentar un método, hacer una canción y luego pasar a otro. Cada canción es un proceso totalmente distinto que me he inventado para jugar a ver si funcionaba” En este sentido, confiesa que a la hora de componer utiliza un continuo equilibrio entre arriesgar y asegurar, lo que explica que, a pesar de ser un álbum de pop, haya detalles formales un tanto volcánicos: “Lo Nuestro” surgió gracias a “la inclusión de una base techno” que cambió el tema por completo, mientras que “El Oleaje” añade un par de minutos finales de procesión balearic ensoñadora que, cuenta, “buscaban romper el patrón, que fuera una canción pop que se alargara hasta los extremos, hasta que dijeras ‘no puede ser’”.

Una de las canciones que más ganas tenía de escuchar era “Sobre el Amor”, carta ganadora de sus directos, de desarmante fragilidad y belleza a cámara lenta. De cariz ceremonial, frases como “Has estado pensando y leyendo, sobre el amor”, seguidas por un “Y no sabes qué es… así que ya puedes olvidarte y empezar de nuevo”, provocan que la pieza se convierta en la plaza del ayuntamiento de las letras de este e.p. “Estaba en un día de esos que no entiendo nada, que no sé qué es el amor. Mira que hay canciones, películas, historias, conversas, y al final… Me imaginé que es lo que me gustaría que alguien que no me conoce me dijera por sorpresa”. Lo cierto es que la primera vez que la escuché sentí una decepción, tenía la sensación que Elsa había declinado avanzar hacia los abismos y había desteñido ese tinte borrascoso de la canción que tanto me gustaba en sus directos. Ahora, tal y como ha sido grabada, el resultado es un reflejo de su uso de la contraluz entre letras y música, entre la severidad de lo que se dice y el cómo se presenta: “Lo he hecho expresamente. Creo que la dualidad ironía-sinceridad es lo más potente que hay para explicar algo. Me gusta explotar eso. Creo que si intento ser muy sincera, al final me harto de mi misma y a todo el mundo por el camino (…) Si te ríes de todo, es como que tu discurso es más sincero. Tenía claro que quería usar el humor, creo que es una de las cosas más importantes. Yo siempre estoy partiéndome el culo y hacer un trabajo personal sin humor no tiene sentido. No voy a inventarme una personalidad” Para ella, “el histrionismo va de la mano de la locura, y la locura va de la mano de la verdad; entonces, es necesario (risas). Ser histriónico es ser libre”.

La variedad es, así, contemplada como una ventaja: “Lo que más me gustaría es que los Prestigio fueran como una radiofórmula pasada por una batidora y engalanada, a la que se le pone un traje nuevo”. En un momento en que algunas preguntas como qué música escuchas o a qué tribu urbana anglófila perteneces, mal que les pese a ciertos cronistas pop que creen seguir viviendo en los sesenta, han quedado más desfasadas que Antonio Machín, para Elsa una salida lógica es la alquimia y el eclecticismo: “Ahora que hay tanta información, donde todo el mundo tiene acceso a todo, para mí lo que más sentido tiene es hacer un remix loquísimo de todos los géneros. Además, a mí me sale sin planteármelo. Me gusta pillar clichés: ese sinte que suena, esa guitarra… Cuantos más, mejor”. Algo que está muy relacionado con lo que ella califica como el Prestigio: “Es una mezcla entre el cliché y la ironía. Coger los recursos típicos de mil géneros y meterlos, exagerándolos mucho. Eso es, está en todas partes” Al final parece que es una reconcepción más excéntrica de las clásicas virtudes necesarias para la composición de canciones que, confiesa, “es como un soneto, tiene sus normas” (…) “es una combinación de clichés que brillan sin ton ni son, como la purpurina, que tiene mil colores y no los distingues. Brillante, rosa, verde… Cuando los pones juntos crean algo, pero un trozo de purpurina solo no es nada. Una canción es igual” Sobre otros recursos creativos, señala que no improvisa, “no se me da bien y a los del grupo tampoco”, aunque sí añade tramos más abiertos: “En mis canciones siempre hay el momento varietés, el de aquí haz lo que quieras y aprovéchalo. Suelen ser cosas que no son relevantes y pueden ser de cualquier forma, como una especie de paja».

Como artista pop, no tiene reparos en señalar el carácter referencial de sus composiciones: “Anoto las cosas que me molan en una libreta, ahora estoy apuntando muchas frases de Los Detectives Salvajes de Bolaño, pero también ideas que se me ocurren, aunque luego nunca las use” (…) “A veces escucho un disco que me gusta mucho y luego me pongo a grabar y me sale sin querer una canción que podría estar allí. No podría ser porque es muy cutre, hecha con otros instrumentos, pero sin querer imito mucho” A ella no le parece algo negativo per se: “Para mí es guay, porque me posee, se me mete dentro. Para mí, la música es eso, llevo dos días escuchando algo y ya me expreso así, como un camaleón“. Este arrebato le resulta tremendamente placentero: “Lo que más me gusta en la vida, y lo que persigo siempre, es ese momento en el que algo, como una pasión o emoción, me posee y ya no controlo lo que estoy haciendo”. Un dato revelador es el actual cofre de demos de Elsa, con monedas de procedencia muy diversa: “Alguna suena un poco a The Knife, otra a Mikel Erentxun, otra es rollo Magnetic Fields, otra como El Guincho, Pegasus; una como Pau Riba vs Sean Nicholas Savage (risas). Otra es Abba a lo descafeinado. Otra era un poco My Bloody Valentine con el Gainsbourg cuando se iba a Jamaica a fumar porros” (risas), me dice, mientras yo intento discernir si me habla en serio o se está quedando conmigo.

A pesar de sus explicaciones, le comento que no considero en absoluto que su música sea especialmente derivativa, ante lo que ella tiene una teoría, la cual comparto: “En mi cabeza sí (imito), pero como los medios son tan pobres (risas). Es como Sean Nicholas Savage, tiene un disco que quiere imitar a Elvis pero coge cajas de ritmos y sintes súper cutres y al final suena otra cosa muy petada”. Se trata de un patrón que últimamente se repite muchísimo, en el que las desventajas técnicas y formales actúan como punta de lanza para conseguir una ventaja creativa. Otrora, bandas como Black Sabbath o Gang of Four terminaron consiguiendo nuevas formulaciones a partir de los errores, restricciones o incapacidades técnicas; hoy en día, toda una generación de retorcedores del pop occidental, con Ariel Pink, Julia Holter o Dean Blunt como algunas de sus principales exponentes, utiliza las particularidades de la baja fidelidad y de la bastardización estilística para conseguir resultados borrosos e inesperados respecto a sus discos favoritos de los setenta y de los ochenta, grabados a toda pompa en estudios carísimos. En el caso de Elsa no es tan extremo, ni tampoco lo pretende, pero afirma que “no saber” le ayuda a componer: “En esos momentos (de creación) me aprovecho de ser patosa, de no tener muchos medios, de no saber de música. Eso hace que yo intente hacer una cosa, pero salga otra, y que salga una cosa nueva cuando luego intento presentar bien todo eso” (…) “El pop se basa en reformularlo. Si te dejas ir, como la vida es muy random, puedes conseguir algo muy personal. Me gustan mucho los errores, me fijo mucho.”

Como hemos visto en su coctelera, Elsa es una persona de una vasta y relativamente desprejuiciada cultura musical, algo que viene tanto de su curiosidad como por parte de su familia: “Casualmente, la música estaba en mi casa, por mi madre y mi hermano, que tenía mil discos. Otra persona hubiera hecho otra cosa, pero yo tenía acceso a todo eso inacabable, que me llevaba a mil sitios. Devoré y devoré. Adquirí mucha sensibilidad por estar mucho rato escuchando cosas muy guays.” Por aquel entonces, utilizaba la música como evasión: “En mi familia el ambiente no era súper guay y en el cole tampoco estaba muy integrada, siempre necesitaba un sitio donde ir que no fuera la realidad” (…) “Algún arte tenía que haber, tenía la mente bastante despierta y sentía necesidad de ocuparme en algo. Si no hubiera habido eso, estaría escribiendo o haciendo vídeo”.

Tal vez este background, con exposición a artistas occidentales alternativos y mainstream, de proceder y actitud muy distinta, explique que Elsa, mas allá de la subyugación a ciertas convenciones de la canción, tenga pocas líneas rojas en cuanto a lo que debe ser una banda de pop o que, al menos, sea menos reacia a admitirlo abiertamente: “En la escena independiente se dan por hechas muchas cosas y otras muchas se rehuyen. Por ejemplo, Les Rita Mitsuoko, con sus pintas exageradas, tenían un diseñador detrás. O Grace Jones tenía un director artístico. Yo no rehuyo esas cosas. Sé que a mucha gente le podría parecer pretencioso, pero no creo que lo sea, porque al final es una propuesta audiovisual para todo el mundo. Estás poniendo una portada o a unos tíos en un escenario. Ya que es así, hazte cargo. A mí no me importaría tener un equipo que pensara todas estas cosas que a mí se me escapan”. Algo que ya ha hecho en una portada, realizada a pachas con YNTBP y Canada, que muestra su silueta fantasmal saliendo de un famoso modelo de telefonía móvil: “Me parece muy violento que haya gente que lleve un bicho tan elegante con la pantalla rota” (…) “La interpretación más fácil (de la portada) tiene que ver con desencuentros: tengo una cita con una tía, va mal, se rompe la pantalla porque lo tiro o ya estaba rota, y ver eso me jode la vida” (…) “La idea inicial era que de mi corazón sale un móvil roto. Al final le dimos la vuelta y del cacharro roto sale mi alma”.

Y así, con su gusto por forzar las cosas raras, “la única manera de que ocurran cosas, lo habitual es inerte”, señala; Elsa se encamina hacia un futuro álbum debut, para el que ya está componiendo y tiene una rebosante libreta llena de ideas y, por supuesto, clichés. Este es, definitivamente, un mundo elástico, yes!

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