EL MÉTODO SIMPSON

miércoles, 24 marzo, 2010

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De izquierda a derecha, los filósofos en amarillo: Sartre, Sócrates, Wittgenstein, Barthes, Foucault, Nietzsche, Marx y Kant

De izquierda a derecha, los grandes filósofos de la historia en amarillo: Sartre, Sócrates, Wittgenstein, Barthes, Foucault, Nietzsche, Marx y Kant

Es uno de los métodos más antiguos que la filosofía utiliza para ilustrarse a sí misma: tomar ejemplos de la vida real para demostrar la veracidad de su principios. Entonces, si la televisión marca la pauta de nuestra percepción de la realidad, ¿qué mejor  aparato de ejemplos que la serie más longeva y de mayor éxito de la historia? A través de una veintena de ensayos de diversos autores, «Los Simpson y la filosofía» consigue iluminar los principales conceptos filosóficos de pensadores como Aristóteles, Heidegger o Barthes a través del comportamiento exagerado, pero al fin basado en modelos reales, de la familia más célebre de Springfield y algunos de sus infames habitantes. Así, la intención confesa del volumen no es elaborar una filosofía simpsoniana, sino demostrar cómo los sistemas filosóficos puede aplicarse incluso a un pastiche tan posmoderno y en apariencia absurdo como los dibujos animados para adultos.

El resultado, un poco a la inversa de lo que ocurre con el propio show, es en primera instancia pedagógico y en segundo lugar tremendamente entretenido, pues aísla la filosofía del pedregoso campo de la abstracción y la sitúa en un paisaje de dibujos animados donde sus ideas y conceptos cobran vida, ni que sea en la forma de estereotipos caricaturizados de piel amarilla y cuatro dedos por mano.

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Irreverentes, iconoclastas, profundamente posmodernos, los dibujos animados más célebres de la historia son una excelente materia para la filosofía, pues es una serie tan longeva (20 temporadas) que por fuerza ha debido tratar muchos y muy diversos temas, a menudo bebiendo de la vida política y cultural de Estados Unidos, el epítome de la modernidad occidental. Se trata, así, de un producto denso en referencias –lo que los autores denominan citacionismo– que permite (al menos) dos niveles de disfrute: en un primer plano, apela al humor primario al estilo slapstick que todo el mundo puede captar; en una segunda lectura –digamos más intelectual– funciona como una ácida parodia que conecta la alta y la baja cultura y realiza dobles sentidos y alusiones a la actualidad con una clara intención crítica.

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Por tanto, como programa de gran popularidad, «Los Simpson» es al mismo tiempo un producto completamente accesible y altamente complejo. Absurdo y en ocasiones grosero, pero también sofisticado y repleto de inputs nada fútiles. Así, siguiendo el  método socrático de conocimiento o desentrañando las conexiones simbólicas que establecen sus capítulos a la manera de las parábolas, Los Simpson y la filosofía consigue demostrar que, en razón de las categorías aristotélicas, no podemos derivar que Homer sea un hombre virtuoso –de acuerdo, tal vez para este corolario no hiciera falta Aristóteles–, pero que en cambio sí podemos extraer enseñanzas positivas de su “embriagadora pasión por la vida”.

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Como es lógico, las principales cuestiones que emergen de la visión de la serie creada por Matt Groening tienen que ver con la ética y la moral: Bart y su rechazo a los convencionalismos en el espejo del Superhombre de Nietzsche o la hipocresía y la corrupción reinante en las esferas públicas de Springfield frente al imperativo categórico de Kant. Pero el volumen editado por William Irwin –responsable de decenas de compilaciones que contraponen la filosofía con asuntos de la cultura popular como las Harley Davidson, «Seinfeld» o U2– también explora otros temas como el intelectualismo de Lisa entendido como un atributo considerado negativo por parte de la sociedad, el pragmatismo de Marge, la filosofía del lenguaje de Wittgenstein y el budismo zen en el mutismo de Maggie o la urgencia simbolista del magnate Burns, lo que le impide disfrutar de nada, ni tan solo de sus riquezas materiales, por lo que es sino por lo que representa.

Por supuesto, y los autores lo saben, afirmar que «Los Simpson» lleva explícito un mensaje filosófico intencional es caer en una peligrosa falacia, por mucho que Matt Groening fuera estudiante de esta disciplina en la universidad. (Y además, con toda seguridad convertiría a esta telecomedia en el tratado filosófico más costoso de la historia, con un presupuesto de un millón y medio de dólares y cerca de 300 personas trabajando ocho meses en cada capítulo.) En cambio, como gran obra de ficción, la serie cumple la función de producir conocimiento, empatía y empaque moral a través de la identificación con los personajes. Un proceso más o menos similar, salvando las distancias, al que se produce leyendo «El rojo y el negro» de Stendhal o a Sófocles.

De hecho, Paul A. Cantor, uno de los autores antologados, se atreve a situar a «Los Simpson» en un nivel superior a «La crítica de la razón pura» de Kant de acuerdo con el razonamiento nietzscheano, pues en su opinión la serie realiza “una defensa del hombre común contra el intelectual, pero de una manera que tanto un hombre común como el intelectual pueden comprender y disfrutar.”

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Si, para Nietzsche, la comedia era “la descarga artística de la nausea del absurdo”, tal vez al añadir absurdo al absurdo mientras disfrutamos de «Los Simpson» –con o sin filosofía recreativa–, la cosa cobre algo de sentido. Mosquis.

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