El legado de Miró a Barcelona

jueves, 5 junio, 2014

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F. Català-Roca. Joan Miró observando la fachada del Aeropuerto donde se instalará el mural de cerámica. Barcelona, 1971 © Fons Fotogràfic F. Català-Roca – Arxiu Fotogràfic de l’Arxiu Històric del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya

En las postrimetrías del franquismo, a finales de la década de 1960, España vivió un momento de apertura e internacionalización, que continuaría desarrollándose durante la transición. Desde un punto de vista estratégico, fomentar la llegada de capital extranjero era una de los pocas opciones viables para un país que, en palabras del historiador Pierre Vilar, estaba experimentando un despegue fulminante y controvertido tras veinte años de autarquía y estancamiento. Las políticas culturales se erigieron como representantes de la necesidad de abrir las fronteras, reclamada también por parte de la oposición al régimen, y cuya inevitabilidad la dictadura había terminado por aceptar.

Por entonces, en 1968, la Fondation Maeght decidió dedicar una exposición a Joan Miró en su sede francesa, en Saint-Paul-de-Vence, coincidiendo con la celebración del 75 aniversario del artista, cuyo reconocimiento internacional era ya incontestable. A través de varios intermediarios –entre ellos el galerista catalán Joan Prats y Jacques Dupin, el comisario de la muestra celebrada en Francia–, la posibilidad de acoger la exposición en Barcelona se le planteó al alcalde franquista José María de Porcioles. El Ayuntamiento aceptó la propuesta, y la muestra, titulada “Miró”, se expuso en el antiguo Hospital de la Santa Creu entre noviembre de 1968 y enero de 1969. El autor, sin embargo, no asisitó a la inauguración.

A los pocos meses se celebró en el Colegio de Arquitectos otra exposición, titulada inicialmente “ORIM” (Miró, escrito al revés) y después “Miró, otro”, cuya intención primordial era actuar como contrapunto a la muestra organizada unos meses antes por la administración. En palabras del cineasta Pere Portabella, “se trataba de dar una visión de la obra de Miró, antes, durante y después de la guerra (1936-39). Denunciar la manipulación de la cual era objeto Miró por parte del régimen durante el año Miró declarado por el Ministerio de Información y Turismo en 1969 (murales por todas partes, lo querían nombrar también miembro de la academia…)”. Portabella filmó la acción que daría inicio a la exposición, pues además de exponer obras del Miró más comprometido políticamente, el propio artista fue invitado a participar y realizó, en colaboración con los cuatro jóvenes arquitectos (Pep Bonet, Cristian Cirici, Lluís Clotet y Òscar Tusquets) que comisariaban la muestra, una intervención efímera que consitió en pintar conjuntamente la cristalera de la fachada del edificio. Al clausurarse la muestra, el mismo Miró destruyó la obra, cosechando críticas y alabanzas por igual.

Pese a todo, el distanciamiento crítico de Miró le permitió aprovechar la situación política, y entre 1968 y 1975 proyectó tres obras que ofrecería a la ciudad de Barcelona. La primera de ellas fue el Mural del aeropuerto, que le fue encargado por el Ayuntamiento en 1968. La nueva terminal que acababa de inaugurarse tenía una pared exterior de 50 metros de largo por 10 de altura, en la que el artista proyectó un mosaico de las mismas dimensiones. Para realizar esta obra, Miró trabajó con los ceramistas Josep Llorens Artigas y su hijo Joan Gardy, con quienes había colaborado a lo largo de la última década. La obra fue una donación a la ciudad, ya que Miró renunció a cobrar por la creación y sólo se cubrieron los gastos de ejecución material de la pieza. El mural fue inaugurado en 1971, y en ese momento se hizo público, a través un artículo de Lluís Permanyer en La Vanguardia, que la voluntad del artista iba más allá del mural del aeropuerto.

Proceso de realización del Mural del aeropuerto



A partir de la realización de este mural, Miró tuvo la iniciativa de aportar a Barcelona otra obra que diera la bienvenida a los viajeros que llegaran a la ciudad por tierra. Paralelamente, había estado trabajando en una escultura de gran formato para la ciudad de Chicago, un encargo recibido en 1963 por la Brunswick Corporation. Tres años más tarde, el proyecto se paró por falta de financiación, de manera que en 1968, coincidiendo con el encargo del aeropuerto, Miró decició proponer dicha escultura, titulada Moon, Sun and One Star (Sol, luna y una estrella) a la ciudad de Barcelona. Así, expuso al alcalde la posibilidad de instalar la escultura en el Parque de Cervantes, situado a la entrada de Barcelona por el extremo sur de la avenida Diagonal. Además de discutir la realización material de la pieza con los Artigas, Miró trabajó también en esta ocasión con el arquitecto Josep Lluís Sert, amigo íntimo y colaborador habitual, encargado de valorar las posibilidades de ubicación de la obra en el entorno urbano. Aunque el proyecto no llegaría a realizarse en Barcelona –sí en Chicago, cuyo Ayuntamiento recuperó la idea en 1981–, el Étude pour un monument offert à la ville de Barcelone (Estudio para un monumento ofrecido a la ciudad de Barcelona) puede verse hoy en el patio norte de la Fundació Miró, gracias a la donación que Pierre Matisse –marchante del artista en Estados Unidos– hizo con motivo de la inauguración del centro en 1975.

Proyecto de escultura para el Parque Cervantes, junto a la entrada sur de Barcelona por la Diagonal.


Según la concepción de Miró, el triángulo debía completarse con otra obra que recibiera a los visitantes que llegaran a la ciudad por mar. La ubicación elegida fue el Pla de l’Os, en Las Ramblas, donde se instalaría un mosaico en el pavimento. A pesar de que el proyecto estuvo parado un tiempo –según declaró el propio Miró en prensa, por causas burocráticas que atribuía a la falta de interés del Ayuntamiento–, el Mosaico del Pla de l’Os se inauguró finalmente en diciembre de 1976. Para asegurar su durabilidad, los materiales empleados, siguiendo el asesoramiento de Joan Gardy, fueron baldosas de cemento y vidrios de colores triturados. Se trataba de la primera obra que Miró pensaba para ser pisada por los transeúntes.

Mosaico del Pla de l’Os, en las Ramblas

Años más tarde, en el contexto de la transformación urbanística de Barcelona de principios de la década de los 80, el Ayuntamiento –esta vez encabezado por Narcís Serra– propuso a Miró que realizara una escultura para el Parc de l’Escorxador, hoy llamado Parc de Joan Miró, donde había estado el antiguo matadero municipal y que se había reformado como parte de la intensiva renovación urbanística que vivió la ciudad entre los años de la transición y los Juegos Olímpicos de 1992. Así, entre 1981 y 1982, Miró, que tenía ya cerca de 90 años, proyectó para el parque una escultura de gran formato basada en una obra ya existente, formada por una estructura de cemento cubierta de trencadís que representaba una mujer y un pájaro. La instalación de la obra fue una de las primeras acciones que se llevaron a cabo en el proceso de reforma de la zona, pero las autoridades políticas retrasaron hasta 1983 la inauguración de la que sería la última obra monumental de Miró.

“Dona i ocell” (Mujer y pájaro), 1981-82

Además de la propia Fundació Miró –cuyo edificio es obra también de Josep Lluís Sert– y de la escultura Étude pour un monument offert à la ville de Barcelone que se conserva en uno de sus patios, las obras de Miró instaladas en el espacio público de Barcelona son una parte esencial del extraordinario legado que el artista dejó a la ciudad. Precisamente en la Fundació puede verse estos días “De Miró a Barcelona”, una exposición de pequeño formato dedicada a este legado que da inicio a una serie denominada “Miró. Documents” y que, a través de sucesivas muestras, permitirá al público valorar la riqueza universal de su lenguaje y de su posición artística y política.

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