Diario de un Haragán. Visiones y pensamientos estivales de un escritor de cercanías

jueves, 21 agosto, 2014

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1. Estoy en Trompatromp. No lo busquen en el mapa, porque es un villorrio insignificante de l’Empordà, y además acabo de cambiarle el nombre. Naturalmente. Trompatromp es un pintoresco pueblete gerundense donde viven trescientos humanos, un número mucho mayor de gallinas cantarinas, cerdos elegantes y afables vacas, y una población fluctuante de confusos pixapins que afloran aquí cada semana santa, verano y fiestas de guardar, simulando deleitarse con el omnipresente pestazo a purines de puerco y medio descabezados por la tramontana. Entre ellos, sin duda, me cuento yo. Ustedes se preguntarán qué hace aquí un urbanita redomado como este, su escritor de cercanías favorito, alguien con apetito por las cosas sofisticadas de la vida (o cuanto menos por las que están al alcance de su mano), un hombre a quien desde muy niño sedujo el neón de color rosa, los atracos en chaflanes y las emisiones de dióxido de carbono potencialmente criminal de las grandes urbes. Se lo diré sin más preámbulos: aburrirme como una rata.

2. Pero no sufran por mí. Para tipos como yo, aburrido está bien. Cuando no me aburro, suceden cosas malas y maltrato a mi (único) don. Además, aquí me aburro sin aburrirme realmente, no sé cómo decirles: me levanto antes que nadie, a las ocho de la mañana, sintonizo Catalunya Música (que aplica bálsamo sobre mi magullada alma; aunque cuando suena Tchaikovsky me entran ganas de conquistar los Urales a lomos de un corcel), bebo café, leo y/o escribo -incluso a veces me da por pensar y se me ocurre algo ingenioso-, y espero a que se ponga en pie el resto de mi anaranjada familia (mi mujer y mis dos hijos son muy pelirrojos, quizás ya lo sepan). Me agradan la pulcritud y el orden de la vida militar, las camas hechas y la ropa plegada, las cosas que permanecen donde deben estar, no tiradas por ahí de cualquier manera.
Cuando, dos horas después de mi castrense diana, aparecen los tres coloraos en el salón con ojos de boxeador, andares de babosa y reflejos de madera, desayunamos y trazamos (modestos) planes para el resto del día. Estos planes nunca incluyen vertiginosos descensos en rafting ni safaris de caza mayor, sino que pueden resumirse en varios binomios tipo test de fácil resolución, y por ende acumulativos: playa o piscina; si es playa: L’Escala o Port de la Selva; si es piscina… Bien, ya lo van pillando. No pienso repetirlo porque estaba aburriéndome incluso yo. De cuando en cuando surge la placentera oportunidad de romper la rutina y hacer dos espaldas (como dicen los apaches) con mi mujer, pero eso no es demasiado frecuente. Durante el día, porque siempre ronda por allí algún diablo bermejo capaz de meterme una pieza de Lego en el culo si me confío y descuido la guardia en el frenesí de la cópula. Y al caer la noche, porque estoy tan (incomprensiblemente) agotado que carezco de fuerzas para acometer siquiera el más testimonial y parsimonioso de los dinamismos pélvicos.
Así: me aburro, pero es un aburrimiento bonito y dulce. No es ese palizón fastidioso al que nos someten algunos conocidos al toparse con nosotros en la calle (colegios, líneas educativas, alimentación, extraescolares, casals d’estiu y toda esa mierda intolerable) y que me hace entrar ganas de vaciarme los globos oculares con la llave de la moto. No, es un aburrimiento que merece la pena, que sustituye a muchas otras cosas del universo.
– Boi, ¿por qué no me has avisado? -le preguntaba yo ayer a mi hijo mayor, a quien se le habían escapado un poco las aguas mayores en pleno enardecimiento lúdico.
– Porque si voy a hacer caca me pierdo cosas -me dijo él.
Yo sonreí. Al contrario que mi hijo mayor, no temo ya perderme cosas. Los eventos musicales atractivos se suceden de forma interminable (Festigàbal con The Van Pelt, Aina reuniéndose por centésima vez en el Sant Feliu Fest, Kurt Vile en Barcelona y un angustiante etcétera) y yo permanezco aquí, con los pies en el mar, un dedo en la nariz y la mente a 17.000 parsecs, en la galaxia de Andrómeda.
Pero, como les decía, no sufran por mí. Mi exilio es deseado, y este sí es país para viejos, y aquí puedo andar erguido sin que nadie sospeche los leviatanes de amargura y demencia que se agolpan en los corredores pestíferos de mi psique. Aquí estoy bien, y hagan el santo favor de no moverme.

3. Dejemos por el momento mi grata vida sexual y mis tediosas cotidianidades, si les parece. El desayuno planificador matutino del que les hablaba antes suele concluir con una tanda de preguntas de mi hijo menor que, por norma general, no tienen nada que ver con lo que acabo de contarles. Mi hijo menor, que tiene cuatro años y un morro que se lo pisa, últimamente parece obsesionado con mi muerte. Espero que no me haya salido siniestro o heavy, porque me da algo. Ayer por la mañana estaba él haciendo el bobo (para entretener a su fiel audiencia, que somos los tres restantes) y yo le grabé en video con el móvil, y luego le dije:
– Cuando seas mayor les enseñaré a tus novias estos videos donde haces el majara, Lluc.
Y él, impávido pero con la sonrisa invertida de un alfil maligno, me contestó:
– Cuando sea mayor tú ya estarás muerto.
¡Su puta madre! Con perdón, pero: ¡Su puta madre!
Lluc, hijo de mi vida, me estás tocando las bolas de drac. Aunque, la verdad sea dicha, prefiero que Lluc me pregunte por mi defunción a que me interrogue mi sobrino, que se acerca a mí -demasiado a menudo como para dejarlo pasar- y me suelta:
– ¿Por qué eres tan bajito, Kiko?
– En Sant Boi todo el mundo es así -le respondo yo, para no pegarle un buen puñetazo en el colodrillo- Es por la contaminación. Yo soy de los altos del pueblo, no te creas.
Y él me mira con tremenda suspicacia, pensando sin duda en cómo encaja en todo esto el bueno de Pau Gasol (que no cuenta, espabilados, porque aunque vivió allí durante su juventud no nació en Sant Boi, y por tanto no acarrea genes hereditarios de enanismo).

4. Pero les hablaba de aburrimiento, pertinaz y viscoso como un sayo de blandiblub. Trompatromp es un pueblo cuco y muy, pero que muy, plácido. O sea, plácido hasta la locura. Plácido de querer quitarte la vida, como le sucedió a George Sanders en Castelldefels o a Walter Benjamin en Portbou. Trompatromp, fíjense ustedes, no tiene ni bar (repito: no tiene bar), lo que no es óbice para que un par de sus ciudadanos sean célebres dipsómanos que se dedican a pisotear cíclicamente dicha placidez. No, no hablo de mí, maldita sea. Uno de ellos es un fulano portugués peinado con cresta mohicana (no es broma), y el otro es un caballero a quien yo llamo El Payés Cantante. Dicho así suena a singularidad folklórico-ancestral, como la Monja Levitante o el Buey Ventoseador o algo similar, pero nada más lejos de la realidad. El Payés Cantante es el típico marrullero-bocazas estruendoso y cripto-pendenciero de habitat rural que todas las aldeas parecen poseer, de aquí a Tor. Su historia es de sacar los kleenex: su mujer se suicidó en el salón de su casa (situada a cuatro puertas de la mía), y a él le quitaron la custodia de las dos hijas.
Desde entonces, el Payés Cantante se bebe hasta el gas de los mecheros y el combustible de los tractores y al caer la noche, ya mamado como una mona, espanta su mal berreando por las ventanas una alarmante selección de lo peor de la M80 internacional, el folklore catalán y el pop-rock español en franco desuso. Anteayer mantuvo a la calle entera en vela mediante un alcoholizadísimo potpourri radiofónico que incluía el «Espaldas mojadas» de Tam Tam Go! («Voy cruzando el riooo…»), la abyecta «Man eater» de Hall & Oates, «Englishman in New York» de Sting y como colofón un «El meu avi» a cappella -ya sin radio de fondo- aderezado con estentóreos YEEEEEEEEEAs y WOOOOOOOOOAs que, con franqueza, me rompieron el corazón. Porque, pese a su aparente carácter festivo, eran claros alaridos de luto (aunque, sin duda y si hemos de ser completamente sinceros, también fruto de la burricie y el desdén por el vecino). A ratos el Payés Cantante parece que también conversa con otro piernas, pero yo a este segundo señor no le escucho contestar en ningún momento. Lo que, por supuesto, me inquieta. Una buena esquizofrenia quizás sea lo último que necesita ahora mismo el Payés Cantante.

5. Un poco más arriba dije que Trompatromp era «plácido», pero lo cierto es que uno solo tiene que cavar un poco para topar con los convulsos acuíferos subterráneos. Como en Salem’s Lot. Tras esa patina de mansedumbre y bonanza rural laten frenéticos los odios, envidias y malojos que se han ido acumulando en las cavernas emocionales del pueblo durante generaciones. De vez en cuando me da por interrogar a fondo a alguna vecina, y las sagas de adulterio, bancarrota, violencia y abuso de poder que me relata logran estremecerme de la cabeza a los dedos de los pies. Aquí todo el mundo lo sabe todo de todo el mundo (aterrador pensamiento), ¿Cómo no odiar al prójimo? Freud tenía parte de razón: hay instintos primarios que es mejor mantener a buen recaudo y bajo doble candado. Pero en Trompatromp los desvaríos y malifetes del abuelo se llevan aún en la frente, como una buena pancarta respondona, de forma que no hay manera de trazar un sendero propio, de ir por el mundo sin roles ni preconcepciones, como sucede en las ciudades con Corte Inglés. No, aquí eres para siempre «el nieto del Cirilo», y la peña jamás olvidará que Cirilo practicaba estupro con becerros y se quedó con los olivos del Calpurnio. Ese está loco, el de allí es un atorrante, aquella bebe Pato WC con sifón, el niño de la otra es más obtuso que el proverbial Abundio, aquellos dos se entienden bajo la higuera del Petronio y así hasta el desespero. Trompatromp parece la Francia de Vichy: hay un traidor en cada esquina, y un puñal tras cada ventanal.

6. El plomizo pero masajeante aburrimiento que comentábamos más atrás se torna más patente si uno llega aquí desde un lugar movidito. Este verano tuve que realizar un dañino paréntesis en mis catalépticas vacaciones y viajar a Gijón -una ciudad que me arranca de cuajo la salud mental, espiritual y física- por motivos laborales. Y luego volver a Trompatromp sin hacer escala, lo que se me antojó como pasar de la hipervelocidad galáctica del Halcón Milenario a nadar braza en brea. Y hablando de velocidad: allá en Gijón un amigo ex-mod me obligó a punta de pistola (ja, ja) a acompañarle a pillar speed. ¿Saben dónde se realizó la delictiva transacción? Se lo diré (presten atención porque esto es la típica basura que suelto en una novela y nadie se traga): en la puerta del Tanatorio local. Dos skins gorditos estaban allí mercadeando con estimulantes, en lo que a mis ojos se reveló como la maniobra comercial más disparatada o absolutamente genial de la historia del tráfico de drogas. «Se ha muerto mi tío Jeremías, le incineran en diez minutos. ¿Me pasas medio gramazo de speed para matar la espera?».
La madre que parió a los asturianos.
Así, un día me encontraba yo adquiriendo anfetamina pulverizada en un establecimiento funerario gijonés de manos de dos cabezas rapadas adiposos, y al siguiente estaba aquí, en Trompatromp, mirando a una vaca. Y créanme si les digo que lo de observar rumiantes no es una actividad que pueda eternizarse en el tiempo, ni tampoco que le permita a uno reflexionar demasiado sobre los entresijos de la condición humana y el espíritu. Máxime, uno puede cavilar sobre la historia de José y el sueño de las vacas flacas del Faraón (Génesis 41), y sanseacabó. Por lo demás, uno tiene que admitir que está allí contemplando un bóvido con un fascinante aparato digestivo, y que sacrificado y tendido sobre unas brasas candentes suele quedar pero que muy suculento, pero poco más.

7. Lo de Gijón ha sido, en cualquier caso, el proverbial clavo sobre mi féretro, porque este estío me encuentro algo deprimido. La moral baja, los ánimos por los suelos, ya saben. Como autor y como hombre, y en horas muertas incluso como padre. No sé qué rayos ha sucedido, pero un día me levanté y me había desaparecido el ego. Así se lo digo. Mi sólido y gran EGO, que me había transportado a través de épocas ominosas y periodos onerosos, junto al que había vadeado revueltos ríos de filo-fracaso, humillación y defenestre, mi viejo compañero de goles y faltas, mi muleta y escudo ante la incertidumbre y la congoja existencial. Ya no está. Se largó. Quizás abusé de su paciencia, quién podría decirlo. Solo sé que me he quedado con lo puesto, con lo que llevo conmigo en esta absurda bolsa y en este absurdo cuerpo. Y créanme si les digo que ese cuerpo no es algo hermoso de contemplar. Mis partes pudendas parecen, como diría Dylan Moran, algo que podría colgar de las fauces de un tiburón.

8. Por fortuna, los padres no tenemos tiempo para compadecernos de nosotros mismos ni para analizarnos los jardines colgantes de Babilonia durante largos periodos de autoexamen. Demasiado que hacer, demasiado que hacer. Cada mañana agarro a mi familia en volandas y los conduzco a la playa, donde me rodean chicas jóvenes con las uñas de los pies color turquesa y las carnes más tirantes que la lona de una cama elástica. Ellas ni alcanzan a verme, por supuesto, por antiguo y por padrazo, y eso hace que el asunto resulte grotesco por partida doble: pues, imposiblemente, me siento joven. Cercano a ellos de algún modo, aún adolescente en mi corazón, como si ninguno de los desaires y entusiasmos de los diecisiete hubiese cauterizado aún, su cicatriz tan visible aún como el corte de apendicitis que sesga mi abdomen. Esa debe ser, ay amigos míos, una patología certificada, un desvarío médico clasificable y con nombre raro de raíces griegas. Un trastorno mental como la vigorexia o la anorexia mediante el cual el sujeto se ve mucho más joven de lo que realmente es. Kurorexia (acabo de acuñar el término): delirios de juventud en un cuarentón abatido, pero que conserva aún poderosas ansias de trotar por estos mundos de Dios. «Mejor morir como indio que vivir como coyote», dicen en el Apaches de Oakley Hall, que acabo de terminar. Un aforismo cuya aplicación en mi vida veraniega aún estaba por descubrir, y que acaba de aparecérseme cual visión mariana.
– ¿Cuando yo tenga 60 años tú aún estarás vivo? -vuelve a preguntarme mi hijo Lluc, todavía en modo goth, aún dándole vueltas a lo de mi longevidad y/o prematura defunción.
– Déjame pensar -respondo, realizando la operación matemática con cabeza y dedos lo más rápido que puedo (soy de letras)- Mmmm, ¿A los 99? Leches, seguramente no.
Él lo toma con admirable sang-froid nórdica y se marcha a conversar sobre Invizimals y Bola de Drac con su también herrumbroso y moteado hermano mayor. Una pena, porque quería decirle que si realmente aún estoy vivo a los 99 todo indica que seguiré creyendo que tengo 17, como el gilipollas que soy.
«Es triste y ridículo, y es así», que diría Julio Camba.

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