Cuando el Raval se vuelve París

lunes, 3 diciembre, 2012

Por

 

Pelàez invocando a los espíritus libro mediante, en Robadors 23

Entramos en La Masia de la calle Elisabets y vemos, entre humo y voces, a Isabel Obiols, la editora, y a Sebastià Jovanni, el escritor. Hola, ¿trabajando?, saludamos. Nos responden que sí, así que nos sentamos en otra mesa. Qué calladito se lo tenían, pensamos; y nos quedamos esperando a que llegue nuestra amiga Gemma.

Pasa en el Raval todo esto una tarde cualquiera de hace unos años. Meses después, La Magrana publica «Emet o la revolta», la novela negra en cuyo interior -Obiols y Jovanni lo sabrán- bien pudiera encontrarse algo -presente aunque sea por su ausencia- decidido aquella tarde en aquel mismo local. Una coma eliminada, una frase borrada a click de ratón, que fuera tachada primero con boli rojo en el manuscrito, en el mismo momento en que nuestra amiga Gemma nos explicaba cualquier otra cosa que nada tuviera que ver.


Cambien La Masia por el Tabou; cambien el Raval por Saint Germaine-des-Pres; cambien a esta cronista -saldrán ganando de largo- por Boris Vian; y cambien «Emet i la revolta» por «El extranjero», por «La nausea»… Se encuentran ahora en el París de entreguerras; se encuentran ahora leyendo «Manual de Saint Germaine-des-Prés”, editado hace relativamente nada por Gallo Nero. Salgan del Tabou y acompañen ahora a Boris Vian al Bar Vert. Como no lo conocen, como aún no han leído el libro y no quiero hacerles ningún spoiler, déjenme que nos quedemos en el Raval. Estamos en el (H)original, de la calle Ferlandina. Pongan que es miércoles y que entramos, en línea recta, hasta más allá de la barra, más allá de los lavabos, más allá del salón-comedor; que apartamos la cortina del fondo y que encontramos a mano derecha, tras una mesa llena de libros de colores, a los editores Miquel Adam, Ester Andorrà y Marc Romera; y tras ellos, un escenario presidido por una mosca de (esperemos) imposibles dimensiones y una silla que fallando el golpe se ha estampado contra la pared y ahí se ha quedado, pegada en caprichosa postura antropomórfica.


Max Besora recitando, Joan Todó mirando, en el (H)original de la calle Ferlandina.

Pongan que allí anda recitando alguno de los poetas, metido a narrador de la editorial Labreu; pongan que es Max Besora o pongan a Joan Todó, por ejemplo, en su visita mensual a la capital, recién llegado de lo malic del món. Un poco más allá, en la barra, otro poeta, metido en ese momento a camarero: Josep Pedrals. En la primera mesa de la esquina, junto a la barra de Pedrals, Francesc Garriga con cara de estar pensando «esta juventud…», pero riéndose por dentro; y aún más al fondo, en el callejón, traductores acompañando en el fumar aunque sea pasivamente, aunque sea humo de otros, que es exactamente lo que algunos dicen que hacen los traductores con la literatura, por muy clarito que dejen Juan de Sola y Ferran Ràfols a cada libro suyo que, aunque ellos no lo digan, su literatura es suya y de nadie más.

Y estando en el callejón estamos casi en la calle Joaquim Costa, la del otro Original, el que es pizzeria y no bar-restaurante con terraza delante y callejón detrás. La pizzeria del filósofo automaldito metido por un tiempo a mozo; el mismo que aquel día, tras contarnos que aquel trabajo le había salvado la vida, nos dejó pensando que si nuestras vidas eran tan fáciles de salvar quizás era que no las habíamos perdido nunca, que no las íbamos a perder ya. Y que incluso si las perdiéramos, las volveríamos a encontrar allí mismo, a la vuelta de la esquina del (H)original, en la misma calle del Original, donde, un poco más abajo, a Alexandre Diego Gary, hijo de padre novelista francés, le dio por abrir otra cafetería de letras: el Lletraferit.

Pero no bajamos hasta allí: Ha habido recital y ahora hay hambre, así que tiramos para el Fidel. De camino encontramos apoyada contra la pared una de las últimas obras del Pájaro. La reconocemos porque, uno, está abandonada en la calle y, dos, lleva su firma. Y su firma no es otra que una frase escrita en rojo; LA frase (mejor que una frase) del Pájaro en cuestión: EL ARTE ES BASURA, dice. Y como nosotros pecamos de Diógenes, cogemos la basura y decidimos llevárnosla a casa no sabiendo muy bien si estaremos traicionando así toda la filosofía que otro filósofo, también aficionado al paseo y a las peluquerías de la zona, Gregorio Luri, le encontró a, otra vez, el Pájaro en cuestión.

Un pájaro en su nuevo hogar

Así que llegamos al Fidel y enseñamos nuestro bróssico -de brossa de basura, no de Brossa, que también- trofeo a Marina Espasa, novelista; Anna Ballbona, poeta, y Albert Forns, que es un poco de las dos cosas, que andan dando cuenta de unos bocatas de impresión sin saber aún que ese mismo Albert Forns, ese lunes, va a ganar el premio Documenta; sin saber aún que el martes mismo podría estar celebrándolo -también se le ha visto alguna vez por allí- en Robadors 23, otra cueva del Raval cuyas noches de los martes últimamente programa Martí Sales, otro escritor, traductor y, un poco no, un mucho de todo lo demás; que bien podrían Forns y todos los demás, celebrando, celebrando, encontrarse con que esa noche, en el 23, Roger Pelàez delira en pleno ejercicio de la bibliomancia, que es su peculiar manera de adivinarnos el futuro; o con que Núria Martínez-Vernis anda presentando su último libro, que dicen que es un poemario metido a narración, incluso metido a canción.

Nos hemos dejando el Manchester; dicen que es donde han sido avistados en repetidas ocasiones, con Luna Miguel al frente, miembros de la última hornada de escritores venidos de Madrid. Nos hemos dejado también La Poderosa, de la que cuentan noches interminables de fin de fiesta de festivales poéticos que ya cerraron etapas. Nos hemos dejado el Kentucky, donde Pere Gimferrer se marcó aquel bailecito el día que descubrieron la placa conmemorativa que a Edison Simons le hizo Miquel Barceló.

Nos hemos dejado todo esto y nos hemos dejado todo París, pero París no nos importa tanto que haya quedado fuera; a París ya le hizo buena justicia Boris Vian. El Raval lo tienen a mano, solo tienen que venir cualquier noche; del París de Vian, en cambio, solo queda la documentación. No se la pierdan, ahora la tienen a mano también. ¿Dónde? Ya se lo he dicho: En cualquier librería, en el «Manual de Saint Germain-des-Prés.

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