Hitchcock, ¿realidad o ficción?

viernes, 1 febrero, 2013

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Hoy se estrena Hitchcock,  el biopic sobre el director de cine más icónico y mundialmente reconocido del siglo XX. Su persona vuelve a estar también de actualidad por la TV movie estrenada a finales del año pasado en HBO, The Girl, donde Sienna Miller daba vida a una sufridora Tippi Hedren durante el accidentado, por llamarlo de alguna manera, rodaje de Los Pájaros (1964) bajo la sofocante dirección de Toby Jones en el papel de Alfred Hitchcock.

En Hitchcock, dirigida por el realizador del fantástico y laureado documental sobre la emotiva lucha de la banda de metal Anvil para volver a la palestra, la acción se centra en los avatares de la producción de su anterior film al de los pájaros asesinos, Psicosis (1960).  Esta vez un irreconocible Anthony Hopkins da vida al cineasta británico, Hellen Mirren a su incansable esposa Alma Reville y Scarlett Johanson como Janet Leigh, la protagonista de la película que era brutalmente asesinada en la ducha a la mitad del metraje.

El biopic pone sobre la mesa algunos de los aspectos más desapercibidos de la vida íntima de Alfred como la relación con su discreta esposa, otros más trillados como los consabidos problemas de distribución y aceptación que tuvo la cinta en su momento –como toda obra maestra que se precie– y otros muchos directamente inventados al servicio del engranaje del guión. Al mitómano aficionado le será difícil distinguir entre lo que sucedió de verdad y las licencias tomadas por Sacha Gervasi, que son muchas y notorias. Más allá de la anécdota la cinta oscila entre lo correcto y lo anodino, haciendo que nos preguntemos qué habría pensado el propio Alfred de todo esto. Por ello el encanto de Hitchcock no pasa de ser un juego en el que el avezado espectador tendrá que discernir entre la realidad y la ficción.

Patrick McGilligan, autor de Alfred Hitchcock: Una vida entre la luz y las sombras, se ha encargado de desmentir algunos de los hechos que aparecen en la película de Gervasi. Los muchos problemas para sacar adelante Psicosis fueron ciertos, y Hitchcock tuvo que financiar la película de su bolsillo. La Paramount accedió a regañadientes a asumir tan solo su distribución: los estudios no querían hacerse responsables del producto y batallaron de manera infructuosa para hacer cambios en el guión y sabotear su llegada a las salas comerciales. Pero de ahí a que Alfred tuviese que hipotecar su casa y ahorrar en la compra de comestibles, tal y como se describe en la película, hay un trecho.

Fue solo el inicio de una serie de obstáculos en la carrera del director inglés por hacer exactamente la película que tenía en mente. Sin ir más lejos: lo creáis o no hasta 1960 en ninguna producción americana se había mostrado de manera frontal o parcial un inodoro, y mucho menos a alguien haciendo uso de él o vaciando la cisterna. Para la junta de censores, la escena donde Janet Leigh se deshace de un papel hecho añicos por el water, incluyendo el sonido de la cadena, supuso un auténtico quebradero de cabeza, mucho más que su asesinato en la ducha.

La escena de la ducha
Hitchcock decide matar a su protagonista en un montaje de inusual violencia, inaudito en su filmografía.  El rodaje de la escena duró siete días y hubo setenta posiciones de camara para un resultado final de algo menos de un minuto de secuencia. Para ella se fabricó un torso articicial con sangre que debía brotar bajo el cuchillo, pero nunca se llegó a utlizar, debido a que esos planos habrían caído bajo las tijeras de la censura. De hecho, la habilidad al editar las imágenes hizo que en ningún momento pueda verse el cuchillo atravesando la carne. La escena se compuso de planos cortos de los hombros y la cabeza de Janet Leigh intercalados con los movimientos de cuchillo que ejecutaba un actor de doblaje –Anthony Perkins se encontraba en los ensayos de una obra teatral–. Se rodó todo a cámara lenta y luego las imágenes fueron aceleradas en la mesa de montaje.

La terrorífica música de Bernard Herrmann fue incorporada en último momento, pues Hitch tenía en mente que la cruda escena fuese proyectada tan solo con los gritos de Janet y el chapoteo del agua. Tras la insistencia de Herrmann en que oyese lo que había compuesto, el realizador dio marcha atrás y admitió que la música mejoraba de una manera significativa la escena.

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La escena de la ducha, con y sin música

Según declaraciones de la propia Janet al respecto, fue ella y no una doble la que rodó todo el tiempo bajo el agua, que no estaba helada como cuenta siempre la leyenda. Lo que es cierto es que Janet Leigh nunca volvió a entrar en una ducha de una manera convencional en su vida privada, trabando puertas y ventanas e incluso asegurándose de guardar un revólver en la repisa de su bañera. La secuencia caló hondo en los temores de Janet, pero su relación con el director fue de lo más pacífica. La cosa no siempre sería así…

«Un sádico hijo de perra»
Así calificó Charles Bennet en una de sus críticas el carácter del realizador británico. Muchas de sus rubias preferidas padecieron un auténtico calvario, por el enfermizo y sádico comportamiento de Hitchcock, pero la que se llevó el premio gordo fue Tippi Hedren. Hitch se obsesionó hasta tal punto con ella en Los pájaros, que empezó por regalarle joyas e invitarla a champán y acabó decidiendo qué vestidos debía ponerse… incluso en su propia casa. Invirtió más dinero en rediseñarle su vestuario personal que lo que le pagó por actuar en sus películas.

La sistemática tortura con la pobre Tippi fue antológica. Hitchcock le hizo creer que solo rodaría con pájaros mecánicos, y cuando esta al fin se halló en el set de rodaje le arrojaron, sin previo aviso, cuervos, gaviotas y cornejas muy reales y muy cabreadas. Y así transcurrieron veinte semanas de rodaje repleto de heridas, insinuaciones obsenas y hasta espías secretos que reportaban a Alfred desde con quién hablaba por teléfono hasta cómo pasaba su tiempo libre.  Durante los ensayos Alfred obligaba a Tippi a beber Martinis y cuando rodaban debía controlar hasta el más mínimo movimiento de ojos, repitiendo tomas ad eternum. Cuanto más rechazaba Hedren las intenciones de su director, más crecía el ensañamiento contra ella.

Los pájaros eran de verdad

Un picotazo de pájaro en el párpado colmó la paciencia y los nervios de Tippi, que tuvo que ser ingresada por un colapso y por fin tuvo unos días libres… postrada en la cama de un hospital. Otras locas historias llegan a describir un túnel que unía el camerino de Hedren con el del director o un regalo que recibió la pequeña Melanie Griffith de parte del simpático Alfred: un ataud con una muñeca –su madre– dentro. A todo esto, ¿qué opinaría la esposa de Hitchcock al respecto?

¿Era Alma Reville el verdadero genio en la sombra?
La mujer del director británico ha permanecido desconocida para la mayoría del gran público.  Hitchcock  se encarga de dar un peso argumental casi tan importante  a Alma como al propio realizador, en una especie de ejercicio de justicia histórica encabezado por una siempre correcta Hellen Mirren. ¿Pero era ella la que tomaba en realidad muchas de las decisiones?

Alma Reville conoció a Hitch en la década de los 20 como asistente de producción de su primera película y desde entonces nunca dejó de trabajar a su lado. Sus tareas incluían  la coescritura de los guiones, la edición y montaje y, sobre todo, la preocupación milimétrica por el raccord: que no hubiese ningún tipo de incongruencia ni en atrezzo, historia o en los giros argumentales. Los que la conocieron dicen que era más perspicaz que Hitchcock, y mucho más dura también. Soportó y permitió de manera tácita todas las fantasías y obsesiones de su marido, sabiendo que nunca trascenderían el marco de su imaginación. En ese sentido, Hitch era un tipo muy reprimido, que solo podía exteriorizar sus obsesiones a través de sus películas.

Alma, siempre en segundo plano

De esa manera Alfred podía legitimizar y canalizar todos sus tormentos por el tubo de escape del arte. Él podía mantener sus romances ficticios con sus inalcanzables actrices rubias, y Alma lo aceptaba de una manera admirable. Al fin y al cabo la peor parte no se la llevaba Alma, sino Grace Kelly, Tippi Hedren, Vera Miles, Kim Novak y tantas otras que tuvieron que aguantar las torturas psicológicas del genio.

El papel de Alma está ingeniosamente integrado en la trama de Hitchcock, pero en ningún momento, tal y como se muestra, su relación se basó en los celos sentimentales o creativos. Asimismo es una absoluta licencia fantástica que Reville tomase las riendas de la dirección de Psicosis mientras su marido estaba enfermo. O que el propio Alfred se encargase de aterrorizar a Janet Leigh, cuchillo en mano, para que gritase lo suficiente en la ducha. Hitchcock nunca hubiese hecho algo así, era inconcebible. Toda su vida se encargó de construir un personaje delante y detrás de las cámaras, pero nunca daría rienda suelta de ese modo a sus deseos.

Su relación con las mujeres fue la piedra angular de la frustración vital de Alfred Hitchcock. Con sus películas intentó poseerlas, convertirlas en estrellas. Y cuando fracasaba con una, la despreciaba y torturaba. Pero nunca cuchillo en mano, como muestra la tramposa Hitchcock, que nos ayuda a entender un poco más esta búsqueda obsesiva y acomplejada por la mujer ideal, pero nos hace perdernos en un laberinto de fantasía y realidad.  No obstante fue el propio Alfred el que se encargó de construir, durante toda su vida, un personaje delante y detrás de las cámaras. Una ilusión que enmascara un mito que nunca llegaremos a conocer del todo.

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