Cartas de amor (platónico) o no

miércoles, 7 agosto, 2013

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Víctor Fernández ha editado y anotado “Querido Salvador, Querido Lorquito ”, donde recoge la mayor parte de la correspondencia entre Dalí y Federico García Lorca y en el que aporta nueva luz sobre la relación de ambos artistas.

Una relación que termina definitivamente con un “Olé” debería llamar la atención de todo bicho viviente. “Olé” fue lo que dijo Salvador Dalí al enterarse de la muerte de Federico García Lorca. Y algunos necios lo malinterpretaron. Si alguien tuvo duda de que aquello que aquellos dos vivieron fue una historia de amor que lea con detenimiento, entre líneas y por encima y debajo de ellas, las cosas que se decían Lorca y Dalí.

Querido Salvador, Querido Lorquito ” (Editorial Alba) es una edición de Víctor Fernández de cartas intercambiadas por los artistas y de algunas de Lorca dirigidas a otras personas del entorno de Dalí, la hermana del pintor incluida. Que no desfallezca quien no conozca detalles de la vida de los protagonistas, ni quien al empezar a leer crea haberse metido en un juego de espejos en el que solo los iniciados pueden participar. Que nadie tema entrar en ese mundo de dos, pues Fernández ha cosido con sus notas unas suerte de biografía de esta relación que permite entrar y penetrar en el lenguaje amoroso de ambos artistas y acercarse con más tino a su universo.

Esas notas son vitales para apreciar y entender la contención de Lorca que se adivina en muchas cartas; la lucha de Dalí por estar a la altura intelectual de Lorca; las ganas locas de amar completamente del granadino; la huida constante del catalán por no dejarse querer de esa manera; las dosis de crueldad indeseadas y también las planeadas; la sensación de que a estos dos no les habría bastado una vida para decírselo todo. Pero Lorca murió, lo murieron vamos, y se acabó el diálogo y se rompieron los espejos. Así, de cuajo.

Por eso, la lectura de las cartas (e insisto de sus notas, vitales notas) reinterpretan la relación de ambos y también el “Olé” final. Un “olé” dicho en tono daliniano que no buscaba la mofa, ni el sadismo, ni la burla, sino más bien la manera de espantar la pena negra que le trajo la muerte del amigo y que le acompañó hasta el final de sus días.

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