Carretera y Ruc&Roll

martes, 15 julio, 2014

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Para participar en el sorteo de dos visionados on-line de la película «Els bons homes van en burro», solo tienes que enviarnos un e-mail con tus datos. Anunciaremos a los ganadores el próximo 21 de julio.

En un momento de Els bons homes van en burro, ópera prima hasta que se demuestre lo contrario de los jóvenes Genís Rigol y Ferran Gassiot, uno de los tres protagonistas empieza a plantearse a viva voz la futilidad del viaje que están realizando. La respuesta de sus compañeros ante tal aseveración es que el sentido está en el propio viaje, sentencia tan new age como extensible al espíritu que ha tocado a los realizadores de la película: la comprensión de que la única razón para hacer una película independiente es querer hacer una película independiente, el producto entendido no como vehículo, si no como principio y fin último en sí mismo.

Y si hablamos de espíritus que han tocado a Rigol y a Gassiot para ensamblar su primera película, no podemos dejar de señalar las similitudes de algunos de sus pasajes con los del cine de Albert Serra o Neus Ballús. Del primero, rescatan el gusto por la contemplación y el sacrificio ritual al trayecto quijotesco; de Ballús, el interés por el mundo rural y el trazado difuso de la línea que separa lo documental de lo puramente ficticio. Nombramos a Serra y Ballús por jugar en casa, pero la verdadera deuda emocional la tienen con (ojo al pareado) Jonathan Cenzual y su El alma de las moscas, otra road independent movie tan atípica como emocionante.


En este Easy Rider por la Cataluña profunda, con la compañía de pollinos en lugar de Harleys, los tres personajes que protagonizan la cinta recorren la parte catalana de la ruta de los Cátaros (“Camí dels Bons Homes”) con destino a Francia para entregar en el Parlamento Europeo las cartas de protestas y deseos redactadas por los ciudadanos de cada uno de los pueblos en los que se detienen durante su empresa. Si bien puede pensarse –por título, sinopsis, póster incluso- que la película va a tender hacia la soflama y lo panfletario, lo que realmente hace en su lugar es una panorámica más que inspirada sobre el paisaje y estado de ánimo de la zona sobre la que orbita la cámara.

Dentro de la libertad extrema que este tipo de cine ofrece a sus creadores, Els bons homes van en burro nos brinda tantos peros como aciertos, siendo estos últimos los que más nos cuesta contar utilizando sólo los dedos de las manos. Quizás el momento que mejor resume la película, y el que también se descubre como el más entrañable, es aquél en el que una madre redacta con sus hijas la carta que luego entregarán a los burrófilos: entre las cosas que pide una de las niñas está el final de la crisis y tener más tiempo de recreo durante la hora del patio. Si esto no es la mejor puesta al día de el “Si no podemos bailar, a la mierda la revolución” quedamos en la calle cuando mejor os vaya y lo hablamos.


Con sensibilidad de Festival Hoteler, la película también sirve de muestrario para algunas de las bandas punteras del panorama indie catalán: durante el transcurso de la misma podemos ver tocar «El banjo sec» a El petit Cal Eril, «Ja ho tenen» a Esperit! o asistir al que quizás sea el momento más mágico del film durante la interpretación de «Vaques» de la mano de L’Hereu Escampa. Si añadimos a esto la inclusión de temas clásicos del folklore de los PPCC como «El virolai» o el increíble cover de la valenciana «La malagueñilla de Barxeta» que nos regala Xavier Rota, no podemos más que aplaudir hasta que nos sangren la manos por este eclecticismo lleno de coherencia.

Alzamos la copa por Els bons homes van en burro porque es un cajón de sastre donde cabe todo lo que sus directores quieren: homenajes al spaghetti western de Leone cambiando el desierto de Almería por la polvoreda catalana, un K7 de favoritas en forma de gigs imposibles y hasta una involuntaria defensa de lo animalista en la inclusión del nombre de los burros en los créditos finales; y además, convierte lo local en global sin tener pretensión alguna de hacerlo. Con la querencia de cierto cine underground de dejarse secuestrar por museos, propuestas que, como ésta, convierten lo frívolo en valioso son el único remedio homeopático que tenemos contra eso. Queremos otra. Y tener más patio.

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