Borja Duñó:»Trato de captar una especie de excitación que ya raramente vuelves a sentir de adulto»

miércoles, 10 abril, 2013

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Borja Duñó firma una de las últimas referencias del catálogo de la editorial Morsa, «Ira Klaas», la narración del tránsito hacia la edad adulta de una adolescente que durante un viaje al norte de Japón descubre que todo es tan complicado y tan sencillo como atreverse a vivir de verdad.

Un viaje por el norte de Japón puede resultar tan indómito a ojos de cualquiera como lo es el viaje interno hacia la madurez de todo adolescente que da sus últimos pasos por la inocencia, que descubre pulsiones, vericuetos mentales y un cuerpo nuevo que hasta entonces le era extraño. «Ira Klaas» (Editorial Morsa), con texto de Borja Duñó e ilustraciones de Carmen Segovia, es una obra que se llama como su protagonista, porque la adolescencia es la etapa de la reafirmación, esos años en que lo más importante es dejar plasmado tu nombre con rotulador en la puerta de los lavabos del colegio, cuando la música y los libros sólo hablan de ti y de nadie más. De repente un resorte se activa: la madurez, llega la experiencia, toca vivir. Ira Klaas se encuentra sumergida de lleno en esa suerte de homo viator: el trámite de hacerse mayor y, al mismo tiempo, un viaje real que la llevará hasta Japón con una misión que le es ajena, pero en la que encontrará las respuestas a las preguntas que hasta entonces se había hecho casi sin darse cuenta. La equis en el mapa la marca un volcán al borde de la erupción, una columna de humo amenazante en el horizonte que se empecina en obligarles a dar la vuelta y esperar un acceso de calma. Pero hay otro volcán, el volcán que estalla cuando llegan los descubrimientos, la excitación, la novedad, uno que Ira lleva dentro y poco a poco se va preparando para la traca final, el estruendo y las cenizas…

‘Ira Klaas’ parte de un texto previo, ‘Ira i el mar’… ¿Cuándo decidiste que querías publicarlo? ¿Cómo planteasteis la revisión del texto inicial y qué intentabais conseguir?
‘Ira i el mar’ (el original era en catalán) fue escrito en un verano. Lo presenté a un premio que evidentemente no gané y luego intenté moverlo muy poco, con timidez. Sorprendentemente, a Gabriel de Editorial Morsa le interesó el libro, pero había que traducirlo al castellano. Al empezar a hacerlo me di cuenta de lo tedioso que resultaba, así que decidí reescribir todo el libro de nuevo. Al principio se trató más bien de una deconstrucción del primer original y sobre todo del personaje de Ira Klaas. Tenía claro lo que fallaba, pero tenía que experimentar y, claro, costó un poco llegar al resultado final.

Durante la escritura, ¿el texto construyó las ilustraciones o fue un proceso paralelo?
Intentamos que el proceso fuera en paralelo, pero Carmen Segovia, la ilustradora, prefirió esperar a que estuviera acabado. Aun así, participó, como Gabriel, criticando capítulos del libro que le iba mandando. Esto me sirvió de mucho, porque cuando escribes es muy fácil perderte en tu propia cabeza. Ellos me ayudaron a depurar mis ideas.

Los versos que insertas en el texto le dan cierto ritmo musical a la narración, la música precisamente es algo importante para Ira, la protagonista. ¿Un guiño a tu profesión de periodista musical?
No sé si es exactamente un guiño, pero intento que la música, la musicalidad, esté presente en todo lo que hago. Al principio decía que eran canciones, más que poemas, pero creo que cuando escribo en prosa también tengo en cuenta el ritmo y la musicalidad. Es algo que me parece importante; el lenguaje también tiene su plástica.

También es cierto que éstos dejan de aparecer en un punto de la obra. ¿Por qué? ¿Tiene que ver con el cambio hacia la madurez de Ira?
Sí. Al principio Ira necesita aclararse, todo ocurre en su cabeza. A medida que avanza la historia va atreviéndose a vivir de verdad, más allá de los libros que lee y de la escritura, y entonces se olvida de la libreta y el boli. A mí me pasa cuando viajo. Empiezo un cuaderno de viaje, una especie de diario, y a los pocos días lo dejo, porque es más interesante vivirlo que describirlo o hacer fotos… Es solo al cabo de las semanas, los meses y los años, que es posible revivirlo con intensidad. Ha pasado con el viaje que hice a Hokkaido: al cabo de unos años ha reaparecido con mucha fuerza en el libro, y también tengo un cuaderno de ese viaje que empecé y acabé abandonando.

«Ira Klaas» es la narración de una adolescente en pleno proceso de madurez, ¿Estarías de acuerdo en considerar la obra como un trabajo de narrativa juvenil? Hasta ahora, ¿qué tipo de lector se ha acercado más a la obra?
No lo sé. Desconozco cuáles son los parámetros que definen la literatura juvenil actual y por lo tanto no he seguido ninguno. Lo único que he tenido en cuenta es que si Ira tiene 14 o 15 años tiene que usar un lenguaje acorde con su edad, aunque haya leído mucho y sea bastante ‘avanzada’. El público que ha tenido hasta ahora y está teniendo es adulto, pero creo que ha habido algún profesor que ha dicho que lo pondrá como lectura. Me parece genial, pero no hago distinciones entre adultos y adolescentes. Yo me sentiría ofendido como lector adolescente si rebajaran un texto para que yo pudiera entenderlo, cuando tenía esa edad quería leer libros que me trataran con respeto, de tú a tú. Por otro lado, sí que es una especie de homenaje a los libros que leí en mi niñez o adolescencia, pero lo que trato de captar es una especie de perfume, una excitación que ya raramente vuelves a sentir de adulto… Ese estado primigenio en que descubres el mundo a través de los libros.

Japón como escenario es un elemento muy fuerte y presente en la obra, y tratado con bastante rigor. ¿Dirías que comparte protagonismo con la propia Ira? ¿Has puesto especial cuidado en alejarte de los clichés o surgió tal cual lo presentas de manera natural?
No sé si es un personaje, pero sí que el entorno condiciona de alguna forma la historia y los personajes. En realidad quería llevarles a un lugar alejado, aislarlos de alguna forma, para que pudieran sacar todo lo que llevan dentro. Lo de evitar los clichés supongo que es porque he compartido piso amigos japoneses, he estudiado un poco su lengua y su cultura y el viaje que cuento lo hice ‘de pe a pa’… Hablo de lo que he visto. Los tópicos, generalmente, nacen de lo que uno ha oído pero no ha podido contrastar en persona.

Si puedes, confiésanos un episodio personal de tu viaje hacia la madurez que nunca olvidarás…
Qué pregunta más difícil… Supongo que la muerte de un ser querido es lo que te marca definitivamente, lo que te hace darte cuenta de que no todo es para siempre. Ira dice ‘de pequeña, fui inmortal’. La infancia es un poco eso y la edad adulta llega como un jarro de agua fría.

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