Boko-maru. Junten las plantas de los pies para unir sus almas.

miércoles, 17 octubre, 2012

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El secreto del éxito del Bokononismo, como el de todas las religiones, es que te lo empiezan a inocular desde que eres pequeño, en pequeñas dosis, en pequeñas degustaciones del mundo sobre el que tú aún no sabes nada, pasadas por filtros y filtros de moral, superstición, supervivencia ante el horror (ante la muerte, por ejemplo, que tú aún, recuerda, no sabes qué es), y vas adquiriendo costumbres, tics que marcarán tu vida y que, sobre todo, por acción acumulativa, te harán aceptar normas incuestionables: habrás llegado a un punto de no retorno en el que preguntarte por qué los viernes no comes carne no tendrá sentido porque, en el caso de hacerlo, tirando del hilo, acabarías preguntándote directamente por el sentido de tu vida. Y el sentido de tu vida sería ninguno. Una nada construida sobre un montón de mentiras.

Cualquier lector, al empezar un libro, es pequeño: no sabe nada. Cualquier lector, al empezar este libro, es un niño que va a ir buscándole sentido a la vida, a ritmo de calipso, según qué le cuente Vonnegut. Y Vonnegut le cuenta que, según Bokonon, tiene que encontrar su «karass» y dar gracias al cielo por la existencia en su vida de un par de «burum-burum» que le digan cuál NO es el camino.

La consecuencia de leer este libro ahora es evidente: uno acaba convertido al Bokononismo, queriendo, al menos, encontrar la Comunidad -el «karass»- en el que vivirlo. Nos salvará saber que no vamos a encontrarla: «Bressol de gat», de Kurt Vonnegut, no estaba traducido hasta ahora al catalán y de la última edición en castellano ya ha pasado una generación entera de lectores -es la de Plaza&Janés de 1994, según el ISBN-. Así que comunidad bokononista hay poca por estas latitudes, aunque la editorial Males Herbes ha decidido actuar al respecto: acaba de recuperar la historia traducida por Martí Sales.

Martí Sales es vecino mío. Desde hace un año que estaba trabajando en esto, prácticamente cada vez que nos encontrábamos, me venía con alguna historia de Bokonon. La cosa podía ir así: Yo, bajando a comprar el pan; Sales, paseando por la calle.

-¿Qué tal?
-Voy a comprar el pan.
-Ah, el pan; Bokonon diria: «Caram, caram, caram».

Y yo que si quién es Bokonon y él que si no sabes qué es el Bokononismo. Pasó el tiempo, pasaron otras tantas pistas salesianas sobre Bokonon hasta que, no me pregunten cómo pero había bastanta cerveza, un día acabamos haciendo «boko-maru» en el patio de una masia de Fontclara (Girona). Unas horas después, historia real, el Empordà se incendió a saco ¿coincidencia? Ahora ya no sé.

Así que, consecuencia directa o no, ahí tienen lo que hacen las religiones, que no es sino lo que te hacen creer las religiones. Porque miren: en la cuna de gato (título de este libro; bressol de gat en catalán), que es la figura número cuatro, creo, de aquel juego infantil en el que las manos del participante número uno entrelazaban un hilo grueso para hacer una figura que luego ofrecía al jugador número dos para que este la volviera a entrelazar hasta dar con otra figura diferente que volvía a ofrecer al jugador número uno para que siguiera con el juego hasta el infinito; en la cuna de gato, digo, ni hay gato ni hay cuna; es mentira («foma») todo eso, igual que todo en este libro es mentira, de hecho.

O ya no: Como respondió una vez Javier Pérez Andújar a la pregunta de si la historia, delirante, que acababa de contar Francisco Ferrer Lerín era cierta: «Bueno, ahora ya sí».

Léanlo: «Bressol de gat» les hará preguntarse todo el rato sobre la naturaleza humana; les hará llegar a la conclusión de que nada es verdad; les hará querer juntar las plantas de los pies con las de otra persona justo antes, justo en el momento, en el que todo se acabe.

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