Barcelona macabra

martes, 19 junio, 2012

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Sepulcro del catedrático de anatomía Farreras i Framis, en el cementerio de Montjuic.

Decía el cirujano Antoni Gimbernat que su autor preferido era el cadáver. Sorprende que un hecho tan mundano como es la muerte nos siga resultando tan fascinante a día de hoy, después de 40.000 años de rituales funerarios. Ver morir a alguien puede ser tan desagradable para algunos como espectacular para otros. Durante la Edad Media, por ejemplo, una de las diversiones principales de la gente era la de asistir a las ejecuciones públicas. En Barcelona las herramientas de trabajo preferidas por la muerte siempre han sido la horca y el garrote vil, instrumento este que se utilizó por última vez en 1974, y cuyas últimas víctimas fueron Salvador Puig Antich y Heinz Ches.

Si la ciudad se ha convertido en algo a lo largo de estos últimos años ha sido en capital del turismo: entre best-sellers internacionales que tienen como protagonista a la propia ciudad, la anteposición de los distintos gobiernos municipales y autonómicos de la economía turística al bienestar ciudadano, y la popularidad del Barça, nada como el negocio de las visitas guiadas para explotar la incesante presencia de guiris en las calles del centro. Y, como era de esperar, la muerte también posee su propio itinerario, sus estudiosos y sus guías.

Uno de los mayores conocedores de aquellas ejecuciones públicas barcelonesas es Joan de Déu Domènech, autor del libro L’espectacle de la pena de mort (La Campana), donde recoge una gran cantidad de datos y anécdotas sobre el tema. Su compañero e historiador Alex Lloreda dirige la empresa de turismo cultural Literat Tours donde ofrece una visita guiada por los escenarios del libro, las plazas públicas y calles por donde los reos eran paseados y ejecutados bajo la atenta mirada del pueblo. En la Plaça del Rei, por ejemplo, Albert explica que allí murió ahorcado el campesino Joan de Canyamars por intentar asesinar a Fernando II: “Se le paseó por toda la ciudad mientras en una esquina se le cortaba una nariz, en la otra una mano. El hombre murió muy rápido, pero el espectáculo tenía que continuar, y se le siguió paseando por toda la ciudad, rebanando partes de su cuerpo aquí y allá”.

El rastro de muertes, ejecuciones y ajusticiamientos continúa por las calles del gótico, pasando por la catedral, la plaza del Ángel y las calles del Born, y llega a Pla del Palau, sin olvidar que la Ciutadella y el castillo de Montjuic fueron durante muchos años los escenarios predilectos de las ejecuciones militares.

Mesa en la sala Gimbernat. Real Colegio de Cirugía.

No siempre ha hecho falta esperar a que se condene a muerte a un criminal para dejarse fascinar por un cadáver. En el siglo XVIII, los edificios que rodeaban el carrer del Hospital albergaban, como su propio nombre indica, el Hospital Central de Barcelona, además del colegio de medicina, el colegio de cirujanos, una morgue y un cementerio. Los niños del barrio se encaramaban a sus paredes para ver el festín de muertos que desfilaba desde la morgue hasta el camposanto. Precisamente el edificio del colegio de cirujanos se construyó allí para poder tener un suministro de cuerpos. Por aquel entonces, los colegios de cirugía solicitaban unos diez cadáveres semanales y funcionaban solamente durante los meses de invierno, ya que las barras de hielo que ayudaban a conservar la frescura de la carne eran ineficaces en verano. Marc Xifró i Collsamata, historiador, se ocupa de las visitas del actual Real Colegio de Cirugía de Barcelona, y explica que el tema de los suministros “suscitó cierta polémica entre el hospital y el colegio de cirujanos, pues los familiares de los enfermos empezaron a temer que por accidente sus seres queridos pasasen directamente a la mesa de disecciones”.

La mesa que gobierna ahora la sala Gimbernat del Real Colegio de Cirugía es la original: tallada en mármol, con un ligero revés del tiempo en uno de sus costados, conserva unos ganchos aún capaces de sujetar un cuerpo y un desagüe central por el que se filtraban los fluidos corporales. La mesa gira 360º para facilitar la visión de todos los presentes.

La cirugía fue elevada a la categoría de medicina en el siglo XVIII gracias a una pareja de cirujanos formada por Pere Virgili y su alumno aventajado Antoni Gimbernat. Hasta entonces, los practicantes solían ser los barberos, y sólo se practicaban las amputaciones y alguna que otra operación ocular. Hoy las únicas disecciones que se practican son las académicas cuando algún médico o cirujano da una conferencia. En ocasiones también ha servido de sala de conciertos, de escenario teatral o para la presentación de un libro.

Tarde o temprano, todos los cuerpos acababan en el cementerio de al lado, un hervidero de muertos y enfermedades cuya insalubridad obligó al ayuntamiento situar los cementerios fuera de la ciudad y a prohibir los enterramientos dentro de las murallas de Barcelona, a pesar de la oposición eclesiástica, que temían perder su principal fuente de ingresos. El primer cementerio urbano de la ciudad se construyó en 1775 en Poblenou. Pero en aquella época también la gente era bastante reticente a ser enterrada fuera de la ciudad, en parte porque deseaban tener lo más cerca posible a sus muertos, en parte porque el camino hasta el lugar recorría un bosque que servía de refugio para los lobos, y no tardó en poblarse de historias y supersticiones.

En 1813 las tropas napoleónicas arrasaron el cementerio, y seis años más tarde se encargó al arquitecto Antonio Ginesi que erigiera una nueva necrópolis sobre los restos de la anterior, que ha perdurado, tras varias modificaciones, hasta nuestros días. Entre las tumbas y obras de arte más importantes que aquí se encuentran está “El petó de la mort” de Jaume Barba, una escultura de una muerte alada que arrebata la vida a un joven con un beso, y el Santet, la tumba de un joven de 22 años muy querido al que se le atribuyeron varios milagros. Su tumba es hoy el santuario y receptáculo de las plegarias de muchos creyentes, y entre las ofrendas que se le hacen hay cartas, velas, gafas, pelo, un holograma de Jesucristo y un boleto de la lotería nacional (nº 49539 del sorteo del Niño de 2012, serie 32º, fracción 1ª. Sin premio).

“El petó de la mort”, de Jaume Barba.

Tumba de el "Santet".

El aumento de la población obligó a los barceloneses a plantearse la construcción de otro cementerio. El de Montjuic se inauguró en 1883, y la fiebre del oro que vivía Cataluña en aquella época propició que la burguesía hiciese de su muerte un último acto de ostentación. Las tumbas, panteones, mausoleos y ángeles de mármol de este cementerio son mucho más ostentosos y soberbios que los de Poblenou. Aquí yacen los restos de ilustres personajes de la historia catalana, como el catedrático de anatomía Farreras i Framis, sobre cuyo sepulcro yace la estatua de un esqueleto envuelto en un sudario que deja ver la calavera y las manos huesudas, similar al de un estudio de anatomía. También se encuentra aquí la escultura de “La Solució” que preside la tumba de Nicolau Juncosa, y los restos de Salvador Puig Antich, los de Durruti y los de Lluis Companys.

La empresa que gestiona los cementerios de Barcelona lleva ya tiempo trabajando en la modernización y aceptación social ambos camposantos, y prepara visitas guiadas los domingos con distintas rutas para los visitantes. Como ocurre en muchos países de Europa, como Francia o Austria, la intención es hacer de ellos un lugar de paseo y ensalzar sus propiedades artísticas y arquitectónicas de lugar.

Panteón de August Urrutia y Roldán.

“La Solució”.

Precisamente para paliar los problemas de distancia que suponía para la población organizar los entierros en el cementerio de Poblenou, el alcalde de la ciudad obligó por ley en 1835 a que el transporte de los difuntos se hiciera en carruaje, prohibiendo el transporte a pie. Así fue como aparecieron las primeros carruajes funerarios que hoy alberga el Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona.

Poco a poco, el servicio fue ampliándose, y por las calles de Barcelona empezaron a desfilar distintos carruajes más o menos pomposos, según la capacidad económica del difunto. Las carrozas blancas, tiradas por caballos también blancos, se utilizaban para transportar a los niños y a las vírgenes. El resto, de color negro, se empleaban esencialmente en entierros, aunque también cumplían otro tipo de servicios, como el de transportar a alguien al teatro, o cualquier otro parecido al de un taxi. “La única carroza que se utilizaba exclusivamente para entierros era la que se conocía como la Viuda Negra, llamada así por transportar a la mujer del muerto”, explica Carol Díaz, del departamento de comunicación de Cementiris de Barcelona. Búhos, relojes. ángeles y cardos son los símbolos más repetidos entre los pequeños detalles que decoran los vehículos.

Con la llegada del automóvil, las carrozas fueron perdiendo protagonismo, hasta que la mayoría de las funerarias que poseían alguna se deshicieron de ellas. En 1970 se fundó el museo, y desde entonces pocas veces han vuelto a ver la luz. La última en hacerlo fue la carroza Imperial, en Madrid, en 1986, parar transportar el féretro de Enrique Tierno Galván. En la actualidad, el Museo de Carrozas Fúnebres, único en España, está temporalmente cerrado, pues las carrozas y los coches están siendo restaurados para ser trasladados al cementerio de Montjuïc dentro de poco.

Museo de Carrozas Fúnebres de Barcelona.

Aunque en nuestro país es una práctica poco extendida, la cremación es una alternativa al entierro que unos prefieren por una cuestión de creencias y otros por una económica. La empresa Etternal de macabro no tiene nada, pero sí de barcelonés. Su negocio es el de la venta de urnas de diseño ideadas y elaboradas por una amplia cartera de artistas. Carlos García-Mateo, uno de sus dos fundadores, tiene claro cuál es la filosofía de la empresa: “Nos seguimos muriendo y el arte funerario tiene que continuar. Nuestra pequeña aportación es renovarlo con arte contemporáneo”.

Las urnas y los relicarios de Etternal son para tenerlas en casa y bien disimuladas; sobre una estantería o mesita resultan fácilmente confundibles con un joyero o con una pieza de decoración. Una idea que puede resultar chocante, pero que en otros países, principalmente en Estados Unidos, es muy común. “Allí se tiene la tradición de tener la urna en casa. Muchas empresas guardan en la sala de reuniones la urna del presiente de la compañía. Incluso se llegan al exhibicionismo, como reciclar el motor de una Harley y convertirlo en la urna de un motero”.

Puede que no podamos elegir cómo queremos morir, pero al menos tenemos la opción de decidir cómo queremos ser despedidos. Cuando se le pregunta a Carlos si ya tiene su propia urna diseñada, responde con claridad: “No, no me lo he planteado. No me gusta pensar en la muerte”.

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