Alegría y despiporre

lunes, 17 junio, 2013

Por

 

Más espacio, más gente y todos contentos

Día, interior, sala oscura.

-¿Dónde estás?
-Abajo, justo al lado del robot.
-No te veo.

No nos engañemos, Sonar es el único festival musical de masas dónde tienes que especificar junto a qué robot estás. En mi caso uno muy grande en la planta baja de la zona Sonar +D. “El que gira la cabeza”, contesto a quien hay al otro lado del hilo, mientras deambulo cerca del stand que tienen los de guifinet, huyendo del calor. Sonar Día, aquí estamos.

La gente pulula con alegría despreocupada, y yo me fijo en la fauna del festival. Alguna cabeza rapada, alguna lentejuela, transparencias góticas, cosas así. En la zona de charlas y talleres veo a un tipo con sensores en la cabeza dándole a una pantalla táctil. Chiste fácil con la tecnocracia. Deambulo hacia los escenarios exteriores a por una cerveza (nota al sponsor: al loro con los precios). El éxito es palpable: agradable algarabía a las cinco de la tarde pese al calor mientras suena Sísy Ey, que gustan mucho a todo el mundo.

Si el nuevo recinto presentaba dudas, todas quedan disipadas enseguida. Aquí se está bien, a sol y a sombra, a diestro y siniestro, a tontas y a locas (Les Luthiers dixit). Y es que el festival ha conseguido ampliar aforo ambiciosamente sin perder nada, y, sobre todo, manteniendo una cierta noción democratizante, muy propia de sus orígenes. Aquí no se viene a demostrar autenticidad, sino a pasarlo bien, rollo lúdico. No hay barreras ni categorías para el público. Lo que importa es el sonido y ser masa, formar parte de ella, en el mejor sentido.

En el escenario Sonar Village, Foreign Beggars confeccionan un directo espectacular, levantando al público a base de referencias a Pantera, Slayer y Ice Cube. La gente ondea pañuelos, salta y se da al jolgorio básico de la fiesta. Teniendo en cuenta que son las seis de la tarde y el sol es digno de un western de Almería, es un pleno al quince. También es éxito Jamie Lidell, que exhibe un funk vigoroso a lo Prince de crucero que tanto gusta hoy en día.

El despropósito: JJ Doom

JJ Doom: el despropósito

Corremos para no llegar tarde a JJ Doom y nos encontramos un despropósito. No hay otra manera de calificarlo. Tras más de media hora de espera, aparece Jneiro Jarel, que comienza a rapear con maña, pero deslucido. Las bases suenan lejanas, y el conjunto no tiene fuerza. ¿Dónde está MF Doom? Quince minutos después aparece cubierto por una máscara y se queda plantado frente al público. Empieza una rutina extraña: tras tres o cuatro minutos de Jarel, MF Doom mete alguna palabra como gran contribución histórica. Aparte de eso, se queda mirando al público, a ver quien gana. Nos habían dicho que a Doom le gusta jugar a que sus conciertos sean robos, podría ser una manera de interpretarlo. La gente se acaba alejando, entre incrédula y aburrida. Ha ganado él.

“Yo sólo quería algo más que simplemente rondar por ahí”

Sonar noche es otra plaza. Si algunos espacios del día sugerían el aspecto de fresco resort, la noche remite directamente a la cueva de esa escena de Matrix. Si les parece que el símil es fallido o barato, es que no han visto a los tipos que hay en la barra con huesos atados en el pelo y pieles que usan a modo de capa.

Va llegando gente al baile. A las 22:30 el público es básicamente mucho guiri feliz, de rango de edad muy amplio y con el nuevo kit lumínico: el móvil. Créanme, la mención no es baladí. Cuando Neil Tennant entona el primer “Bona nit Barcelona”, todos apuntan con el totem al escenario. A una le da por preguntarse para qué, no se ve nada. O ya puestos, por qué no grabar la pantalla gigante que tenemos al lado, tiene más sentido. Pero cuando aparecen dos bailarines-cabra y empieza el concierto en sí, todo importa mucho menos. Pet Shop Boys encarnan la discoteca de una vida elegante y pasada, que, como ellos han indicado alguna vez, entronca con una carrera que no ha vendido sexo al público. Parece una tontería, pero no. Así siguen: Neil Tennant puede salir al escenario con una respetable edad y una chaqueta a lo puercoespín sin provocar risa o ridículo basándose exclusivamente en canciones sólidas y en una dicción precisa con la que desgrana frases de amor, desamor o fina ironía antithatcherista.

Los bailarines cabra de Pet Shop Boys

Transitamos entre Melé -para bailar a golpe de beat en el esternón- y Breakbot -para bailar agitando ladeando la cabeza con sonrisa primaveral-. Llegan gritos de 2ManyDjs, así que para allá que vamos. Un despiporre. La discoteca más divertida del mundo. Muchísima gente y toda pasándoselo bien. ¿Postureo? Eso será en otro pueblo, que aquí está todo el mundo saltando, sudando y quedándose afónico. De ahí se inicia un periplo sin fin entre Sonar Club, Sonar Lab y Sonar Pub, intentando distinguir ritmos. A partir de cierta hora, todo suena estupendo. Alegre. Real. Feliz.

Déjenme, que yo sé lo que me digo. Hasta el año que viene, Sonar. Te quiero, tía.

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