A PROPÓSITO DE MALICK

miércoles, 28 septiembre, 2011

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El otoño está siendo de lo más entretenido para los cinéfilos. Si primero vino la polémica con La piel que habito de Almodóvar, ahora la división está servida con The tree of life de Terrence Malick. En el número de octubre de Barcelonés, que llega este jueves a los quioscos, encontraréis una diatriba a favor y en contra de Toni Valls.

La controvertida última creación de Terrence Malick, The Tree of Life (El árbol de la vida, 2011) es, sin duda y a pesar de la grandilocuencia que le ha otorgado una comprensible fama de pedante, una de las experiencias audiovisuales más recomendables de la cartelera actual, y probablemente de los últimos tiempos. Una propuesta ambiciosa de un director ya de por sí ambicioso, que requiere en cierto modo de la predisposición del espectador a dejarse arrastrar a su universo visual, pero que a su vez lo recompensa con creces.

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Cuando se habla de Malick, se suele hacer referencia a su corta pero intensa filmografía. Como se ha repetido estos últimos meses, estamos ante el estreno de su quinto largometraje cuando han pasado casi cuatro décadas del primero, con un parón de veinte años entre el segundo, Days of Heaven (Días del cielo, 1978), y el tercero The Thin Red Line (La delgada línea roja, 1998). Pero para aproximarse a él y apreciar sus particularidades es especialmente recomendable recordar el contexto en que surgió como director. Su ópera prima, Badlands (Malas Tierras, 1973), contribuyó y a su vez formó parte de un contexto que parecía destinado a cambiar Hollywood: la irrupción de la primera generación de cineastas americanos que habían estudiado en academias de cine y que estaban influenciados por los nuevos cines europeos. Una época en que una serie de jóvenes directores, tales como Scorsese o Coppola, conocedores de las teorías de Bazin y admiradores de Godard, Truffaut y compañía supieron integrar sus conocimientos en la mejor tradición cinematográfica americana y se convirtieron en pioneros en su consciencia de autor para dotar a la fábrica de sueños de nuevos matices. Muchos han dejado una huella innegable en el cine contemporáneo, aunque algunos –puede que Spielberg, cuyos inicios cabe rememorar, sea de los ejemplos más claros– hayan acabado más bien adaptándose a las normas de una industria que en un principio parecían cuestionar.

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Trailer de «Badlands» la primera película de Malick, protagonizada por Martin Sheen y una jovencísima Sissy Spacek

Malick, en cambio, siguió su propio camino. Su cine ha evolucionado desde su casi perfecto debut, pero su sensibilidad sigue intacta, y entre muchas otras cosas, los conocidos encontronazos con algunas de las estrellas que protagonizan sus películas (no ha tenido reparos en cortar los papeles de Adrien Brody, Sean Penn o George Clooney, entre otros) le acreditan como uno de los autores más libres de la actualidad. Se dice que es un director inusual porque a su vida profesional llegó antes la filosofía que el cine. Experto en Heidegger, graduado Summa cum laude en Harvard y profesor en la prestigiosa MIT, su mayor logro puede que sea el haber sabido encontrar un modo muy visual, extremadamente cinéfilo, de plantear las cuestiones que le ocupan a nivel intelectual. Sus películas, de alto contenido metafísico, se atreven a abordar las grandes preguntas de la vida y a la vez pueden leerse como una búsqueda, una indagación en un tipo de lenguaje que parece haber alcanzado en este film su máximo exponente. Puede que The tree of life sea más críptica de sus creaciones, y a su vez, la más universal. La película trata temas que ya habían aparecido en otros de sus films –lo tangible de la existencia, la frontera entre vida y la muerte, los mecanismos del recuerdo–, pero consigue más que nunca crear una atmósfera hipnótica y sensorial. A través de un tratamiento innovador de la imagen y el sonido adentra al espectador en un universo que impacta y deja huella, y del mismo modo que con Inland Empire (2006) de David Lynch (a quien parece que se homenajea en algunos planos), se antoja imposible que el autor pueda llevar su personal estilo más allá.

La fuerza de The tree of life reside en su planteamiento desde el punto de vista infantil de la sobrecogedora historia de una familia, y en cómo esta es confrontada con el cosmos, con lo eterno. El director consigue integrar con gran habilidad en esta microhistoria los macroelementos que propone de forma paralela, dando otra dimensión a su obra, y es capaz de recrear mediante el cine el ecléctico funcionamiento de la memoria, el recuerdo, la nostalgia. Construye un lenguaje sensorial que funciona como un sueño, a veces perturbador, que juega de manera magistral a contrastar los elementos más básicos de la vida con los más sofisticados.

 

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