‘Shake’ in the city

viernes, 14 junio, 2013

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Mario Gas y Tristán Ulloa, Julio César y Bruto. Foto: Teatre Romea

Aunque en la Filmoteca aún se podrán ver adaptaciones de la obra shakespeariana hasta final de mes, la escena ya bajó el telón de la décima edición del Festival Shakespeare. Es la primera vez que este evento se celebra en Barcelona y debo decir que me ha dejado un extraño sabor de oídos. He escuchado el nombre del bardo cientos de veces, he sentido versiones de sus muchas voces, he vuelto a presenciar sus argumentos. Y aunque no he visto a Shakespeare como yo lo entiendo, ha valido la pena revolcarse, pelearse con él y releerlo de nuevo como si fuera la segunda vez. La primera, queridos lectores, no cuenta nunca con Shakespeare.

Me encanta que llegué William a la ciudad, que desembarque en el Raval y en entornos como la nave gótica de la Biblioteca de Catalunya. Todo huele a podrido al pronunciar su nombre: es el hedor del crecimiento; la pestilencia que dejan las metamorfosis que padecen y sufren todos sus personajes; son las pieles de Hamlet, de Bruto, del Príncipe Hal hechas jirones y pringadas de algo parecido a la vida. Algún mal pensado creerá que me refiero a la mezcla de flor de naranjo, porros y orín que se respira en la entrada de la nave gótica, pero no es eso, no. Vayamos pues a cosas más importantes.

Neither a borrower nor a lender be. Se lo aconsejó Polonio a Laertes en Hamlet, que ni prestara dinero ni lo pidiera. Un consejo que no siguieron los promotores de Big Will Shakespeare, un proyecto financiado con ayuda de los espectadores que confirmó tres cosas que venía sospechando: que en un crowdfunding donan principalmente familia y seres queridos a fondo perdido; que el que paga manda más que nunca; y que los financiadores no se lo cobran en forma de crítica feroz o cariñosa, sino pensando y actuando como si fueran los dueños, en este caso, del teatro. Por cierto, allí confirmé otra cosa que también barruntaba: la clave de una actuación está en el pómulo. Si quieres una cara capaz de decir algo, busca un buen pómulo. Si no, que se lo pregunten a Anna Farriol, que se cargó el peso de la obra en las caderas y cantó, tocó el violonchelo, bailó, recitó y salvó la función con dos pómulos y desparpajo.

Words, words, words. Cuando Polonio le pregunta a Hamlet en la segunda escena del Acto II qué está leyendo, el reflexivo príncipe contesta: “Palabras, palabras, palabras”. Esa frase es un todo y visto lo visto, un aviso. Lluis Soler la hizo suya dando una clase de maestría superlativa encadenando y recitando los sonetos con su voz cavernosa, honda y supurante, demostrando los siguiente: que Shakesperare solo precisa un buen decir. La lástima es que alguien pensó que la voz de Soler no era suficiente y puso dos violonchelos (otra vez), tocados con mimo y dulzura pero tan prescindibles como cualquier adorno que se le quiera poner al de Stratford. Lo dicho: words, words, words. Y yo añadiría: “Just words, please”.

So young, and so untender? Le dijo el Rey Lear a Cordelia y yo me lo pregunto después de haber asistido a la mitad de los espectáculos del festival y comprobar que casi todos los asistentes pasaban de los 50. La charla que ofreció el día 6 Andreu Jaume en el CCCB sobre Hamlet y el Rey Lear disparó la media. Hay algo muy hermoso en conocer cómo lee alguien una obra inmensa, en qué frases se detiene, qué ha interpretado y qué concluye. Si esa persona tiene buen gusto, esa conversación se convierte en clase. Tomad nota de ello, jovenzuelos. Una charla no es un peñazo y hablar sobre libros, sobre todo tan viejos, suele ser mucho más instructivo y enriquecedor que leer las reseñas (casi siempre) embusteras de los libros de ahora.

Et tu, Julius Caesar? El plato fuerte del festival de teatro fue el Julio César que se escenificó en el Teatro Romea. A los que estaban en el escenario les acompañó una pantalla de televisión que anunciaba los actos, mostraba caras dolientes, ancianos representando el Senado…Lo que me llevó a invocar a Julio César como él invocara a Bruto y lamentar que la pantalla, como ya hicieran los chelos con Soler, nos estuviera diciendo que las voces creadas por Shake no fueras suficientes para hacernos tiritar. Conozco algo la obra de Shakespeare y menos las técnicas de interpretación pero he visto otros césares, otros antonios, otros brutos y otros casios y los que dirigió Paco Azorín en el Romea estuvieron muy lejos de ellos. ¿Qué quedó entonces? Un argumento. ¿Es importante? En absoluto. Una historia mal dicha no vale nada. Un argumento puede servir para hacer un telefilme o para crear una obra maestra; para hacer un folletín y un novelón de tomo y lomo.

En este festival, parece que haya acertado más la Filmoteca que la escena, pero también hay que decir que han ido más sobre seguro al proyectar algunas cintas recientes amparadas por algunos clásicos que nunca fallan: el Julio Cesar de Mankiewicz, el Yellow Sky de William A. Wellman o Gamlet, ese Hamlet sublime de Grigori Kozintsev. En teatro la cosa fue diferente pero hay que entender que nunca es fácil enfrentarse a Shakespeare. A veces sucede porque se le trata como a un dios y no como a un hombre que escribía. Un hombre que escribía para gentes muy poco formadas y se ganó sus favores. El mismo hombre que subyugó a tantos hombres de letras. Harold Bloom dice que fue el inventor de lo humano y no le falta razón. Pero de lo humano, queridos, no del teatro. Y es probable, yo siempre lo imaginé así, pasando fatigas para llevar a escena esos textos suyos increíbles, difíciles, “quizás para ser leídos, no interpretados”, como tan certeramente indicó Andreu Jaume en el CCCB. Por eso, autores, directores, actores y público, creo que deberíamos acercanos a él con más tranquilidad y sin petulancia; con los oídos bien abiertos y  las carnes listas para el temblor.

 

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