Un trocito de Bulgaria en el Eixample

jueves, 13 diciembre, 2012

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Bulgaria no es especialmente conocida por su gastronomía fuera de las fronteras del país. Aunque para los buenos entendedores sus lácteos y en concreto sus yogures son de una calidad excelente que los hace situarse entre los mejores del mundo. Pero no voy a hablar de yogures, al menos no únicamente.

Hace algún tiempo pasé por delante de una pequeña pastelería en la calle Diputació 188. Me llamaron la atención sus pastas de hojaldre de formas inusuales en el escaparate. Como andaba buscando un lugar en el que comer algo de camino a una exposición decidí hacer una parada en uno de los taburetes de su pequeña barra de degustación.

La chica del Bànitsa, ese era el nombre del local como descubrí después, me explicó que era una tienda búlgara especializada en este típico pastel de la región. Ella era búlgara también, aunque por su perfecto catalán hubiera costado adivinarlo solamente cruzando unas cuantas frases en referencia a las delicias envueltas en pasta filo que nos separaban a ambos lados del mostrador.


Aunque hablamos de pasteles y pastelería, pronto supe que no nos limitábamos a los dulces, las bànitsas son una especialidad de masa filo en sabores y texturas infinitas. Podemos encontrar con relleno de peras o de verduras, chocolate o miel… Hay incluso bànitsas elaboradas especialmente para festividades concretas como Sant Jordi o Navidad.

Me senté en uno de los taburetes con una bànitsa de ciruelas y una limonada de mora natural (otra especialidad). Mientras estaba allí vi una serie de señoras del barrio, con las bolsas del supermercado acudir en procesión a comprar sus yogures búlgaros artesanos de una nevera que hasta entonces me había pasado desapercibida. Pensé que si esas señoras hacían una parada especial fuera de su tienda habitual solamente para comprar yogur debía merecer la pena probarlo.

Aunque yo no iba a casa y llevarme un yogur a pasear por Barcelona no me parecía una buena idea. Opté por otra tentación: una cajita de galletas de chocolate y un tarro de apetecible mermelada de cerezas. Ahora puedo decir que esa mermelada debería tener un cartel de neón al lado que pusiera: «cómprame».


En definitiva, el Bànitsa es para ir y repetir. Ideal para hacer una compra variada de delicias frías (o calientes) para una merienda en un parque o para una cena informal en casa con amigos. Su sabor no deja de sorprender a quienes las prueban. Yo ya he ido varias veces con amigas y todas han repetido después de mandarme el siguiente mensaje, o similares, al móvil: «¿cómo se llamaba el sitio aquel búlgaro al que fuimos?» y yo siempre respondo: B-À-N-I-T-S-A.

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