Un feudo en el centro de Gràcia

Viernes, 13 Marzo, 2015

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Los bares salvan tardes, noches y hasta vidas. Venimos desde hace tiempo haciendo una defensa a ultranza en esta, su columna de ocio y barras, del bar como refugio y lugar para todo. En esta ocasión hablamos de un emblema de la empinada calle Torrijos: el Châtelet. Decíamos «refugio», pero este es todo un salvavidas en medio del marasmo de precios prohibitivos y locales un poco faltos de carisma a los que el barrio de Gràcia (vaya usted a saber con qué fin) nos viene acostumbrando de un largo tiempo para acá.

Puntos fuertes
Amable por el día, concurrido por la noche.
Parroquia variopinta y decoración hipster pero soportable.
Carta con precios moderados pese a la zona.

Idiosincrasia de las calles
No se den al engaño por lo afrancesado del nombre del local: es un bar con una decoración ecléctica y moderna, a la que Barcelona ya nos está acostumbrando demasiado pero que, sin embargo, llama a la comodidad (como el pequeño rincón con sofás al lado de la barra o la sala interior atestada de mesas para recibir a cuantos más mejor). Si sois adictos al barrio, os puede haber llamado la atención la concentración de locales con nombre de aire francés que, poco a poco, se han abierto un hueco en la agenda de la clientela local: La Fourmi, el Saint Germain, Le Journal… pero el Châtelet fue el primer reducto galo en un barrio por conquistar, y su dueño ha ido de alguna manera “franquiciando” esta seña de identidad con otros bares que comparten ambiente y estética. La zona cada vez está más uniformizada, lo que le resta cierta credibilidad y autenticidad al ambiente local. Pero si pasamos este hecho por alto, el Châtelet no deja de ser un buen recurso al alcance de casi todos y todas.


Qué les espera en su interior
Que la ausencia de terraza no os disuada de darle una oportunidad: la esquina del bar que da a la calle Sant Lluis está completamente acristalada y, si bien no es ideal para pasar un rato en intimidad fuera del alcance de miradas ajenas, cuando todavía hay luz es un auténtico placer ocupar alguna de las mesas del interior (al fumador no le quedará más remedio que hacer incursiones ocasionales a la calle). Por la noche se convierte en un sitio muy animado y concurrido y puede ser toda una proeza encontrar sitio libre a cierta hora, así que no perdáis de vista el reloj.

La carta abarca las apetencias correspondientes a cualquier hora del día. Los hambrientos pueden echarse al buche bocadillos de nombres originales como el Viva Zapata (tomate, queso de cabra y guacamole) o el Aladino (olivada, pimiento rojo, pimiento verde y queso) o platos para compartir como nachos con queso y pollo, hummus con grissini o las típicas patatas chips. Los precios rondan los 5 euros para los bocatas y los 4 para las tapas. Los amantes de los cócteles también encontrarán una buena oferta: Bloody Mary, Negroni, Piña Colada o Daiquiri, entre otros, por 6 euros. También hay una lista de combinados más sofisticados, que pueden llegar a los 10 euros: la elección depende de cada bolsillo. Y los que tengan apetencias de algo más profano como un botellín de cerveza, un café o un té, también tienen su sitio, por supuesto.

Y después, ¿a dónde ir?
Si después de la experiencia en el Châtelet aún hay ganas de seguir con la temática francesa (aunque sea por el nombre) cerca se encuentra La Fourmi (Milà I Fontanals, 58), que ofrece un menú diario por 8,80 euros entre otros atractivos. La Pepita (Còrsega, 343) es un buen sitio para llenar el estómago por poco dinero (no hay que irse sin probar sus famosas ‘pepitas’). Y como detalle: los y las amantes de la bicicleta se encontrarán como en casa el El ciclista (Mozart, 18) decorado, por supuesto, con elementos bicicleteros. Merece la pena visitarlo, aunque sólo sea por la decoración.

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