El diccionario

Viernes, 25 Enero, 2013

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Después de su paso por el madrileño Teatro de la Abadía, tenemos la oportunidad de ver (hasta el 10 de febrero en el Romea) “El Diccionario”, la obra del dramaturgo Manuel Calzada sobre la vida de la diccionarista María Moliner.

¿Qué hay más aburrido que leerse un diccionario? ¿Confeccionar uno, quizás? En el caso de María Moliner (Zaragoza 1900 – Madrid 1981) no podríamos andar más equivocados. Filóloga, lexicógrafa y parte del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en Murcia y Valencia, Moliner decidió un buen día de 1950 empezar una tarea titánica, mastodóntica, imposible a todas luces para una sola persona. Ficha a ficha, palabra a palabra, de una manera extremadamente meticulosa empezó un viaje que según ella duraría “un par de añitos” y que en realidad le llevó más de quince.

En 1966 había conseguido que Gredos publicase su única obra: un Diccionario, como ella misma bautizó, del Uso del Español. Las incoherencias, repeticiones y encadenaciones absurdas de significados de la RAE hicieron que María se decidiese a partir desde cero desde su propia casa. Enterrada entre miles de fichas que ella misma mecanografiaba y con un complejo sistema de clasificación, introdujo varias novedades que tardaron años en ser admitidas oficialmente por la Academia, como la inclusión en cada acepción de numerosos ejemplos de sintaxis, frases hechas y sinónimos. También permitió que la LL y la CH fueran respectivamente engullidas por la L y la C. Asimismo ideó un sistema de definiciones y disposición de las palabras basándose en una jerarquía ascendente de conceptos. Cualquiera que haya ojeado ese diccionario sabe de lo que estamos hablando. Es una obra única y revolucionaria, que como al que escribe, espero que haya causado un notable impacto en la mente de muchos estudiantes de educación básica (¡qué viejos somos!) que lo sostenían por primera vez en sus manos y no podían dar crédito ante la belleza literaria de algo tan peregrino y, sí, soporífero como un diccionario.

Un diccionario único ante el diccionario de la autoridad, tal y como lo definía Moliner. Y no lo decía por decir: ninguna definición es inocente. Por ejemplo, según la edición  de 1950 de la RAE, la palabra dictador significaba: “Magistrado supremo entre los antiguos romanos, que los cónsules nombraban por acuerdo del Senado en los tiempos peligrosos de la república, para que mandase como soberano. En los estados modernos: magistrado supremo con facultades extraordinarias”. Y esta fue la definición que se mantuvo vigente hasta la revisión de 1983 para todo aquel que se preguntara por el régimen imperante. En ese año se añadió que un dictador era un gobernante que, violando las leyes vigentes hasta su llegada, reúne en su mano todos los poderes sin ser responsable ante autoridad alguna. Esta última coletilla fue heredada directamente del diccionario de Moliner.

Otro ejemplo. Libertad. RAE, 1947. Acepción 1: “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”. Acepción 5: “Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas, de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres”.  Acepción 8: “Desenfrenada contravención a las leyes y buenas costumbres”. En la reedición de 1950 aniquilaron “por lo que es responsable de sus actos”, por lo que cada uno saque sus propias conclusiones. Quien controla la terminología, tiene el poder, amigos.

El texto de Manuel Calzada orbita entre estos y otros muchos términos y definiciones que obsesionaron a María Moliner y nos ofrece una poderosa Vicky Peña en el papel de nuestra aguerrida diccionarista, errante entre la consulta del médico y sus propios recuerdos. Seis años después de la publicación de su enciclopedia le diagnosticaron arteriosclerosis cerebral, una enfermedad que la condenó a la privación de aquello que le había hecho libre: las palabras. Inmersa en una segunda edición con etimologías y otros cambios que nunca llegaron, Moliner fue perdiendo poco a poco el contacto con la realidad y olvidando la facultad de hablar y expresarse con coherencia, perdida en un laberinto de verbos y sustantivos que ella misma había creado. María murió a los 84 años y su esfuerzo, que le costó gran parte de su vida familiar, había sido ninguneado por la Academia, que negaría su reconocimiento y la ulterior propuesta de Dámaso Alonso para que ocupase el sillón B mayúscula, por razones puramente machistas. Según el propio Manuel Calzada se trata de hacer justicia, de género, de historia, como quieran llamarlo: “Todo el mundo ha oído hablar del diccionario de María Moliner pero nadie conoce su trayectoria vital. Su figura no es que esté olvidada, es que nunca ha estado en primer plano de actualidad. María Moliner era una persona muy discreta que nunca buscó la celebridad y posiblemente tampoco se habría sentido cómoda en ella. Era celosa de su intimidad, de sus secretos familiares. Tampoco tenía ninguna razón para airear su pasado republicano, que le valió un expediente de depuración tras la Guerra Civil. Vivió y murió con mucha discreción en una época en la que no se hacía espectáculo de las vidas privadas de casi nadie”.

Moliner eligió la libertad a través del trabajo. Su voz calló de manera aparente durante la dictadura, pero su legado ha permanecido hasta nuestros días. De una manera silenciosa fue reconstruyendo una realidad con la que no comulgaba, volviendo a definir un mundo más justo vocablo a vocablo. Fue esta la manera tan radicalmente pura, desde la etimología, la que María eligió para su particular lucha vital. ¿El resultado? El más completo, útil, acucioso y divertido diccionario de la lengua castellana, según describía Gabriel García Márquez. Libertad: (diccionario de María Moliner) facultad del hombre para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es responsable.

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