Messié Pizza: la pizzería amiga

jueves, 24 abril, 2014

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El lugar que recomendaré esta vez ha sabido establecer en el mundo de la restauración un concepto que todos necesitábamos, pero del que no nos habíamos percatado. Un lugar acogedor donde comer y pasar el rato, relajado como en un bar, pero estando en un restaurante. La mente pensante detrás de este proyecto es Eric Luthringer, un francés afincado en Barcelona cuyo lema es muy sincero: “ofrezco lo que me gustaría recibir cuando voy a comer por ahí”. Le encantaría poder ir a un lugar y sentirse como en casa, comer solo sin sentir esa soledad, pasar desapercibido sin que nadie le mire de reojo porque la mesa en la que está sentado es para cuatro, y sobre todo, que le sirvan comida de calidad y hecha en casa. En los dos años que tiene su pizzería, Eric ha sabido plasmar esta idea y ha conseguido ganarse un nombre en el barrio de Gràcia.

El Messié Pizza tiene dos cosas que me encantan. La primera, no te sientes agobiado porque, aunque sea pequeño, tiene mucho espacio para moverse. Es ideal para ir hasta cuatro personas. Si sois seis y en ese momento disponen de espacio, os acomodarán sin problema. Pero si sois más porque al final viene la novia del amigo con su hermano, su cuñada y la prima del pueblo, mejor llamad para que os habiliten el espacio privado que tienen arriba. La segunda, la lista de reproducción que Eric improvisa cada día está al volumen perfecto para hablar sin que moleste, y para rellenar los silencios incómodos sin que se note. Siguiendo en esta línea, el lugar viene de perlas para romper el hielo de una primera cita o para entretenerse si estás comiendo solo. Hay tantos detalles que tendrás muchos recursos para entablar una primera conversación. Desde fuera se ve una rueda de carro colgando desde el techo que preside la decoración y que sugiere, junto a varios elementos, el leitmotiv del local: una gran pizza. Al entrar verás bigotes y manos de madera sosteniendo objetos por todos lados y una televisión pasando películas de los ochenta y los noventa. Y el detalle más insólito, y que realmente se lleva la palma, es la pizarra con la carta en la pared. Es un misterio que tienes que resolver. No cabe duda de que es una pizzería diferente, porque en vez de fotos de tomates y banderas de Italia han optado por detalles escenográficos y bigotes hipster. Esta originalidad también se refleja en sus pizzas, ya que aparte de las tradicionales, ofrecen variedades con ingredientes de temporada, como una de panceta, Rovellons y Camagrocs con salsa de ajo y perejil en otoño o la curiosa pizza-postre de miel y mató todo el año.

Pizza carbonara con dátiles en rodajas

Después de descifrar cómo leer la carta, uno tiene tres opciones. La primera es elegir una pizza entera de entre las más de veinte variedades que tienen. El precio varía entre los 7€ y 9,5€. La segunda opción es coger cuatro porciones diferentes para acabar probándolas todas algún día. Cada una cuesta 2,50€, pero cuatro cuestan 9€. Una gran elección para los indecisos como yo. Y si no estás con ánimo de pizza, pero aun así tus terribles amigos te han arrastrado hasta allí, la tercera opción es tu salvación. Tienen unas ensaladas que prometen, porque todas las verduras son del mercado del barrio, así que el sabor y la frescura están garantizados. Por otro lado, y siguiendo en la tesitura de la pizzería con un ambiente distendido y amable, la caña cuesta un euro hasta las 21h y tienen cervezas artesanales catalanas, así que si estás de cerveceo y el hambre asoma temprano, es una opción bastante económica.

La ganadora: boniato, champiñones y cebollla caramelizada

Tengo que recalcar que la masa de la pizza es excepcional. Está en su punto, es fina y crujiente, no es chiclosa y se nota que la hornean al momento. Cuando fui probé cinco porciones y la que más me gustó fue una de temporada. La ganadora llevaba una fina rodaja de boniato, champiñones y cebolla caramelizada. Fantástica. Luego probé la vegetal, cuyo secreto consiste en dejar los pimientos en vinagre y saltearlos con ajo, calabacín, berenjena y champiñones. Trepidante. Después pedí la típica de quesos, que de “típica” no tenía nada. Llevaba la cantidad justa de gorgonzola, queso de cabra, mozzarella y una nuez que coronaba el fundido de quesos. Una delicia. Luego me dieron una “especial” muy parecida a la “messié”, que llevaba carne, queso de cabra y el toque tan característico y sabroso de los tomates secos. Estupenda. Y para acabar con un sabor dulzón, comí una pizza carbonara con dátiles en rodajas. Una delicatesen. Es increíble cómo el paladar distingue todos los ingredientes a la perfección, y es genial que después del festín uno no quede con esa sensación de exceso en el estómago, sino con unas ganas irrefrenables de volver otro día a probar las demás. Es un restaurante que no puede faltar en tu lista de pizzerías y el bar al que sin duda tienes que ir con tus amigos. Cerveza, pizza, buen ambiente, ¿qué más se puede pedir?

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