Los Battiatos: medio siglo entre oriente y occidente

jueves, 12 marzo, 2015

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A quién no le suena Franco Battiato, o no ha escuchado alguna vez sus hits “Voglio Vederti Danzare” o “Centro di Gravità Permanente”? O, en su defecto, para las más despistadas, la parodia de Martes y Trece (las veteranas) o el parafraseo eurodance de su música por parte de Eiffel 65 (las jóvenes)? A sus 70 años, los Battiatos son muchos y uno solo: el alumno del compositor Stockhausen y el concursante en Eurovisión; el telonero en los setenta de Ash Ra Tempel o Nico, y el habitual de los programas de variedades de los ochenta; el compositor minimalista y el desternillante hacedor de éxitos nuevaoleros; el intérprete de lieders y el cantante de canción ligera; el que hace estribillos con citas de Theodor Adorno pero también el que los hace con los Beatles; el editor de libros de esoterismo y el director de cine; el compositor de óperas y el viajero del espacio.

Este jueves viene al Palau de la Música y lo hará tocando los temas electrónicos de su último trabajo “The Joe Patti’s Experimental Group”, sazonándolos con rescates de su vasta discografía pretérita. Un álbum cuyo título rinde homenaje a un viejo tío suyo, en el que el místico italiano -desde hace treinta años medita dos veces al día y confiesa creer en una religión universal, algo que se derrama en su continuos puentes entre oriente y occidente- ha embadurnado sus composiciones con sintetizadores, buscando volver, quizá infructuosamente, al espíritu de sus obras experimentales setenteras. Con el estéril propósito de introducir muy someramente a quien ha editado más de 30 discos, he escogido cinco de ellos, no sé si los mejores, pero sí algunos de mis favoritos de tan poliédrico personaje, arguíblemente una de las grandes anomalías de la música popular de los últimos cuarenta años.

Fetus (1971)
Tras deambular por los sesenta como modesto cantante de música ligera, el italiano sufre una desilusión, se familiariza con los avanzadilla electrónica de la época y, armado con un sintetizador VSC3, firma una descarada ópera prima que lo lanza allende Italia. Dedicado al escritor Aldous Huxley, narra el particular viaje de un feto no deseado hacia el espacio, el mismo que en la canción titular exclama “yo todavía no había nacido y ya sentía mi corazón” mientras un beat imita las pulsaciones de su corazón y unos jadeos recrean su respiración.

Utilizando el otrora insólito sintetizador como elemento de construcción disruptiva, sus modulaciones se retuercen cual solos de guitarra que dinamitan el edificio y mandan las canciones hacia terras incognitas. La falta de referentes claros marca la naturaleza de un disco que incluye canciones episódicas en formato medley, sonidos juguetones à la BBC Radiophonic Workshop, trotes percutivos pos-Velvets, transmisiones lunares y guitarras acústicas, con un resultado no muy lejano de los alucinados tropicalistas brasileños pero también de los Tangerine Dream circa Alpha Centauri. Un trabajo cuyas imperfectas composiciones ganan con la frescura juguetona que irradian mientras Battiato busca aislarse y “cruzar los límites de la tierra hacia la inmensidad, por encima de los astronautas y hacia la estación interestelar”.


Sulle Corde Di Aries (1973)
El sucesor del recomendable “Pollution” (1972) le muestra cada vez más receloso de las posibilidades y las convenciones de la canción. Con escasa presencia de instrumentos de rock, Battiato cuenta con el refuerzo de habituales del progresivo italiano y del free-jazz, con los que maniobra entre las vanguardias cósmicas occidentales de la época, sus influencias clásicas y sus pasiones misticistas orientales, integrando tintes árabes, mediterráneos y norteafricanos. La pieza central del álbum, “Sequenze e Frequenze”, se extiende mutante como una suite por toda la cara A, en un trayecto que incluye partes más propias de la música contemporánea de Morton Feldman o Sofía Gobaidulina, su canto abducido, un ritmo casi minimal techno con efluvios acústicos y espaciales, y una sucesión de kalimbas y distintas teclas tocadas como percusiones.

La cara B tiene composiciones más cortas, integrando en sus estructuras abiertas elementos como percusiones de mano, aderezadas con diálogos de saxo, guitarra, oboé y briznas de sintetizador, incluyendo referencias al descontento social de los setenta: “mi generación quiere nuevos valores / he escuchado aire de revolución”, señala en “Aria di Rivoluzione”. Un disco, cuya variedad de lenguajes no tiene nada que envidiar al de bandas alemanas más renombradas como los primerísimos Popol Vuh, y que le muestra como el particular primo lejano arrebatado por la música cósmica de Third Ear Band o Brigitte Fontaine & Areski, en la que prácticamente sería su última incursión en el formato canción hasta finales de los setenta.


L’Era del Cinghiale Bianco (1979)
En uno de los grandes giros copernicanos de la historia del pop occidental, en perfecto mecanismo inverso al que siguieron Nico, Scott Walker o Talk Talk, el italiano ficha por EMI y permuta la arisca música minimalista por un pop colorista, arreglado y viajero, con ocasionales destellos de su pasado prog. “L’Era del Cinghiale Bianco” marca también el inicio de su extensa y fructífera colaboración con el también ex-minimalista Giusto Pio, quien se encargaría durante más de una década de sus característicos arreglos orquestales

Si su cambio estilístico pilló a contrapié, tan o más sorprendente fue descubrir su habilidad para facturar letras con improbables asociaciones y temáticas. Inmerso en su continúa búsqueda de la identidad y marcado por el influjo del esoterista René Guenon, el título –que referencia a la mitología celta e hindú, en la que el jabalí es un poderoso elemento espiritual- y dos canciones están claramente inspiradas en su Doxa (“Il Re del Mondo” y “Magic Shop”), siendo también habituales las referencias al mundo árabe y a Europa del este. Un envoltorio sonoro de treinta minutos que marida guitarras setenteras escuela Roxy Music, urgencia new wave (“Strade dell’Est” o “L’Era del Cinghiale Bianco”) o composiciones de pianos minimalistas satiescos (“Luna Indiana”), en el que hay lugar para apacibles canciones ricas en marimbas, vientos y teclados, de belleza propia de un jardín de nenúfares, como “Pasqua Etiope” o “Stranizza de Amuri”


La Voce del Padrone (1981)
El gran clásico, con millones de copias vendidas y el que más quórum suscita de su etapa pop. Por aquel entonces, Battiato iba sobrado de ideas y su tándem con Pio marchaba viento en popa: el año anterior había sacado el también recomendadísimo “Patriots” y perpetrado con Alice el remarcable “Capo Nord”. Su alcance y ambición eran universales, cuál partido político centrista atrápalo-todo deja de lado su lado más prog y las letras esotéricas para abrazar un trotón pop nuevaolero con selvas de marimbas y teclados que son a la música lo que el technicolor al cine en blanco y negro –escuchen “Summer on a Solitary Beach”, o el primer Brian Eno cruzando el arcoiris en la costa italiana-. También añadiría como marca de la casa los poblados coros para realzar cual chicles pegajosos los estribillos, en un momento en el que tenía la suficiente confianza consigo mismo para llevar empresas tan arriesgadas como sablear a conveniencia en “Cucurrucucú Paloma” -quizá la más floja del álbum- el estribillo de una vieja composición huapanga y mezclarla con un final con alusiones encadenadas de hits de los Beatles y los Rolling Stones.

Una lluvia de disparatadas asociaciones en la que hay lugar para momentos tan memorables como “y tu voz igual que el coro de las sirenas de Ulises me encadena” (“Sentimiento Nuevo”) o para soltar punzantes joyas autoirónicas como ““hay quien se pone unas gafas de sol por tener más carisma y sintomático misterio” en “Bandera Bianca”, al tiempo que es capaz de idear con “Centro di Gravità Permanente” el más improbable éxito pop. Bajo una coraza aparentemente aleatoria, con referencias a contrabandistas macedonios, viejas bretonas, jesuitas euclidianos o al free-jazz inglés, el siciliano habla simbólicamente, evocando a lo que entiende por “personajes sabios”, sobre su búsqueda del yo real bajo la Doxa del maestro místico Gurdjieff. Esta fórmula de hits pop con generosos arreglos y dispares referencias multinivel se repetirá ligeramente más aguada en trabajos como “L’Arca di Noé” (1982) o “Mondi Lontanissimi” (1985), o, con tintes más clásicos e introspectivos, en “Fisiognomica” (1988).


Caffé de la Paix (1993)
Sin Giusto Pío, quien acababa de abandonar el barco, y habiéndose pasado un lustro coqueteando con la llamada “música culta” – hizo incluso las óperas Genesi (1987) y Gilgamesh (1992)!-, el siciliano entrega un disco multicultural en el que mezcla instrumentos típicos del rock con instrumentos clásicos como cellos y oboés pero también sarods, tablas o tanburas. Importantemente, “Caffé de la Paix” apareció un año más tarde de que diera un multitudinario concierto benéfico en Bagdad en contra del embargo que pesaba sobre Irak, e incluye una adaptación de una canción iraquí (“Fogh in Nakhal”). No extrañan, pues, los alientos a la paz y contra el imperialismo y el materialismo, como en “Delenda Carthago”, que toma su nombre de las arengas del senado romano a la destrucción de Cartago.

Con una cara A más dinámica y una cara B más reflexiva y ensimismada, el disco trata sobre espiritualidad, meditación y reencarnación bajo un ecosistema de aire mediterráneo, a caballo entre oriente y occidente, con embriagadores coros y majestuosos sintetizadores de escuela eno-esca, en el que hay espacio para alguna canción con ocasionales cut-up’s y fragmentos de música concreta (“Atlantide”). Sería su último disco antes de empezar a colaborar con el filósofo italiano Manlio Sgalambro, uno en el que no hay tantos hits por metro cuadrado pero que es una obra compacta y de madurez, en la que presenta una colección de canciones muy evocativa y sugestiva.

Barcelonés está editado por
Until We Change It.

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