La Sala Hiroshima: experimentación en Poble Sec

jueves, 25 junio, 2015

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Hay que reconocer que aunque aquí rendimos pleitesía a los bares y las barras, en muchos casos no son lo más importante, y en tantos otros son solo una antesala de algo mucho mayor: un encuentro, un concierto, una proclama… Sin miedo a equivocarnos, el bar de la recién inaugurada Sala Hiroshima, en la calle Vilà i Vilà 67, es tan solo una excusa de lo que allí se cuece, aunque una excusa que vale la pena visitar.

Con tan solo dos meses de vida, la Sala Hiroshima se ha instalado a lo grande en el Paral·lel para nutrirlo de una oferta escénica arriesgada y diferente, muy contemporánea y experimental (toménselo como un mero dato o una advertencia). Y, cómo no, el bar funciona como recibidor de cada función y ente casi independiente para el paseante y el visitante. Una opción diferente a la oferta de la zona, que justo comienza a dar sus primeros pasos y que merece la pena “experimentar”.

Puntos fuertes y flacos
Nuevo y a descubrir, sin demasiadas etiquetas (al menos de momento).
Aunque está asociado a la sala donde se representan las funciones, es accesible para cualquiera que caiga por allí.
Ambiente bonito, nuevo y colorido.


¿Hiroshima?
Aunque la palabra remite a una idea caótica y nuclear, el bar es todo menos eso (no podemos opinar de lo que pase entre bambalinas ni sobre el escenario…): totalmente nuevo, azul intenso para el bar, rojo para la entrada a la sala y mobiliario rescatado pero cómodo con ese efecto patchwork y deliberadamente descoordinado tan de moda. El local está regentado por un ex bailarín, actor y ahora director de escena (y hostelero, a medias): Gastón Core. La sala es, digamos, una faceta más y una expresión pública de la vocación y la profesión de Gastón, que a parte de la sala, dirige su propio proyecto teatral bajo el nombre de La Zoológica. El Hiroshima es un proyecto muy ambicioso, que ha logrado convertir centenares de metros cuadrados de una antigua fábrica en un sorprendente lugar dividido en dos escenas (una destinada a las artes escénicas y otra a la música en vivo con una capacidad total de más de 300 personas) y un bar de unos 120 metros cuadrados, a base de capital privado y algo más de 50 mil euros directamente de los fondos públicos que el Instituto de Cultura de Barcelona destina a proyectos como el de Gastón.

Señoras que meriendan juntas
Últimamente parece que hacemos mucha referencia a las señoras que están en los bares, como nuestros fieles lectores habrán podido notar (¡Hola, mamá!) pero es que nuestro objetivo en la vida es alcanzar ese espíritu vital. El Hiroshima puede parecer desde fuera el típico bar de moderneo barcelonés, con sus muebles vintage y su maniquí almodovariano en la puerta. Un local para tomar cócteles elaborados vistiendo de manera cool (sea lo que sea eso), siendo jóvenes o, al menos, pretendiéndolo. Pero cuando entramos dispuestos a descubrir qué pasaba ahí dentro esa tarde de junio, nos encontramos a varias parejas de señoras tomándose unos refrescos y hablando de sus cosas. Señoras del barrio a las que seguramente les importase bien poco el diseño de las mesas (o no), sino que entraron a beber algo porque fuera hacía un calor del infierno y en el bar se estaba fresquito. Suponemos que por la noche el ambiente sería un poco diferente, pero nosotros nos quedamos con ellas. Porque las señoras son el futuro.


Yo he venido a beber
Según nos relató la amable camarera que nos sirvió las cervezas (era un poco pronto para el cóctel) en un principio ofrecían comida, pero habían decidido cambiar un poco el rumbo del bar y pasar a dedicarse al bebercio. Para qué complicarse, la verdad. Especialmente en estos tiempos de crisis interminable en los que la gente cena en su casa y sale a la calle a tajarse disfrutar de unas copas. En las cartas que reposan en las mesas, que en realidad son postales de viaje con las ofertas escritas en el reverso, se detallan la lista de vinos, algunos combinados y zumos y refrescos. Los precios bien, normales para la zona (un combinado normal, por ejemplo, 6,80 euros. Los zumos 1,80 euros).


Y luego, ¿qué?
Tampoco hay tanto secreto. Los y las que tengan hambre pueden dirigirse a la calle Blai y comerse unas tapas en La Tieta o unas patatas fritas caseras en La Churre, muy buena y de toda la vida. Si se tienen ganas de seguir de fiesta, el Stereo está a la vuelta de la esquina y si se tiene una cuenta corriente abultada (pero bien abultada) siempre podéis acabar echando unos bailes en el Apolo.

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