La pantalla global

lunes, 6 febrero, 2012

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Gran parte del debate filosófico y antropológico de las últimas décadas ha girado en torno al intento de esgrimir una definición precisa del fenómeno cultural dominante en la sociedad occidental: la postmodernidad. Cualquiera que sea la perspectiva desde la que abordemos este asunto, no podemos aproximarnos al estado actual de la cuestión sin considerar un factor determinante: el papel central de los medios de comunicación, y específicamente de los audiovisuales.

El Centre de Cultura Contemporània de Barcelona se suma una vez más a este debate presentando una exposición dedicada a la omnipresencia de lo audiovisual en la sociedad contemporánea. Los responsables de la muestra, Gilles Lipovetsky y Jean Seroy, afirman en el libro que da título a la exposición –La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna, editado por Anagrama en 2009– que la era de la pantalla global es la denominada hipermodernidad. Para los autores, el término ‘postmodernidad’ es ambiguo e inadecuado, por lo que resulta más apropiado referirse a una especie de modernidad superlativa, que denominan ‘hipermodernidad’. Una era en la que las pantallas se multiplican por doquier y en la que todo se vuelve susceptible de ser representado y contenido en ellas.

Presentación audiovisual de la exposición

A través de sucesivos bloques temáticos, dedicados a la historia, la política, el deporte, la publicidad, el exceso, la vigilancia y el juego, la muestra presenta una selección de imágenes en movimiento que ilustran el uso y la importancia de las pantallas a través de sus ‘tres edades’: la aparición del cine, la era de la televisión y la actual proliferación de pantallas. Además, en cada una de las secciones puede hacerse una selección personal de contenidos en las denominadas contra-pantallas, donde se exhiben los vídeos enviados por usuarios y visitantes.


La muestra del CCCB podría considerarse una puesta en escena de la situación señalada por Lipovetsky y Seroy: los medios de comunicación bombardean al consumidor con sensaciones superficiales e impactos espectaculares que no dejan lugar al conocimiento crítico. La ilusión de transparencia es paralela a la falta de curiosidad por interrogar la realidad, causada por la falsa sensación de que el mundo es evidente. Considerando esta premisa, la avalancha de imágenes exhibidas resulta en ocasiones un tanto abrumadora. La muestra tiene valor divulgativo, pero no ofrece el espacio de reflexión que quizá podría esperarse de una propuesta así. Ahora bien, si lo que se pretende es asistir a una síntesis condensada de grandes momentos de la historia reciente que fueron mediatizados y retransmitidos, el recorrido despertará la curiosidad. Resulta atractivo experimentar con la realidad aumentada en la última sala, mediante una aplicación de móvil o mediante iPads que pueden pedirse prestados allí mismo. La tarima del centro de la sala es especialmente entretenida. Destacamos otra iniciativa interesante: puede visitarse una versión virtual de la exposición.

 

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