Jo, ¡qué noche!, por Javi Buenavista

martes, 28 agosto, 2012

Por

 


Probablemente te sonará extraño si te digo que para mí celebrar algo suele suponer quedarme en casa pegado delante del ordenador o de la tele dándole al buen comer y disfrutando de la vida en aproximadamente unos 30 metros cuadrados, exactamente el espacio comprendido entre el sofá, la cocina y el DVD. Me suele pasar en mi cumpleaños y fines de semana en los que no trabajo. Que últimamente son pocos. Oxigenación. Nada de clubbing, borracheras o fiestas locas. Para eso ya tengo cada uno de los días del resto del año.

Era una tarde fría de invierno en Barcelona. La hora de salida de la oficina parecía no llegar nunca pero divisaba mi plan favorito, un buen surtido de Haribo y horas y horas de sofá frente a la tele. Mi amigo Dani me llama por teléfono y me comenta que hay quedada en Milano, una popular coctelería cercana a Plaça Universitat, y conociendo de mI vagancia social insiste, tiene una sorpresa esperando. Ante tal propuesta y pensando “bueno, lo tengo de camino a casa” y “mi amigo Dani nunca falla”, me acerco al lugar. Un concurrido grupo de gente le acompañaba, todos conocidos de aquí y de allá, en Barcelona al final, y más si llevas viviendo aquí tus 33 añazos, te acabas conociendo hasta al apuntador.

Después de varios Margaritas, y lo que suponen para tu comportamiento, Dani se sacó un pequeño paquete de la chaqueta y me lo ofreció: “Ha llegado esto a la tienda y me parece una de las cosas más maravillosas que conozco”. Lo desenvuelvo y me encuentro con la que iba a ser la verdadera protagonista de la noche. La Sound Machine.

Con aproximadamente el tamaño de un móbil, color rojo y una tipografía idéntica a la de American Apparel, la Sound Machine dispone de exactamente dieciséis botoncitos, cuatro en horizontal por cuatro en vertical, que al ser presionados expulsan veinte sonidos de pocos segundos de duración; unos son de lo más divertido e inofensivo como el redoble de un tambor o el romper de una copa, otros de lo más grosero y descarado como flatulencias o eructos. Una joya, vaya. Todo ese poder en la palma de tu mano. Además mi amigo Dani me regalaba también la Sound dedicada a sonidos de terror, idéntica a la anterior en cuanto a aspecto, esta vez en color negro, y con dieciséis sonidos más dedicados a lo más oscuro. Relámpagos, búhos en la noche, carcajadas aterradoras y demás. Desde ese momento toda nuestra comunicación se basó en la Sound Machine, entre nosotros con signos de aprobación o desaprobación por según qué comentarios, con el staff del lugar, los camareros, con nuestras mesas de alrededor… No he pasado mejor rato en mi vida, lo juro.

Y esa noche ya no pudo parar. Y la Sound Machine tampoco. Y el Milano llevó a una cena y la cena llevó a más cócteles y los cócteles a un clásico, no de la literatura precisamente, un clásico plan entre semana para un homosexual convencido en Barcelona, la Metro.

Y el resto me lo guardo, para mis amigos y para mis dos Sound Machine. Que a día de hoy son tres y espero que la familia siga creciendo.

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