Guantes Victoriano, glamour de toda la vida

jueves, 30 enero, 2014

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El año pasado se cumplieron 50 años de la inauguración de esta pequeña tienda artesanal de guantes en la esquina de Mallorca con Aribau. “Mi suegra estaba arreglando los escaparates para inaugurar y dijeron por la radio que habían asesinado a JFK”, explica Carmen, quien lleva al frente del negocio desde 1988 cuando ella y su marido se hicieron cargo del histórico establecimiento regentado por su suegro Victoriano.

Carmen, al frente del negocio

Toda la familia han sido guanteros y tanto Victoriano como su hijo Luís han sido de los mejores cortadores de España. Victoriano trabajaba en una fábrica de Madrid y cuando un señor catalán le vio trabajar se lo trajo a Barcelona a Guantes Vargas –que estaba en Mallorca con Passeig de Gràcia- con un sueldo y piso pagado. “El señor le contrató para ahorrar piel, ya que vio que mi suegro sacaba con una misma pieza tres pares de guantes en vez de dos, de lo habilidoso que era”, apunta Carmen.


El autobús al que se subía Victoriano para trabajar tenía una parada en esos tiempos en Mallorca con Aribau en la que había una tienda cerrada. Allí cumpliría su ilusión de abrir su propio establecimiento el 22 de noviembre de 1963. Una esquina del Eixample en la que antes había habido una casa de perlas Majorica, una carnicería y hasta vivienda, como recuerda Carmen: “Por aquí pasaba siempre una señora que un día me preguntó si podía entrar y se sentó y me contó que ella había nacido aquí en el piso de arriba cuando esto era una carnicería”.


El marido de Carmen también cortador de guantes desde los 14 años como su padre también recorrió muchas guanterías hasta volver a la familiar. “Trabajando en el escaparate, también vino un señor que le había estado observando toda la tarde y por la noche entró y se lo llevó a Inca en Mallorca a enseñar a otros artesanos, ya que también tiene la habilidad como su padre de aprovechar mucho cada piel. Tiene una forma de estirar la piel que ahorra mucho género”, describe su mujer. A Carmen, que era modista, la conoció en Alcañiz (Teruel) cuando fue a trabajar a una fábrica de pieles que abrieron allí. En el pueblo se casaron y luego vinieron a Barcelona a la tienda familiar. “Se lió la troca y me echaron el guante”, ríe Carmen.


El negocio del guante tiene muchos altibajos, al depender de las modas: “Antes las señoras salían todas con guantes, con un vestido palabra de honor siempre se ponían guantes y estaban estupendas. Ahora sale alguna, pero pocas”. Pero también es un sector que depende mucho de las decisiones de los modistos: “A veces en las pasarelas no les ponen guantes a las modelos ya que llevan pulseras y abalorios para que el desfile sea a medias entre el diseñador y el joyero. Por eso cuando ya no es para Prêt-à-Porter sino para clienta, sí que le añaden el guante. He enviado pedidos a Victorio & Lucchino, a Lorenzo Caprile, a Pertegaz hace tiempo, a los mejores sitios de España y a muchos que no podemos desvelar”, enumera Carmen, quien considera que ahora parece que vuelve a haber un repunte en el uso de guantes, si bien a la hora de comprar complementos para un vestido, el guante siempre va el último detrás de zapatos, bolsos y hasta sombreros. Uno de los sectores en los que siempre hay demanda es en la bodas, con madrinas y novias, y también para teatros, para el Liceu o incluso para las discotecas y sus gogós.

“Llevamos más de cincuenta años y cada año aún viene la misma gente. Tengo clientas que ningún año me fallan, que si no es para ellas, para el nieto para la moto, para una boda, y aún muchas se acuerdan de mis suegros… Yo vivo de los encargos porque aquí en Barcelona no hace frío. Este oficio no es para hacerte rico, pero si lo haces bien comes, ya que la gente vuelve”, puntualiza Carmen y añade: “También tenemos encargos de fuera, gente de Sevilla o de A Coruña que nos conocen por el boca-oreja o por Internet, y me mandan la mano dibujada en una carta indicando el color que quieren”. Y es que para hacer un guante se toman las medidas con un bolígrafo repasando el contorno de la mano sobre un papel, como los niños en el colegio. Y si es un guante largo, hay que tomar el contorno hasta donde va el guante. “Si es una mujer mayor hay que medirlo bien y ponerlo un poco más hueco para que no apriete en el brazo y quede morcillón”, dice con sorna Carmen. “Luego ya pasa a mi marido que pone la piel en humedad que es un arte que nadie se imagina. Es un oficio muy completo que no se aprende ni en un día ni en dos. Cada piel tiene que estar un rato envuelta en una tela blanca de algodón escurrida, la deja bien retorcida, se va a tomar el cortado y cuando vuelve lo mira a ver si la piel ha absorbido la suficiente humedad, cada piel tiene un tiempo y hay veces que hay que repetir el proceso. Ese conocimiento lo tiene el del oficio. Una vez ya está húmeda, la estira de una manera que le rompe el nervio a la piel y ahí es donde uno tiene que tener la habilidad suficiente para aprovechar al máximo cada piel y sacar un mayor número de guantes”, describe.

Máquina de coser centenaria

Un arte en el que también influyen las máquinas de coser, que nada tienen que ver con las técnicas industriales de las fábricas y sus resultados mediocres: “Las máquinas de coser que tenemos son centenarias, una de ellas la tengo heredada de mi tía que la tenía de toda la vida. Las conservo como oro en paño ya que si se rompen no hay nadie que las pueda arreglar. Una de ellas no se estropea nunca pero es muy señorita, tiene que ir el hilo, el hierrecito y todo de forma matemática, sino está así, se niega a coser. Muchas fábricas han inventado ya un cosido diferente al de toda la vida y ya no quedan igual de bonitos ni de duraderos”.

En estas décadas al frente, el barrio también ha cambiado. “Es más soso y con menos gente”, critica Carmen. Si bien también ha traído a los turistas que sacan muchas fotos pero que también compran: “Algunos incluso han venido dos veces porque el encargo tarda de cuatro a ocho días, y la primera vez no les ha dado tiempo”. Guantes Victoriano aparece también en guías de hoteles como tienda recomendada y en muchas páginas de Internet, donde todas las críticas son positivas. Pero en cambio, como sucede con muchas otras tiendas históricas, el Ayuntamiento les apoya bien poco: “Incluso nos quitó la banderola antigua que teníamos con el nombre de la tienda porque consideraban que distraía a los conductores. Ahora ya muchas clientas no ven donde está la tienda hasta que la tienen delante. Tampoco quiero que me ayuden, que luego se lo cobran, pero que sí que no pongan tantas trabas a negocios de toda la vida”.


En toda España, no llegan a cuatro los artesanos del guante de toda la vida que siguen exprimiendo la piel con una habilidad digna de elogio. Un oficio, que por suerte en esta familia, ha aprendido desde pequeño uno de los hijos de Carmen. Para que puedan así seguir reivindicando la belleza de una prenda que tanto partido le sacó Rita Hayworth en Gilda.

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