“Una tienda antigua no se puede hacer hoy, una nueva puede abrirla todo el mundo”

martes, 19 febrero, 2013

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En tiempos de inestabilidad laboral, imaginarse casi 60 años en un mismo establecimiento parece una utopía. Pero es el caso de Jordi Subirà (1936), propietario de la tienda más antigua de Barcelona, quien con apenas 18 años empezó a trabajar en el negocio familiar: la Cereria Subirà. Su padre se hizo cargo en 1939 de la cerería que pertenecía la familia Prat, quienes llevaban al frente desde que compraron el negocio a Jacint Galí, fundador en 1761 (entonces en la llamada calle Nou de Sant Cugat, actual calle Corders).

La tienda actual en una de las pequeñas calles que van a parar a Jaume I (Baixada de la Llibreteria, 7) fue una lujosa tienda de telas y ropa construida en 1847. Aún mantiene su encanto con una distribución similar, con las señoriales escaleras y con otras dos estatuas a modo de vestigio, que “fueron de las primeras en utilizar el gas para iluminar, dos años después de que se empezará a usar en alumbrado público de la ciudad”, explica Subirá y añade: “Son un testimonio de la época”. La cerería se inauguró en esta ubicación en 1909, tras años de reformar la antigua tienda de telas.


Tras la guerra civil, la cerería se enfrentó a años difíciles con escasez de parafina para fabricar las velas y cirios, con el racionamiento que marcaba el ritmo del consumo, con el estraperlo y las fronteras cerradas. Eran años en los que las velas tenían una clara función: iluminar los hogares frente a las restricciones eléctricas. Y a mediados de los cincuenta, todo empezó a cambiar. “Se abrieron las fronteras para el comercio y para los primeros turistas de países del Este”, recuerda Subirà pero, por otra parte, “las compañas eléctricas y petroleras promocionaban como nunca antes el uso de la electricidad, se ampliaba la potencia de los vatios y la gente cada vez necesitaba menos las velas para iluminar el hogar”.


Con el Concilio Vaticano y el Congreso Eucarístico, la cerería encontró un primer balón de oxígeno. La Iglesia derogó la obligación de que los cirios para el altar estuvieran fabricados con cera de abeja y estas normas más laxas permitieron encontrar una salida comercial con las misas, los cirios de Pascua, los bautizos y las comuniones. Sector que aún hoy representa una parte importante de la producción de la Cerería Subirá.

“Gracias a los dentistas y peluquerías la gente se acostumbró a leer revistas de moda y en las últimas páginas dedicadas a decoración del hogar aparecían velas con finalidad decorativa, que encima estaban ¡encendidas! Eso supuso un cambio de mentalidad para los consumidores quienes empezaron a ver las velas de otra forma”, analiza Subirà. Sin duda, un sector muy susceptible a los cambios de mentalidad, de habitar, de comunicarnos: “Lo mismo sucedió con el uso de las velas en las mesas de Navidad, el primero que lo copió de una revista hizo que todos sus familiares en las siguientes navidades también usaran velas y así se extendió esta costumbre tan tradicional hoy en día. La gente siempre compra la novedad y siempre porque se lo ha visto a otro”. Actualmente, el negocio se ha ampliado con velas perfumadas, con otras que simulan ser cualquier objeto –desde un teléfono antiguo a una calavera-, asociándose con diseñadores de otros ámbitos como Jordi Labanda o con velas a modo de bola para el jardín o la terraza que protegen la llama del viento y a la vez el recipiente ilumina.

Y así, una cerería con sus orígenes en 1761 consigue llegar a los días actuales en los que la ciudad se ha convertido en un escaparate para turistas, con competencia de tiendas a bajos precios y con grandes superficies y franquicias abriendo en cada esquina. “Es una perogrullada, pero una tienda antigua nadie puede hacerla hoy, cuando una nueva pueda abrirla todo el mundo”, reflexiona Jordi Subirà y apunta: “El cambio del barrio en estos últimos años ha sido deplorable, una vergüenza. Las tiendas que se abren tienen una mala calidad que asusta. La atención deja mucho que desear ya que cuando entra un cliente casi es como si no lo hubieran visto, ni un saludo. La gente no se merece quincalla sino productos y trato de calidad”.

El valor de los negocios históricos no siempre ha tenido el apoyo de las administraciones. “A las autoridades les ha costado entender la importancia de preservar este tipo de establecimientos, somos una parte de la historia, un valor añadido que ofrece la ciudad, pequeños tesoros de la ciudad y como tales se nos tiene que cuidar”. Así lo han visto también en las guías de viaje y en diferentes publicaciones, en los que la Cerería Subirà aparece siempre recomendada; hecho que ha supuesto que gran parte de su clientela sea internacional tanto en visitas en la tienda como en encargos para el extranjero. “La gente local compra velas como parte de un ritual, son clientes muy fieles, que cada año se acercan por Navidad o Pascua; mientras que en el día a día son los turistas –sobre todo japoneses- los que nos visitan.” Un nuevo cambio de tendencia al que la cerería más antigua de la ciudad ha sabido adaptarse, como una vela capaz de proteger su llama y seguir brillando como siempre.

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